valeria-caraballo1645644946 Valeria Carolina Caraballo

Camila, habiendo sufrido una gran decepción y decide aceptar un trabajo al otro lado del país. Ella no se da cuenta de que pasan cosas raras hasta que todo se vuelve demasiado evidente... ***** "Suspiró agobiada y se sentó en un rincón, con miedo de que haya alguna rata. ¿Cómo podía haber sido tan tonta? Siempre le molestaron las historias donde la protagonista se ponía en peligro a sí misma de una manera estúpida; le parecía que eso hacía quedar muy mal a las mujeres, y ella "¡como una tonta!" terminó haciendo lo mismo." ISBN 978-987-88-1179-6 © TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra en ninguna forma ni por ningún medio o procedimiento sin el permiso previo, y por escrito, del editor y sus autores. Queda hecho el depósito que establece la Ley 11.723



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Capítulo 1

Camila - En algún lugar de la Patagonia


El viaje era interminable, tendría que haber viajado en avión. Como era algo insegura y venía de un ataque de pánico tras otro, prefirió ir por tierra, aunque tuviera que hacer varias paradas y trasbordos. Debería haberse puesto el saco de mujer adulta y tomar un vuelo, en vez de este viaje eterno, se reprendía a sí misma.

Hacía horas que iba por una ruta sinuosa, donde parecía no haber nada; no sabía ni siquiera en qué provincia estaba. Había intentado mirar Google maps, pero perdía la señal lejos de las ciudades.

Decidió ponerse los auriculares con alguna meditación de las que se había descargado, muy concienzudamente, antes de emprender el viaje para tratar de relajarse. Después de todo, ya había hecho el último trasbordo y la estarían esperando en la estación.


*****


Gaspard - Complejo Vex, Prov. de Santa Cruz, Argentina.


Le había llevado más de un año dejar este lugar como quería. Había comprado una gran tierra, en la que se encontraba una antigua base militar abandonada; la había hecho refaccionar y la puso en funcionamiento como recepción, comedor y algunas instalaciones para los turistas.

Por detrás, había construido un edificio de tres pisos que, al estar en la ladera de una montaña, la primer planta se situaba a la altura del techo de la construcción original, quedando todo conectado por un ascensor. En éste se alojarían los empleados y habría un par de oficinas.

Por debajo del lugar, había ya desde antes dos subsuelos, bastante macabros ambos, pero los había reparado y actualizado. El primero, como instalaciones de servicio: cocinas, lavanderas y otros, y el más profundo, para habitar él mismo y sus “niños”, como llamaba a sus acompañantes, a quienes había integrado a su vida casi un siglo atrás; sus nombres eran Raphael y Alba.

Al día de hoy, se habían terminado las construcciones de las cabañas, y el complejo se podía considerar listo. La página web estaba online, tomando ya reservaciones, y su empresa figuraba en todas las páginas de empleos turísticos; todo perfectamente organizado.

Ahora se encontraba en su oficina del primer piso, imprimiendo las hojas de vida de los postulantes, para trabajar en el lugar. Necesitaba cubrir muchos puestos y sus requerimientos para el personal eran bastante particulares.

Volvió la mirada a la ficha que había seleccionado para la dirección del complejo, pertenecía a una muchacha no tan joven pero recién recibida de licenciada en turismo; aunque no tenía experiencia, contaba con muy buenas calificaciones y referencias; además, estaba dispuesta a viajar. Y lo mejor: sus análisis de sangre eran muy buenos.

La chica era de apellido Mayoraz. Al investigar su linaje, pudo rastrear sus ancestros hasta Hérémence y Vex, el lugar del que él mismo provenía.

Un golpe en la puerta distrajo sus pensamientos.

- Gaspard - se oyó luego.

Se puso de pie y rodeando el escritorio fue a abrir.

- Raphael ¿Estás listo? - el hombre tenía el aspecto de un joven de unos 25 años; era alto, musculoso, rubio y su corte de cabello era muy moderno.

- Sí, dejaré a Alba en el pueblo, de ida - comunicó.

- ¿Qué? - Gaspard frunció el ceño. - De ninguna manera.

- Bueno, díselo tu. Sabes que a mí no me obedece.

- Lo haré.

Cerrando la puerta tras de sí, salieron a un vestíbulo en el cual se encontraban unos asientos a la derecha y un escritorio a la izquierda. Más adelante, la escalera y el ascensor.

Descendieron por las escaleras, que desembocaban en la lujosa recepción del complejo. Caminaron un poco más atravesando el lobby y al salir, el frío del lugar golpeó su cuerpo.

Aunque era un día de sol radiante, este no alcanzaba a calentar el viento que soplaba. Delante de sí estaba estacionada una camioneta grande gris, y Alba se encontraba dentro de ella, vestida de una manera que Gaspard siempre reprobaba. Aunque hiciera frío sus faldas eran muy cortas, pero ella decía que así era la moda de esta época; él no lo podía entender.

Acercándose, abrió la puerta del conductor.

- Baja de ahí, no vas a ninguna parte - su voz era inflexible.

Ella lo miró enojada, pero no pudo más que obedecer, saliendo del vehículo por el lado del acompañante y cerrando con estrépito.

- Eres tan injusto - recriminó.

- Nos pondrás en un lío, ya habíamos hablado al respecto.

- Sólo quería comprar algunas cosas…

- Siempre dices lo mismo y terminas haciendo otras cosas - replicó.

La joven, de cabello lacio y oscuro, sólo le lanzó una mirada ofendida y se volvió a meter al complejo, sin responder.

Raphael, que se había quedado unos pasos por detrás, sonreía.

Gaspard extendió hacia él un papel, donde estaba impreso el currículum de la chica con su foto.

- Ella es - el muchacho lo tomó y miró con detenimiento. - Viene en bus, detrás están las paradas y los horarios.

- Vale - respondió.


*****


Camila - En algún lugar de la Patagonia.


Ya casi terminaba la meditación cuando Camila sintió que alguien tocaba su hombro. Era uno de los choferes.

- ¿Sí? - preguntó quitándose los auriculares.

- ¿Vos sos Camila?

- Sí.

- Es tu parada, te tenés que bajar.

- Gracias - tomó sus cosas y se paró dándose cuenta de que estaba un poco entumecida por las horas que había pasado sentada.

Era la única que se bajaba, y ya sus valijas estaban fuera del portaequipajes del colectivo.

Hacía un frío terrible y el viento helado parecía que la iba a llevar. Era un pueblo chico, muy chico, pensó. Se suponía que iba a haber alguien esperándola pero el colectivo arrancó y ella se quedó ahí sola. Ni siquiera en una terminal. Era una estación de servicio.

Arrastró su valija hasta el drugstore y pidió la llave del baño para arreglarse un poco mientras esperaba. Una vez que hubo terminado salió y, después de devolver la llave, una cuatro por cuatro paró dentro de la estación frente al shop.

Se bajó un chico rubio, lindo y alto, que le llamó la atención; parecía un modelo. Pero la ropa que tenía… era de gaucho, si no hubiera tenido tan lindo cuerpo, seguro que se hubiera visto ridículo, pero…

- ¿Señorita Mayoraz? - Abrió los ojos grandes cuando se dio cuenta que le hablaba pronunciando su apellido en otro idioma.

- Sí - respondió, sintiendo que la cara le ardía.

El chico sonrió.

- Espero no haberla hecho esperar demasiado - tenía un acento como extranjero.

- No, recién llego.

Él puso sus valijas en la parte de atrás y le abrió la puerta. Le costó un poco subir, porque la camioneta era alta. Al sentarse, vio que en el medio de los dos asientos estaba su currículum.

El chico subió al vehículo y lo puso en marcha.

- Mi nombre es Raphael - se presentó con una sonrisa.

- Encantada - dijo también sonriendo.

- Vas a tener que comprarte ropa más abrigada.

Cuando él dijo estas palabras Camila notó que el chico no tenía campera, le pareció raro, pero a la vez, “era un pibe joven”.

- Si, lo pensé.

- De todas maneras, tendrás tiempo. Pues la temporada comienza en dos semanas.

- Qué bueno.

- Sí - volvió a sonreír.

Finalmente, el muchacho se concentró en el camino y ella en el paisaje de montañas nevadas, que sin dudas, era hermoso.

- Ya llegamos - dijo él en el momento en que atravesaban una puerta como una tranquera.

Después de eso, pasó una hora hasta que por fin, la camioneta se detuvo en el complejo turístico.

Las fotos que había visto no le hacían justicia; por la fachada se notaba que era un edificio antiguo; con techo a dos aguas, de tejas, y ventanas de madera: precioso. Por detrás, se veía una construcción de varios pisos, con un estilo similar, pero mucho más reciente.

- Qué lugar más lindo - dijo sin pensar.

- Sí, Gaspard quiso que se pareciera a su tierra - respondió el chico con ese acento particular que parecía un poco español, pero mezclado con algo más.

Le hizo un gesto de invitación para que avanzara y él llevó sus valijas. Al entrar estaba calentito y no se veía a nadie. El lugar era un poco oscuro, pero seguramente era porque aun no empezaba la temporada.

- Por el ascensor - le indicó.

El ascensor estaba en diagonal, un poco a la izquierda frente a la puerta de entrada.

Al subir, él tocó el botón del tercer piso, que era el más alto “Al altillo castigada” pensó, recordando un libro que había leído recientemente.

Al llegar, se sintió cualquier cosa menos castigada: Salieron del pequeño cubículo a un espacio muy amplio, que se extendía hacia la derecha, era como un living muy grande, con sillones y un mueble modular tapizados de terciopelo marrón y algunos detalles en color naranja y verde. Tenía también unas ventanas enormes que dejaban una vista espectacular de las montañas, y cortinas del techo al piso.

- Te van a traer algo de comer más tarde. Mañana empieza tu rutina, por lo que te recomendaría descansar - decía el muchacho mientras se retiraba.

El lugar tenía el piso de una madera oscura, también las ventanas y las puertas eran del mismo material.

A su izquierda había una habitación a la cual se accedía por un pasillo; era un dormitorio inmenso, con más ventanales; el lugar era soñado. Había un placard enorme y antiguo, y el baño, contaba con todas las comodidades que se pudiera desear.

No supo si le trajeron o no de comer, porque se tiró en la cama pensando en acomodar su ropa antes de bañarse, pero se quedó dormida.


*****


Xander - Atlántico Norte.


- ¿Has visto las noticias hoy? - preguntó Bardu.

- No. Imagino que ha de ser importante para que me interrumpas mientras me alimento. - Xander se encontraba en su recámara, semi reclinado en el mueble modular, junto a la ventana, con una pierna sobre el asiento y la otra en el piso, y entre ellas, una voluptuosa rubia recostada sobre su pecho.

- Ataques extraños en la Patagonia Argentina…

- En la… - se interrumpió sintiéndose disgustado. Apartó a la chica de sí y le hizo un gesto para que se retirara. - Es territorio de Gaspard, él debería ocuparse.

- Es la segunda vez en seis meses, no parece que se esté ocupando.

Xander frunció el ceño ante el comentario de Bardu, le molestaba admitir que tenía razón; lo peor era que Gaspard ni siquiera se había molestado en informarle, como ordenaba el protocolo en estas situaciones.

- Puede ser una coincidencia, esperaremos a ver si vuelve a ocurrir - respondió evasivamente.

- Así será.


*****


Gaspard - Complejo Vex, Prov. de Santa Cruz, Argentina.


Al bajar la escalera, luego de terminar de ultimar detalles con la empresa de contrataciones, encontró que la muchacha se encontraba allí, como si recién saliera del ascensor.

- Buenos días - habló haciéndola girar hacia él. Ella parecía sorprendida.

- Buenos días - respondió dubitativa. - Perdón por haberme despertado tan tarde - se disculpó.

- No hay cuidado - sonrió.

- Aquí tengo mi cv - dijo extendiendo el papel hacia él.

- No es necesario - contestó levantando la mano, indicando que se detuviera. - Estarás a prueba tres meses, si no rompes ninguna regla quedarás permanente.

La joven retrajo la mano con el currículum y asintió con la cabeza.

Gaspard aún se encontraba en la escalera y ella lo miraba hacia arriba. Sus ojos castaños eran grandes, y aunque parecía querer disimular, él notaba su nerviosismo.

- Te mostraré el lugar - descendió y la guió hacia su derecha, un par de pasos pasando el ascensor y Camila lo siguió por detrás. - Este es el comedor…

Comenzó un recorrido por el lugar, mientras la chica lo acompañaba en silencio. Ella le recordaba mucho a Anne Marie, en especial sus ojos. Este recuerdo lo hizo ensombrecer sus pensamientos y seguramente, también su semblante, ya que al salir del lugar Camila se veía mucho mas ansiosa que al iniciar su recorrido.

- Y… ¿cuáles son las reglas? - Preguntó ella cuando salían del edificio para dirigirse a las cabañas.

- El cliente siempre tiene razón - dijo con una sonrisa abriéndole la puerta de la camioneta que Raphael había dejado estacionada en la puerta. - No iniciar, ni incitar, ni propiciar ninguna relación sentimental; ni con clientes, ni entre empleados. Y nadie puede bajar al segundo subsuelo.

Dio marcha al vehículo y comenzaron a avanzar por sinuosos caminos, adentrándose en el bosque que tapizaba las hermosas montañas.

- ¡Qué hermoso! - comentó Camila.

- Sí, ¿verdad?

- Sí, pero un poco inaccesible. Creo que me voy a perder…

- No tendrás que venir hasta aquí, y si es necesario, te traerá Raphael - la interrumpió al notar la preocupación de ella que sonrió aliviada.

Se detuvieron luego de unos 15 minutos de conducir. La cabaña se encontraba como en un claro, era de troncos muy bien asentada. Le indicó el camino hacia el interior. Era un lugar muy confortable, con todas las estancias de una casa normal, una cocina y un comedor, un baño y dos dormitorios, los cuales podían alojar hasta cinco personas.

- ¿Todas las cabañas son así?

- Sí, hay 10 de estas, y dos residencias para turistas VIP. Que están más arriba.

*****

Camila - Complejo Vex, Prov. de Santa Cruz, Argentina.

Cuando volvieron del recorrido por las cabañas, el sol ya estaba por esconderse. El hombre la acompañó hasta el ascensor y le dijo que enseguida le subían la cena.

Ella no se había dado cuenta de que estaba muerta de hambre.

Cuando bajó, pasado ya el mediodía, se quedó sorprendida al ver al dueño del lugar, su nombre era Gaspard Genolet, y si la había conmocionado lo lindo que era Raphael, Gaspard era mejor por mucho. Se había sentido un poco incómoda y nerviosa al principio, ya que después de su reciente ruptura, su autoestima estaba más que pisoteada, y estar frente a un hombre así, la hacía sentir muy insegura, era alto, muy muy blanco, de cabello oscuro y ojos azules, tenía una sonrisa seductora y su cuerpo era perfecto.

Entró en el dormitorio y se puso a acomodar su ropa en el ropero. Al día siguiente empezaría a trabajar, o mejor dicho, empezaría a aprender sus funciones, porque los empleados llegaban el lunes, para tener ellos también una semana para aprender lo que debía y no debía hacerse.

Las reglas le habían parecido bastante lógicas y sencillas, a excepción de la última “Nadie puede bajar al segundo subsuelo”. Eso era raro, pero debería ser bastante fácil de cumplir, ya que el ascensor no bajaba hasta allí, por lo que nadie podía terminar en ese lugar por error.

Un golpe en la puerta la distrajo de sus pensamientos.

Al abrir, encontró una chica joven, de unos quince o dieciséis años, que traía una bandeja.

- Hola, ¿cómo estás? Soy Lola - dijo.

- Yo me llamo Camila - respondió abriendo la puerta de par en par para dejarla pasar.

La chica caminó hasta los pies de la cama, donde había una mesa alta pero chiquita, con una silla. Y dejó ahí la bandeja.

- Si necesitás algo me llamás - dijo señalando el teléfono que había al lado de la cama y ella no había visto hasta ese momento. - Solamente tenés que apretar el numero 19 y te comunicás con la cocina.

- Bueno, gracias - le respondió amable. - ¿Hace mucho que trabajás acá?

- Sí, bah, más o menos... como un año.

- Ah, bastante - se sorprendió. - ¿Y qué tal el trabajo, es bueno?

- Los jefes son buenos y pagan bien, pero… - dudó un poco - a veces pasan cosas raras... dicen que es porque acá hacían cosas en la época del proceso… ojalá te quedes.

- Espero que sí, estoy a prueba tres meses.

- Sí, yo también estuve así, pero es fácil seguir las reglas y viste que el dueño es buena onda.

- Sí, eso parece.

- Bueno, te dejo porque tengo que seguir.

- Dale, gracias.

Cuando Lola se fue, Camila se acercó a ver qué era lo que le había traído de comer: un bifecito de pollo, una ensalada grande de lechuga, tomate, zanahoria y huevo, una cazuelita con legumbres varias, unas masitas de semillas que parecían caseras…

“Esto es mucho” pensó, pero al final se lo terminó comiendo todo. Después se bañó y se acostó a leer.


*****


Lola - Complejo Vex, Prov. de Santa Cruz, Argentina.


Estando ya en la cocina, se puso a leer algunos apuntes de geografía, mientras se tomaba unos matecitos.

Rafa y Gaspard, entraron en ese momento. Los dos eran lindos tipos, pero Rafa… la volvía loca. Estaba muy enamorada y creía que él correspondía a sus sentimientos, ya que no sólo pasaban mucho tiempo juntos sino que le daba muestras de su afecto.

- ¿Cómo la notaste? - Preguntó el dueño del lugar dirigiéndose a ella. - ¿Te parece que se habrá dado cuenta de algo?

- No creo - respondió Lola tratando de concentrarse, - yo igual le di a entender que pasaban cosas, pero no le dio importancia.

- A mí me parece un poco lela - acotó Raphael.

Ella le sonrió con una mirada lánguida, a lo que él respondió de la misma manera.

- Bueno - continuó Gaspard, - trata de introducirle el tema de manera sutil, a ver si podemos confiar en ella como para que se quede trabajando aquí.


*****


Camila - Complejo Vex, Prov. de Santa Cruz, Argentina.


A la mañana, apenas habían terminado de vestirse, cuando golpearon a la puerta.

Al abrir, una mujer de unos cuarenta y tantos años, estaba ahí. Era bajita y tenía un trajecito que acentuaba prominentes curvas.

- Buen día - saludó Camila.

- Buenos días - respondió la mujer con una sonrisa que no mostraba los dientes, y caminando muy rápido hacia el interior de la habitación. - A ver, nena - dijo desenrollando un centímetro que tenía en una mano y poniendo en la mesita alta una libretita con una birome. - Vení, tengo que tomarte las medidas para tu uniforme.

Su voz sonaba un poco impaciente; a Camila no le cayó bien, ni siquiera se había presentado.

Le tomó muchas medidas desde el cuello hasta los pies, también le preguntó cuánto calzaba, si usaba bufanda o cuello, si prefería guantes o mitones, incluso si usaba la copa o tampones o toallitas comerciales. Cuando terminó, había llenado cuatro hojas de la libretita y se fue diciendo:

- Pasado mañana vengo para la primera prueba.

“Ni chau. ¡Qué antipática!” pensó.

En el momento en que la mujer salía taconeando con sus diminutos pies, entraba Lola con el desayuno. Ahora con la luz del día podía apreciarla mejor, su cabello era castaño, igual que el de Camila, pero lacio como de planchita, su piel era aceitunada y tenía los ojos verdes y una sonrisa jovial que la hacía verse re linda.

- ¡Buenos días! - saludó la chica alargando la palabra “días” en un cantito muy argentino, mientras cambiaba la bandeja que traía por la de la noche anterior.

- Hola, ¿como estas? - preguntó Camila con cordialidad.

- Bien, ¿y vos?

- Bien, me quedé dormida otra vez - se excusó.

- No te preocupes, acá, con el frío, nadie se levanta temprano - comentó. - Ni el jefe.

- Bueno mejor, pero me resulta raro, yo nunca duermo tanto.

- Debe ser el aire de acá, vos sos de una ciudad grande, ¿no?

- Más o menos, de Paraná. ¿Y vos?

- Yo nací acá, ahora estoy haciendo la universidad online, estoy estudiando turismo.

- ¡Qué bueno! ¿Cuántos años tenés? - Preguntó aprovechando la conversación, ya que de día, la chica parecía más joven que de noche.

- Tengo diecinueve - respondió sonriendo. - Ya sé que parezco de menos, todos me lo dicen, pero terminé la secundaria antes de empezar a trabajar acá. Mis viejos querían que siga estudiando pero como acá me tomaban con la condición de que me prepare en turismo, aceptaron.

- ¿En serio? - dijo sorprendida, ella no creía que en ningún lugar te tomaran con la condición de seguir estudiando. - ¡Qué copado!

- Sí, vas a ver que cuando te acostumbres a estar acá, no te vas a querer ir más - decía con una sonrisa alegre, dirigiéndose a la puerta. - Va a venir Marta a ordenarte y limpiar, ella llega después del mediodía.

- Bueno, dale, nos vemos después.

- Dale, chau.

Lola salió y Camila se dirigió al desayuno, una rareza: reconoció las mismas masitas de semillas caseras de la noche, eran ricas. Además un puré de palta, más medio tomate y medio huevo duro. También una manzana verde, y un café que humeaba un aroma riquísimo.

Comió rápido porque estaba retrasada, pero pensando en prepararse unos mates más tarde, cuando tuviera un rato libre. Desayunar sin mate era inaceptable para una entrerriana.

Cuando llegó a la recepción, en la planta baja, el dueño del complejo estaba despidiendo a la modista que iba saliendo del lugar escoltada por Raphael.

Gaspard se dio vuelta y la saludó amablemente.

- Espero hayas descansado bien - él tenía también ese acento raro entre español y quién sabe qué.

- Sí, gracias - respondió. - Perdón la hora, no sé por qué estoy durmiendo así.

- Es por el estrés de un viaje tan largo, seguro. ¿Ya desayunaste?

- Sí.

Él se había acercado a ella y, tocando delicadamente su brazo, le indicó que se dirigieran a la escalera. Ella sintió que le subía el calor a la cara, cuando el hombre la tocó.

Fueron al primer piso, donde estaban las oficinas. Al llegar, aparecían en un vestíbulo. Inmediatamente a la izquierda del ascensor estaba la que sería su oficina; y a la derecha, hacia donde se extendía el pequeño hall, había un escritorio para la secretaria. Junto a este, estaba la oficina de Gaspard, hacia donde se dirigieron.

El lugar estaba totalmente alfombrado de un color marrón oscuro, los muebles eran pesados y antiguos de madera, el escritorio enorme que estaba frente a la puerta, tenía por encima un vidrio grueso, y allí estaba una notebook encendida, un cuaderno, una agenda, y una pila como de quince centímetros de papeles.

- Siéntate por favor, Camila.

Ella se sentó. La silla era más bien un sillón muy acolchado y con ruedas, reclinable, tapizado en una cuerina de muy buena calidad.

- Toma las hojas de vida - dijo indicando la alta pila de papeles, - lo primero que debes ver es la experiencia y lo segundo los estudios, si esos requisitos están bien me los dejas aquí y los otros los descartas.

Ella asintió con la cabeza y comenzó a trabajar.

Le costó bastante concentrarse, porque aunque él trabajaba en la computadora, a veces le daba la impresión de que estaba mirándola, pero cuando levantaba la cabeza de los papeles veía que no era así. “Fantasías” pensó, era por las ganas que tendría de que un hombre así se fijara en ella; seguro que le hacía olvidar todo lo que le había sucedido con su ex.

Pasaron varias horas, en las que ella, de vez en cuando, le hacía una consulta sobre algún currículum, pero fuera de eso no tuvieron otra conversación.

- ¿No tienes hambre? - preguntó él en un momento.

- Sí - respondió Camila, pensando que podían descansar para comer y ahí iba a aprovechar a prepararse unos matecitos. Pero no fue así. Gaspard llamó a la cocina para que le trajeran el almuerzo.

Al ratito llegó Lola con una bandeja y la puso en un costado del escritorio, retirándose rápido con una sonrisa.

- Come tranquila, yo voy a buscar mi celular que lo dejé abajo - dijo él y se fue.

El almuerzo se parecía a la cena, comió rápido pensando que en cualquier momento podía volver Gaspard y le daba vergüenza que la viera comiendo. Sin embargo, terminó de comer y todavía pasaron diez minutos más hasta que él volvió, Lola venía caminando atrás de él, muy silenciosa retiró la bandeja y salió.

- ¿Estas lista?

- Sí, gracias.

Eran las 4 de la tarde y todavía le quedaba la mitad de la montaña de papeles que revisar. Pensaba que iba a tener que trabajar varias horas más, pero no fue así, dos horas después, él le dijo que ya había terminado su horario y que podía retirarse, aunque le faltaban muchos currículum por ver.

Subió a su piso y fue al baño súper urgida después de un montón de horas de aguantar. Encontró que todo estaba limpio y ordenado. Seguramente había estado Marta, a quien todavía no conocía.

Después buscó el mate y llamó a la cocina para ver si le calentaban agua. Lola, le dijo que sí, pero que si quería bajar, ella justo estaba preparando mate. Así que aceptó encantada.

En la cocina, que estaba en el primer subsuelo, había varias pibas jóvenes parecidas a Lola que trabajaban ahí, y dos señoras de más de cincuenta años, que eran las cocineras, todas muy amables.

Más tarde, hablando a solas con la chica con la que había empezado a establecer cierta amistad, le había contado que la mayoría del personal era contratado sólo por tres meses; que era muy poca la gente que quedaba en planta permanente, lo que la hizo pensar que tal vez no iba a resultar tan fácil quedar allí.


*****


Alba - Complejo Vex, Prov. de Santa Cruz, Argentina.


Después de casi dos semanas, había podido por fin escabullirse un rato de la constante vigilancia de Gaspard. Estaba harta de él y su manía sobreprotectora, como si Raphael y ella, Alba, siguieran siendo niños.

Ella sola sabía cuidarse perfectamente bien, pero él no parecía percatarse de eso. Para todo tenía una regla, incluso la alimentación era estricta. Esto último era lo que más furia le causaba, porque le gustaba disfrutar de los placeres de la vida. Así ni siquiera la comida se saboreaba bien, aunque su “padre” se la pasaba diciendo que la calidad se notaba en el sabor. Pero para Alba esto no era así, de ninguna manera.

“No vayas al pueblo… no te vistas así… no juegues con fuego…” Los sermones de Gaspard resonaban en su cabeza. Y para completar el cúmulo de cosas que la incomodaban, esas dos… Lola y Camila, habían aparecido para robarle el lugar entre sus hombres.

Ya había bajado el sol, se deslizó por detrás del complejo internándose en el bosque. Después de recorrer unos cientos de metros, divisó unas jóvenes arropadas con los típicos trajes que les alquilaban para el frío, que se alejaban de su cabaña para explorar la zona, era una conducta muy común de los turistas.

Sus pies iban levantando la nieve reseca como un polvo, había viento y comenzaba una nevisca que pronto fue como una niebla a su alrededor.


*****


Camila - Complejo Vex, Prov. de Santa Cruz, Argentina.


El día que vino la modista a probarle el uniforme, traía varios uniformes en realidad, y cuando los vio, sintió que quería renunciar ¡Eran trajes de paisana! Horrible. Si ya se sentía mal respecto de sí misma, con esa ropa todo empeoraba. Cuando se vio en un espejo, mientras la mujer le hacía los ajustes finales, le pareció que se veía con un montón de kilos de más.

“¡Parezco un tanque de guerra!”, pensó odiándose a sí misma. Un sentimiento que tenía muy seguido desde lo de Iván y Andrea.

Quiso hablar al respecto con el dueño del lugar, pero él la ignoró diciendo: “¿No viste la web? Aquí ofrecemos una experiencia campestre”.

El resto de los días pasaron así, más o menos iguales, la relación con Gaspard era buena pero distante, como correspondía a una empleada con su jefe. En cambio con Lola, la amistad parecía una posibilidad a futuro, ya que conversaban cada vez que se veían y ya habían intercambiado redes sociales y mates.

El lunes, martes y miércoles de la semana siguiente, llegaron casi cuarenta empleados nuevos. También volvió la modista, que se quedó en una de las cabañas con dos asistentes a los que tuvo que acompañar para que tomen las medidas de todos y controlar que no faltara nadie.

Además, le tocó enseñar los movimientos del lugar, a los recién llegados. Gaspard debía considerar que ella estaba preparada para hacerse cargo ya que ni apareció.

Esos días terminó muy cansada. Pero una vez que agarró el ritmo, el trabajo se le hizo muy fluido y agradable.

Para el viernes, comenzaron a llegar los uniformes y el sábado se registró el primer contingente.

23. Februar 2022 22:23:53 1 Bericht Einbetten Follow einer Story
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CV Cristián Valverde
me encanta esta novela!!
May 05, 2022, 16:18
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