La sombra del fuego Follow einer Story

dalsyhuber Dalsy Huber

Algo oscuro y peligroso se retuerce muy al norte de Yrdi, al abrigo de las humeantes y negras montañas de la Cordillera de Azkhar. Sye, una joven hechicera encubierta, se dirige hacia allá en busca de respuestas y por el camino conoce a Arlo, un sencillo muchacho de pueblo que esconde profundos secretos y termina convirtiéndose en su compañero de viaje. En un mundo en el que la magia es posible a pesar del supersticioso yugo que la condena y en el que la gente ha olvidado ya el terrible sabor de la guerra, la historia se escribe de nuevo, y comienza con una valiente travesía.


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#magia #brujas
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Capítulo I

Init

Sye bailaba en el ojo de la tormenta.

Se movía con gracia sobre el borde de una espada que cada vez lucía más y más afilada.

No estaba asustada, ni siquiera preocupada. Pero no era tonta y sabía que, si continuaba jugando con fuego, terminaría por quemarse las yemas de los dedos.

En aquel pueblo había ya demasiados rumores sobre ella. Revoloteaban a su alrededor como buitres hambrientos. Versaban sobre la extraña manera en que había sanado al hijo del alcalde de las fiebres que lo habían aquejado por varios días. En murmullos, aseguraban que la mujer de uno de los leñadores la había visto hablar sola y en un idioma desconocido cerca del pozo que abastecía a la pequeña localidad.

Palabras como aquellas se esparcían como el fuego en paja seca. Igual de rápidas. Igual de peligrosas.

Cada vez que Sye caminaba por alguna de las angostas y polvorientas calles de aquella tierra rojiza tan característica del sur de Yrdi, las conversaciones se detenían y los pueblerinos la miraban con rostros cada vez más hostiles. Cuando ella pasaba, los susurros a sus espaldas crujían como leña que arde.

Era, definitivamente, hora de irse.

Sye sabía que no faltaba mucho para que comenzaran a escupir al verla pasar y trataran de apresarla, juzgarla y después quemarla en una pira. Por ello, se había tomado la tarde para guardar sus pocas pertenencias en un bolso de viaje y planear la huida.

Se había aburrido bastante después de aquello, pero había esperado pacientemente.

No fue sino hasta bien pasada la medianoche, cuando los sonidos de la posada en la que se alojaba murieron por completo, que volvió a salir de la habitación que había rentado.

Se abasteció de provisiones en la despensa. Tomó pan y queso, una manzana y un odre de agua, un par de bollos pequeños rellenos, algo de carne seca al sol, un par de zanahorias y un saquito de sal especiada. No se privó de tomar unas cuantas monedas de un frasco grande que se hallaba escondido detrás de los costales de harina y, antes de marcharse definitivamente, tomó también un tarrito de nueces y un trozo grande de tarta de fresas que tenía pinta de haber sido horneada aquella misma noche.

No se sentía culpable. Aquel pueblo le debía mucho más que el valor de aquellos artículos.

Si no hubiese salvado al engreído mocoso y no se hubiese tomado la molestia de poner aquellos polvos de limpieza en el pozo, la temible fiebre de lúars habría diezmado la población en cuestión de semanas.

Sin embargo, aquello era algo que nadie entendería y ella tampoco se molestaría en tratar de explicar.

La puerta de la posada se hallaba cerrada con un enorme barrote de hierro asegurado con un candado. Abrirla habría provocado suficiente estruendo como para despertar al pueblo entero, por lo que Sye subió de nuevo las escaleras hasta la habitación. De paso, se llevó también un par de velas y el paquetito de cerillas que había sobre la mesita junto a la cama.

Luego de echar un vistazo por la habitación en una infructuosa búsqueda de algo más que pudiese serle útil, abrió la ventana. Apenas hizo ruido, pero de todos modos se tomó unos segundos para escuchar con atención, hasta asegurarse de no haber despertado a nadie.

El viento de la noche era frío y le azotó la cara.

Sye puso un pie sobre el marco de la ventana, y luego el otro. Acuclillada en el borde, notó que el segundo piso de la posada era más alto de lo que le había parecido en la tarde. Se le encogió el estómago. Cerró los ojos, inspiró hondo y se dejó caer, agarrando fuertemente el bolso para que sus contenidos no terminaran volando por los aires.

El suelo la recibió con un golpe sonoro y las rodillas le ardieron de dolor cuando realizó el esfuerzo de levantarse. Contuvo las ganas de gritar y se puso de pie más gracias a la fuerza de voluntad que a aquella proveniente de sus músculos.

Se había lesionado ambas piernas, pero era la izquierda la que más le dolía.

Cojeó hasta el árbol más cercano y se sentó, escondida por unos matorrales.

Murmuró un conjuro sencillo y colocó las palmas de sus manos sobre sus rodillas. Un leve resplandor ámbar fluyó de ellas, calmando el dolor poco a poco.

Aquel conjuro era temporal, apenas un anestésico que le serviría a lo sumo por unas cuantas horas, pero necesitaba alejarse del pueblo tanto como pudiera antes de que notaran su ausencia —y la de todo lo que faltaba en la despensa de la posada—.

Un crujido la sobresaltó y detuvo el conjuro de inmediato, tensa. Miró a su alrededor, pero la escasa luz de la luna menguante no le permitió ver nada.

Esperó largos instantes y, justo cuando estaba a punto de convencerse de que aquello había sido producto de su imaginación, oyó el murmullo de las hojas de un arbusto.

Se puso de pie de un ágil salto y su capa, oscura como la noche, ondeó tras ella como un estandarte.

—¿Quién anda ahí? —preguntó, la voz tan firme como la mano con la que sujetaba la daga que había producido de uno de sus bolsillos.

El follaje volvió a moverse y un muchacho de pueblo emergió desde detrás de un árbol, un arco tenso entre sus manos y una flecha lista para ser disparada apuntándola.

—¿Qué es lo que crees que haces? —Sye mordió cada palabra, con el entrecejo fruncido.

El joven lucía determinado, pero, en sus ojos, ella pudo ver que no le dispararía. Al escucharla, estuvo a punto de temblar y su mirada perdió la determinación que había tenido.

—Yo... lo he visto —murmuró, trazos de confusión asomándose en su voz—. Tus manos... brillaban.

Sye se mantuvo en silencio y lo evaluó con una mirada larga y profunda. Decidió que el muchacho no sería capaz de atacarla, de modo que le dio la espalda.

—Vuelve a casa —le dijo.

Lo oyó rechinar los dientes y, justo cuando se ponía en marcha, una flecha pasó volando a escasos centímetros de su oreja derecha.

—¡Eres una bruja! —exclamó él, su voz tomando el matiz desesperado de una tela al ser rasgada.

Aquello la sobresaltó. No había esperado aquel disparo y no podía saber con seguridad si había fallado a propósito. Se preguntó por qué se había equivocado al juzgar al joven.

Por otro lado, los gritos no le convenían en absoluto. Si no lograba alejarse del pueblo rápidamente, aquel alboroto despertaría a la gente, arruinando sus posibilidades de escapar limpiamente.

—Las brujas no existen —siseó ella, mirándolo por encima del hombro.

Aquello pareció descolocarlo por un par de latidos de corazón; sin embargo, el joven frunció el entrecejo y la apuntó con una nueva flecha.

—Sé lo que vi —pronunció fuerte y claro—, y si tienes alguna esperanza de marcharte de este lugar sin parecer un alfiletero, vas a tener que llevarme contigo.

Sye abrió grande los ojos. Estuvo a punto de echarse a reír de la sorpresa.

Otra flecha voló en su dirección, pasando justo por encima de su cabeza.

—¿Y bien? —presionó él.

A lo lejos, la muchacha escuchó los ladridos de un perro. Maldijo en voz baja. Si no salía rápido de aquel lugar, todo se complicaría.

—No sé qué es lo que esperas lograr con esto —respondió con cautela—, pero no puedes venir conmigo.

Se preparaba para escabullirse de un salto y perderlo de vista, cuando él habló de nuevo:

—Si intentas escapar, gritaré y diré a todos lo que he visto. Te quemarán en la plaza del pueblo.

Una gota de sudor resbaló por la sien de Sye.

Con ambas piernas lesionadas y sin haber culminado el conjuro de anestesia, no sabía qué tan rápido podría correr. Y, si aquel joven en efecto cumplía su palabra, todo se complicaría de una manera que no tenía en absoluto prevista.

Consideró la posibilidad de lanzarle la daga justo a la expuesta garganta, pero alguna fuerza en su interior se lo impidió. Dejó escapar un suspiro cargado de frustración.

—De acuerdo, ven —le dijo—; pero no me responsabilizaré por tu seguridad.

El muchacho guardó la flecha y el arco rápidamente.

—Si vamos hacia el Este acabaremos en el Bosque Firiůr, y será difícil que nos encuentren allí —dijo únicamente.

Sye asintió. Aquel había sido su plan de todos modos.

Estaba molesta por haber sido descubierta, molesta por aquel inesperado —e indeseado— compañero de viaje y molesta porque no entendía qué estaba sucediendo exactamente. Pero tenía las prioridades fríamente ordenadas en su cabeza y la primera de ellas consistía en poner entre ella y el pueblo tanta distancia como fuera posible.

Ahora tenía menos tiempo aún. Según los cálculos que había hecho, recién comenzarían a echarla en falta hacia mediodía y aquello le habría dado una buena ventaja. Pero la ausencia de aquel muchacho probablemente sería descubierta mucho antes, quizás poco después del amanecer.

No dijo nada, no hizo ninguna pregunta.

Se echó la capucha sobre la cabeza para resguardarse del aire frío y húmedo de la noche y emprendió el camino hacia el Este tan rápido como sus lastimadas piernas se lo permitían, escuchando los pasos del joven hacer crujir la maleza detrás de ella.

1. April 2018 04:30:48 0 Bericht Einbetten 1
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