El señor de las cabras Follow einer Story

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Juan Ignacio Villano


Javier Fernández se embarca en un viaje a Noruega luego de que su hermano desaparezca junto a su pareja durante una tormenta. Pero nada lo prepara para lo que se va a encontrar una vez allí.


Horror Nur für über 18-Jährige.

#novela #terror
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Parte 1

Capítulo 1

...


 El frío azotaba la ruta de manera intensa; la nieve no amainaba y Julio sentía qué si no encontraban un hotel pronto, él y su esposa, Ana, terminarían sepultados. Ambos estaban viajando de noche hacia una ciudad noruega llamada Hamar, donde los padres de su pareja los estaban esperando para pasar las vacaciones de invierno.

 Ella le había insistido en ir en un micro, pero el hombre se había negado, afirmando querer disfrutar del paisaje noruego mientras manejaba; por lo que terminó alquilando un auto ni bien arribaron en Oslo. Inclusive había recibido advertencias, por parte de los de la agencia de coches, respecto a grandes tormentas heladas que se aproximaban a la región. Pero Julio estaba emocionado y decidió arriesgarse, se decía a sí mismo que no podría ser peor que una lluvia intensa.

 La cuestión era que en esos momentos se estaba arrepintiendo de haber insistido en aquello; el único paisaje que estaba apreciando era la blancura infinita que caía desde el cielo oscuro, mientras los limpiaparabrisas no alcanzaban a aclarar del todo la visión.

 Dentro del auto la calefacción estaba prendida, a diferencia de la radio, que había dejado de transmitir de manera fluida algunas horas atrás producto de la intensa nieve, llevando a la decisión de apagarla por completo. Ana jugaba con su celular mientras apoyaba la cabeza en la ventana. Julio al ver esto tuvo un arrebato de enojo y se le quejó.

- Podrías ayudarme en vez de boludear con el celu – Su tonada y expresión argentina fue más que notable.

- Vos fuiste el de la idea de viajar en auto, yo te aclaré que no teníamos que hacerlo. Así que ahora vos poné atención al camino y asumí toda la responsabilidad – Todo ese reproche fue emitido con un tono noruego muy característico en Ana, a pesar de haber estado viviendo varios años en Argentina aún poseía aquel distintivo en su voz.

- Claro, claro – Fueron las últimas palabras que emitió Julio, dando por cerrada la discusión.

 Unos minutos más tardes pensó en decirle a Ana si podía buscar en el GPS para saber por dónde andaban, pero sabía que sería inútil, la señal era inalcanzable en esos parajes y más con aquel temporal. Se insultó a sí mismo por no haber comprado un mapa antes de salir de Oslo.

- Amor, mirá – Ana lo sacó de su estado de “auto-sermón”, señalando un cartel que había a la derecha del camino.

“Tangen Dyrepark innen 5 kilometer”, anunciaba el rectángulo verde con letras blancas.

- Estamos a menos de cinco kilómetros del zoológico Dyrepark, ¡En unos minutos ya vamos a encontrar estaciones de servicios y un santo lugar para frenar! – Explicó la mujer.

- Dios te escuche – Pero en realidad otra presencia los estaba escuchando… y observando.

 Había algo en el paisaje que los rodeaba que incomodaba de manera alarmante a Julio; los árboles altos y finos que estaban de un lado y otro del camino le auguraban una mala vibra, como si algo estuviera a punto de salir de manera horrible. <<Un choque>> Dijo una voz interna dentro de su cabeza. <<Callate un poco. No hay nadie en esta ruta, ni de la otra mano inclusive, es imposible que choquemos con otro auto>> Se defendió de aquel pensamiento poco agradable. <<Un animal>> Le respondió la voz. Julio volvió a mirar de un lado a otro, si bien estaban completamente acaparados por un bosque gigante, los costados de la ruta estaban asegurados con alambre, seguramente para prevenir accidentes con animales que perdieran su rumbo y terminaran abajo de cuatro ruedas, completamente destrozados. Se dijo a sí mismo que todo saldría bien, que solo estaba un poco nervioso.

- ¡Julio, frená! - El grito desaforado de su mujer quitó todas aquellas falsas esperanzas.


...


 El frenazo repentino puso en riesgo sus vidas. El auto había empezado a colear de un lado para otro, produciendo un horrible chirrido, y Julio con todas sus fuerzas tuvo que sostener el volante firmemente para poder mantener el control y la estabilidad del vehículo y no volcar. Sin embargo, no la sacaron barata. Ana se había golpeado contra la ventana que estaba junto a su asiento, astillándola y provocándose un gran corte en el parietal derecho; por el lado de él, había recibido un fuerte impacto en el hombro izquierdo, el cual en aquellos momentos latía y dolía demasiado.

- Ani… Ani ¿Estás bien? – La desesperación aumentó al ver a su esposa con el rostro cubierto de sangre, se podía notar en el tono de su voz.

- Me duele mucho… - La mujer estaba llorando, y a medida que pasaban los segundos lo hacía de manera aún más nerviosa y aterrada.

 Julio le quitó el cinturón de seguridad y la trajo consigo. Comenzó a buscar con la vista algo que pudiera detener la hemorragia, pero fue inútil, todas las pertenencias se encontraban en el baúl, el resto del vehículo estaba completamente vacío.

- ¿S… siguen ahí? – Preguntó Ana.

- ¿Quiénes? – La expresión de incertidumbre se insertó en el rostro del hombre.

- Las cabras - Se había olvidado completamente, era por eso qué su mujer le había gritado que frenara, había cabras en el camino.

 Lo último que Julio recordaba antes de empezar a perder el control del vehículo era una escena muy bizarra y extraña para su perspectiva. Un grupo de cinco cabras se encontraba colocado en el medio del camino; una junto a otra formaban una especie de muralla. Pero aquello no era la única situación anormal, había otra cosa que no cuadraba en la escena; los ojos de los animales eran rojos… y brillaban. <<No, no puede ser posible… capaz fue el efecto de los faroles del auto>>. Sin embargo, él sabía que no era así, ese brillo no era algo común, no era natural.

 Afuera el viento parecía estar a punto de volar aquel lugar de la faz de la Tierra, pero las cabras continuaban ahí, inamovibles. 


...


- ¿Por qué están ahí paradas? – Preguntó Ana, completamente extrañada.

- No tengo la más mínima idea - <<Y tampoco tengo ganas de averiguarlo>> Se dijo Julio para sus adentros.

 Una vez que la adrenalina de ambos bajó, pudieron apreciar de mejor manera la tétrica escena. Efectivamente los ojos de los animales eran rojos; pero no producto de algún derrame o golpe, brillaban, parecían tener fuego adentro.

 ¡BIIIP! ¡BIIIP! La bocina sonó de manera estridente, pero ninguno de los animales movió un músculo. Parecían estatuas. Julio lo intentó unas veces más, pero el resultado siempre fue el mismo.

- Creo… creo que voy a bajar – No estaba seguro de querer hacerlo, pero era evidente que no podían quedarse estacionados en el medio de una ruta, y menos durante una tormenta como esa. Sin embargo, no paraba de tener una sensación de alarma que le indicaba que tenía que irse de ahí, inmediatamente.

- ¡¿Qué?! ¡¿Estás loco?! – Expresó Ana, nerviosa.

- No nos podemos quedar esperando, Ani. Un auto puede estar viniendo justo atrás nuestro y si no nos ve a tiempo con este temporal… - No terminó la oración, pero su esposa comprendió a que se refería.

- Bueno, ¿Y qué pensás hacer?

- Ahuyentarlas.

- Bueno, pero yo bajo con vos… por si te pasa algo - Había miedo en las palabras de ambos.

 <<Te tenés que ir, hermano. Acá está por pasar algo malo>> La mente de Julio estaba dando un monólogo, ya que el no podía encontrar forma de calmarla, no tenía ningún argumento para hacerlo.

 Las puertas del auto se abrieron y el frío los recibió de una manera poco cordial. La noche negra estaba en su apogeo, no podía verse nada más que la luz de los faroles, y las cabras, por supuesto. Tanto a Julio como a Ana se les hacía difícil avanzar, el viento los hacía retraerse. Los animales se encontraban a cinco metros del vehículo, lo que era una distancia de algunos pasos en esos momentos se había convertido en una cuestión de minutos.

- Hágamosles creer que les vamos a pegar – El hombre tuvo que gritar a todo pulmón para hacerse escuchar.

 Su esposa le hizo un leve asentimiento de cabeza.

 Visto desde afuera, la situación era muy graciosa. Dos figuras haciendo movimientos violentos al aire mientras un grupo de cabras los observaban. Pero en la carne de Julio y Ana era desesperante. Ninguno de los cinco animales mostró algún sobresalto, solo miraban. Y no era una mirada simple, no se asemejaba a la capacidad de “no-razonamiento” de una cabra, sino que había algo de entendimiento que producía una respuesta con la pareja. Era una especie de “yo también te estoy mirando y entendiendo”. Había algo raro con esas cabras.

 A Julio se le vino a la cabeza la frase de Nietzsche, “Si miras fijamente al abismo, el abismo te devuelve la mirada.” Pero ahí mismo estaba sintiendo que el abismo lo estaba penetrando en su cabeza.

 Decidió rendirse con su cometido y mirar más adelante. Solo había oscuridad, oscuridad y nada más… pero sí había algo.

 Ana continuaba intentando sacar a las cabras del camino, pero no había caso.

- ¡Fucking geiter! – Gritó la chica y pateó un poco de nieve.

 Y Julio había visto algo… sí, algo grande. Se estaba aproximando.

- Ani, tenemos que volver al auto, ya – Al principio su mujer no lo escuchó, porque la frase salió como un leve suspiro de su boca, era el terror que no lo dejaba actuar.

 Repitió la oración, esta vez con mas convicción, sintiendo un escalofrío intenso por todo el cuerpo. Pero Ana seguía sin escucharlo.

- ¡Ana, por el amor de Dios, tenemos que volver al auto! – Esta vez sí lo escuchó.

 El hombre se acercó a ella y la tomó del brazo, dirigiéndola nuevamente al vehículo. No le dio tiempo a mirar lo que él había visto, lo que se estaba aproximando.

-Julio, por favor, ¿Qué pasa? – Preguntaba a lo largo del recorrido, pero su esposo no respondió.

 Una vez dentro del auto, Ana comenzó a zarandearlo, a medida que lo interrogaba. Julio, sin embargo, tenía la vista clavada en la ruta, mucho más allá de las cabras.

- Julio, por favor – Había comenzado a llorar.

 Eso lo sacó de su estado de frenesí. Señaló con su dedo índice, hacia lo lejos. Ana siguió el recorrido y lo vio. Su boca se abrió de par en par, llevándose luego su mano derecha hacia ella.

- ¿Qué… qué es eso? – Preguntó la mujer.

 Julio tampoco contestó esa vez, se dispuso a intentar dar marcha atrás e irse de ahí. Pero era muy tarde, la nieve había dejado atorado al vehículo, estaban atrapados.

 Lo que se estaba aproximando ya había llegado, y estaba justo detrás de las cabras.

- Tranquila, todo va a estar bien –Expresó, mientras le tomaba la mano a Ana.

 Fue la última mentira que le dijo a su esposa.



28. Februar 2018 18:52:51 4 Bericht Einbetten 2
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Capitán  Pensante Capitán Pensante
¿Para cuándo la parte 2? *.* Estoy intentando ser paciente haha.
20. März 2018 02:59:49

Capitán  Pensante Capitán Pensante
Describes tan bien cada situación de la historia, es tan gráfico que me es extremadamente fácil ponerme en la piel de esta pareja, te felicito por ello. Me has dejado ansioso por saber qué es lo que esta detrás de esas siniestras cabras de ojos rojos. Sinceramente, me ha encantado.
7. März 2018 11:42:52

  • J V Juan Ignacio Villano
    Muchísimas gracias, Samuel. ¡Me encanta saber que te guste este pequeño fragmento de lo que se viene! 8. März 2018 04:20:53
~

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