Parece que va a llover Follow einer Story

lapis Luis Ponce

Un encuentro en la playa con el pegajoso ritmo de "Ay mama Inés" de Alfredo Rodríguez


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#Una visión diferente del amor
Kurzgeschichte
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PARECE QUE VA A LLOVER

Han pasado treinta años.

Era febrero de 1984.

La estrecha callejuela que bajaba a la playa se abría paso entre níveos muros sombreados de añil y se mimetizaba en la arena antes de fundirse con el seno absorbente del mar.

Un calor húmedo se colgaba de los balcones tapizados de geranios.

Seis barcas descansaban remolonamente sobre troncos en la arena, esperando el momento propicio de adentrarse en el mar para buscar el sustento de los pescadores nativos.

Escasas familias disfrutaban de este paraíso escondido entre la vegetación ecuatorial.

Y eran pocos los afuereños que de tiempo en tiempo llegaban en busca de paz y tranquilidad.

Yo era uno de ellos.

Sentado a la mesa en la terraza del único café-bar, resumía lo que habían sido mis últimos días: había abandonado mi taller de pintura en la ciudad, para perderme entre el mar y la brisa, buscando inspiración para mis cuadros.

Siempre volvía al mismo sitio y cada vez que venía encontraba algo nuevo: a veces era el clima; otras la comida, aún la bebida, si encontraba con quien compartirla.

Ensimismado en mis pensamientos, no había reparado en la presencia de otros parroquianos: una pareja de mulatos sentados en una mesa al fondo: él la cortejaba y ella bailaba sentada todo lo que sonaba, mientras sus miradas intercambiaban propuestas indecentes para el futuro inmediato.

… Y la delicada figura de una bella mujer.

Refugiada en una mesa protegida por la penumbra, parecía un fresco lienzo de Sorolla.

Llevaba un vestido liviano para la hora, y el diseño y los colores hablaban del buen gusto al escogerlos. Sus brazos y hombros descubiertos eran un tapiz de terciopelo ligeramente rosa y sus cuidadas manos hablaban de nítidas costumbres. Un sombrero de paja, de ala ancha, completaba un atuendo ligero, pero elegante.

Por la brillantez de los rayos del crepúsculo cubría sus ojos con obscuras gafas que solamente dejaban entrever las sombras de sus pestañas.

Jorge, el dueño del café y viejo amigo, al notar mi inocultable interés, me la presentó.

El tono de su voz me subyugó, pues no tenía el dejo típico de la gente de la costa, ni el arrastrar cansino de los pobladores de la serranía.

Había enviudado hace siete años en un accidente del que ella sobrevivió por milagro, pero que había dejado sus secuelas físicas y emocionales.

Era una mujer bella y madura, con un concepto muy claro de la vida y la muerte y una educación propia de familias preocupadas por la cultura de sus hijos.

Por lo apropiado de sus comentarios me dio a entender que la pintura era una parte importante de su vida. No es fácil encontrarse con alguien que hable con tanta propiedad de Pissarro, Manet o Tápies, incluso me intrigó la opinión que tenía de la obra de Guayasamín.

La conversación fue transcurriendo con una camaradería espontánea y no había tema que topáramos, en el que no emitiera una opinión, muchas veces contraria a la mía, pero sustentada con naturalidad, gracia y desparpajo.

Su sentido del humor volvía liviana la tertulia.

En el fondo sonaba “Mama Inés” en versión de Frank Pourcel, y ésas notas levantaron definitivamente a la pareja de bailarines.

Entre sorbo y sorbo de su MaiTai y mi Cuba Libre, cayeron los muros de las apariencias, y con la complicidad siempre solícita de Jorge, y envueltos en la buena música, firmamos el acta de habernos conocido.

Me sentí tan relajado, que mi cerebro voló a momentos lejanos de la juventud, cuando era una esponja de saberes que todo lo absorbía, no había barreras que no derribara ni prejuicio que dejara de irrespetar.

—Parece que va a llover, lo siento en el aire—, dijo estirando su brazo izquierdo; solamente en ese momento relacioné sus gafas obscuras con el bastón; mientras, Jorge tomaba su mano para ayudarla a levantarse.

— No soy ciega —, me comentó al despedirse. Sólo me falta la vista.

— Espero que nos volvamos a ver. Bueno,... es un decir—comenté.

Y se alejó acompañada de Jorge, dejando una estela de aromas inolvidables en el aire y un caleidoscopio de sentimientos en mi espíritu.

Todavía no he salido de mi estupor, pero cada vez que tomo su mano, ahora a la vejez, resuena en mi mente:

—“Parece que va a llover, el cielo se está nublando…”.

21. September 2017 14:07:12 0 Bericht Einbetten 0
Fortsetzung folgt…

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