Kurzgeschichte
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Carta de disculpa

Has estado para mí siempre que te he necesitado. Aunque te humillara con mi desprecio, buscándote solamente en mis momentos más bajos, cuando todos los demás me daban la espalda y necesitaba un vínculo que me atase a este mundo. Lo has dado todo por mí y yo no te he devuelto nada. Incluso después de abandonarte durante años al regresar no solo no me hiciste ningún reproche sino que me mostraste, con una sonrisa, todas las cosas que habías guardado para compartir conmigo cuando estuviera lista.


Recuerdo cuando éramos niños, no me gustabas pero mi madre me obligaba a jugar contigo. Yo me quejaba cada vez que me llevaba a verte, pero ella era inflexible. No sé si pensaba que era bueno para ambos o es que en aquella época estaba tan ocupada que necesitaba tenerteme entretenida durante algunas horas. Para mí eras una obligación, me divertía mientras estaba contigo pero la sombra de tu hermano, siempre tratando de molestarnos pese a ser mucho mayor, lo empañaba todo. Aún hoy no entiendo por qué lo hacía y quizá sea mezquino, pero no le he perdonado. De no ser por él nuestro principio hubiese sido diferente y tal vez todo habría sido distinto.


Nadie me lo ha dicho, pero estoy casi convencida de que mi madre sentía que le debía algo a la tuya, no sé que pasó entre ellas pero fue la razón de que tú y yo acabásemos siendo tan cercanos, una relación forzada por los pecados de los padres, como tantas cosas que ocurrían y siguen ocurriendo en el pueblo.


Crecimos juntos, cada vez podías salir más de casa y sin la presencia de tu hermano tu compañía me resultaba mucho más agradable. Empezamos a quedar por iniciativa propia e incluso llegué a convencerme de que eras mi amigo. Es posible que lo fueras, aunque en mi fuero interno no te veía de forma diferente a los demás, creía que solo estábamos juntos porque estabas allí, como la mayor parte de los apegos que se crean en comunidades pequeñas, donde solo hay un puñado de personas de tu edad. Todos salíamos en la misma cuadrilla, aunque casi no nos soportásemos.


No sé cómo pasamos de la niñez a la adolescencia, aquellos primeros años de pubertad en el instituto parecían una prórroga de la infancia, como si el tiempo nos diera una última oportunidad de ser niños. Y la primera vez que me emborraché fue muy cercana en el tiempo a la primera vez que mi madre me dio permiso para salir después de las nueve de la noche. No sabíamos lo que hacíamos y juramos que no volveríamos a tocar ese líquido del demonio, pero antes de darnos cuenta estábamos otra vez en las escaleras, intentando demostrarnos los unos a los otros que éramos mayores, probando el tabaco y los porros que algunos chicos de más edad compartían con nosotros. Empezamos antes de estar preparados, como todo el mundo.


Fue en aquella época cuando empezamos a quedar más a menudo. A veces con el resto del grupo, a veces solos, compartiendo los primeros pensamientos que formaba nuestra mente inmadura. Que profundos nos parecían entonces y que pueriles ahora, pero eran necesarios para crecer y espero algún día poder mirar atrás y creer lo mismo de las cosas que me preocupan hoy. Cuando leo aquellos primeros intentos de plasmar mis sentimientos en palabras me doy cuenta de que no todo lo que me torturaba entonces permanece en el pasado, no sé si seré capaz de pasar página por completo en algún momento.


Al final sucedió lo inevitable, pasábamos tanto tiempo juntos y nos conocíamos desde hacía tanto que empezamos a creer que nos amábamos. O puede que nos amáramos. Éramos jóvenes e inexpertos, a los dieciséis años crees que la vida nunca cambia, si eres feliz supones que siempre lo serás y si no, como me sucedía a mí, te cuesta imaginar un futuro diferente. En aquella época solo me importabas tú, eras la única constante en mi vida que no me causaba dolor, quizá por eso creía que te quería, porque mi único deseo era escapar y cuando estaba contigo casi parecía que lo lograba. Creo que sí te amé, pero con esa pasión adolescente posesiva e impetuosa que arde con intensidad y se apaga rápidamente.


Y al hacerlo dejó atrás rescoldos de odio. No fue culpa tuya, tú no hiciste nada mal. Estuviste siempre que te necesité, como siempre has hecho. Pero yo creía que no había espacio para el cambio y llevaba tanto tiempo contigo que la única forma que encontré de romper fue romper con todo. Partí mi vida por la mitad en un solo movimiento y nunca te conté la verdadera razón, solo que necesitaba irme, lejos y para siempre. Te odié aún más por aceptarlo, por decirme que siempre me querrías, por hacerteme sentir culpable ¿por qué no podías odiarme como yo te odiaba a ti, como me odiaba a mí misma? Tú compasión solo hizo mi partida más dolorosa.


A lo mejor por eso me distancié tanto. Nunca contesté a esos mensajes en los que me preguntabas como estaba, me recordabas demasiado al pasado. Con el tiempo dejaste de escribirme y te eché de menos, sentía nostalgia de los momentos que habíamos pasado juntos, pero mi orgullo no me permitía buscarte. Me debatía entre el amor y el odio y como no estabas no tenía a nadie con quien desahogarme. Así que hice lo único que podía hacer: te culpé de todo. Te asocié en mi mente con la infelicidad que había sentido durante mis primeros años de vida. Culparte era una manera de sentirme menos responsable, pero también de condenarme a mí misma; por no haber sabido dejarte a tiempo, por haber llegado a quererte, por haberme ido.


Te culpaba, te odiaba, te amaba y también te temía. Temía los sentimientos que me provocabas y me asustaba pensar que conocías todos mis resquicios, que ante ti me había mostrado en mis peores y mejores momentos. Me avergoncé de todo lo que había hecho contigo.


Hubo otros, no voy a mentirte. Pero ninguno como tú, ni siquiera me daba cuenta de que los comparaba contigo, buscando emular lo que me habias dado. Creí que te había olvidado, que no te necesitaba, que nunca te había necesitado. A tú lado todos los demás parecían tan vacíos como yo lo estaba. Experimenté, me equivoqué tantas veces que ni siquiera puedo contarlas y la felicidad se me fue deshaciendo entre los dedos sin darme cuenta, hasta que un día miré mis manos y me di cuenta de que no tenía nada. No sé como pasó, quizá siempre estuvieron vacías y yo solo veía lo que quería ver. Fue una época oscura, la época en la que realmente te olvidé. No sé como sobreviví, ni siquiera recuerdo la mayor parte, igual que olvidé casi toda mi adolescencia. Casi todo, menos a ti. No quiero escribir sobre ello, no estoy segura de poder mirar aún desde la distancia.


Ahora que soy adulta sé que la vida cambia sin que nos demos cuenta, a veces en un segundo. Ya conoces a mi hermana, fue gracias a ella que volví a saber de ti. No recuerdo como surgió el tema, seguramente en una conversación casual, quizá recordé algo de pronto o ella me dijo que te había visto. Da igual.


No te recordé al instante, pero cuando mis labios pronunciaron tu nombre ya nunca te fuiste. Fue como desandar un camino: rememoré tal y como había olvidado. Primero como una sombra que surgía de vez en cuando en mi mente, después volví a odiarte, casi con la misma intensidad que en el pasado. Hablaba mal de ti, decía habías sido el verdaderaro culpable de todos mis males, que no eras más que otro idiota al que solo me hacia acercado porque no había nadie más. Cuantas tonterías dije, peores a medida que me percataba de que estabas haciéndote un hueco de nuevo en mi vida, a medida que luchaba contra ello con más intensidad, porque te echaba de menos y eso no podía permitírmelo. Me decía que te odiaba, pero la verdad con veintiséis años era la misma que con diecinueve: me odiaba a mí misma, me sentía culpable porque creía que no te merecía. En mi mente yo era un ser miserable y que estuvieras conmigo era un insulto no sé muy bien hacia quien. No creía merecer la felicidad que me provocabas, ni ninguna otra. Sé como suena y sé lo que vas a decirme, pero no hace falta, ahora entiendo lo que son las falsas creencias y los pensamientos autodestructivos y también hasta que punto podemos llegar a torturarnos si no nos ponemos freno.


Así estaban las cosas cuando me enviaste aquel mensaje, si lo hubieses hecho dos meses antes no te habría hecho ningún caso y dos meses más tarde... quién sabe. Decías que habías viajado al extranjero y algo te había recordado a mí. Me abriste una puerta y parecias tan feliz, tan cambiado, tan como si no guardases ningún rencor, que entré de lleno.


Me has regalado unos meses maravillosos. Creí que nunca volvería a sentirme como ahora, no feliz, aún es pronto para decirlo, sino esperanzada. Me has enseñado tantas cosas en tan poco tiempo: el viaje en el que has estado inmerso, cómo has cambiado, has aprendido tanto... ahora tienes más confianza, pareces más sereno y te admiro por ello. Aunque a veces peleemos y me hagas sufrir te lo agradezco, porque ahora sé que sentir, aunque sea dolor, es un privilegio y cuando estás conmigo ningún obstáculo parece insalvable.


En este momento, cuando me miras de reojo escribir estas líneas, me siento agradecida. Agradecida con mi madre porque si no me hubiese obligado a conocerte no habría crecido contigo y hoy no podríamos entendernos tan profundamente, quizá jamás hubiésemos llegado a comprendernos. Agradecida de estar viva para poder experimentar el presente, ojalá entiendas cuanto significa eso. Pero sobre todo agradecida a ti, por existir, por estar aquí conmigo, por darme tanto y pedirme tan poco. Espero que no volvamos a separarnos nunca pero si algún día sucede prometo que no volveré a culparte, no volveré a odiarte y no volveré a olvidarte.

17. April 2018 00:00:10 0 Bericht Einbetten 0
Das Ende

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