lunanuevamcr S.T. Moon (LunaNuevamcr)

En un pueblo lejano, dos personas descubren que el amor por sus caballos, puede darles una segunda oportunidad


Romantik Chick-lit Nicht für Kinder unter 13 Jahren. © Todos los derechos reservados. Registro 2105167844585

#romance #amor #amistad #deporte #perdón #caballos #hípica
Kurzgeschichte
11
546 ABRUFE
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Único

Tenía siete años cuando comencé a acompañar a mi padre a las caballerizas del club de hípica de mi ciudad. En un pequeño auto cruzábamos la ciudad con dos maletas llenas de los insumos necesarios para atender a aquellos cuadrúpedos hermosos, que se paseaban por las pistas a diario, acompañados de sus jinetes y amazonas.

Era un espectáculo transitar por aquellos pasillos. Decenas de personas con esas indumentarias elegantes, que algunas veces parecían sacados de un desfile y otras veces, sobre todo en las convenciones, parecían estudiantes de un concurrido colegio. Cascos negros, bléiseres, pantalones blancos o beige, y botas altas. Esbeltos y hermosos, formando binomios fenomenales con sus majestuosos animales.

Papá trabajaba para el club y por ello teníamos la posibilidad de ver algunas competiciones, ya que además era miembro del equipo veterinario también asistía a los entrenadores. Recuerdo que me cargaba sobre sus hombros y animábamos casi siempre a un mismo caballo, su preferido, Romeo. Un percherón café con manchas blancas, que parecía ser su mejor amigo y que no me quería mucho a juzgar qué, cuando me acercaba demasiado a mi padre mientras lo atendía, empezaba a patear y se ponía arisco. Papá decía que tenía celos, porque yo era su princesa y me iba con él a casa todas las noches, cosa que no podía hacer con él. Quizás era cierto, nunca tendré esa certeza, pero lo que sí sé es que reconocí la conexión que había entre los dos en un momento tremendamente duro, cuando nuestro arisco amigo comenzó a envejecer y a bajar su tanto rendimiento, que a papá le pidieron sacrificarlo. Nunca lo vi llorar tanto, nunca en los nueve años que llevaba acompañándolo lo vi tan devastado y nunca vi rogarle perdón a nadie como lo hacía con Romeo en aquel establo, acariciándole si crin mientras que incluso al animal se le escurrían las lágrimas. Nunca vi, ni creo que veré, una escena más trágica y tampoco a papá desear tanto tener un lugar dónde llevar a su amigo a que pasara sus años de retiro junto a él. Solo sé que dos días después llevábamos al caballo en un tráiler, detrás de nuestra camioneta rumbo a un lugar desconocido, a horas de todo y de todos y que llegamos a una casa roñosa, que tenía un par de establos abandonados a su lado y un pastizal altísimo que no tenía fin en el horizonte.

Mi padre decidió que, por sobre su trabajo, nuestros ahorros y nuestra vida más o menos acomodada en aquella ciudad, Romeo debía sobrevivir. Cómo ya había hecho de todo para convencer a los del club sin encontrar una buena respuesta, renunció a su trabajo y esa noche secuestramos al caballo con complicidad de los guardias. Yo, que, a mis dieciséis, no imaginaba la vida de mi padre sin su amigo, lo apoyé a ciegas y aunque Romeo seguía igual de hostil conmigo, creo que agradeció que fuera yo quien saliera montándolo muy a su pesar, ese día. Lo que desconocía y papá me contó por el camino, es que la propiedad a dónde iríamos a escondernos, era de un magnate del club, quien se había solidarizado con nuestra causa. No había razón para sacrificar a Romeo, era un caballo sano, solo se había hecho mayor y requería más cuidados.

Poco a poco comenzamos a arreglar el ruinoso sitio, que nos recibió con una jauría de ratas, arañas y otras cuantas especies que campaban a sus anchas por el lugar. Acomodamos los establos para que, nuestra ahora razón de vida pudiera descansar y allí rehicimos nuestra vida. Un año después, Romeo seguía dándome lora. Papá comenzó a trabajar como entrenador de caballos en el club del pueblo, había aprendido de los mejores y dado de su procedencia, no dudaron en contratarlo, gracias a que por aquellas lejanas latitudes nunca se supo del porqué de la salida de papá de su trabajo original.

Lejos de todo, comencé a disfrutar de otra clase de entretenimientos, como leer al aire libre, mientras sacaba a pastar a mi rebelde amigo, o hacer mis tareas en un claro que había encontrado entre el espeso bosque que colindaba la propiedad, que con el tiempo me enteré de que era nuestra. El magnate se la escrituró a papá en agradecimiento por haber salvado a al caballo preferido de su padre muerto y con eso confirmamos que, para nosotros, cada percherón venía con un pan debajo de las patas.

Conocía poca gente de mi edad, ya que mi vida giraba en tratar de mantener el orden en la propiedad, cuidar a Romeo y estudiar. Dividimos el pastizal y lo convertimos en pistas de salto, lo que convirtió mi casa en un club alterno, donde cuidábamos los caballos de otros y yo les enseñaba a niños a montar. Ya no acompañaba mucho a mi padre, pero de vez en cuando lo hacía, sobre todo cuando él insistía en llevar a Romeo a que diera una vuelta por las pistas, mejor dotadas del club. Y así fue cómo lo conocí.

Estaba saliendo de los establos, peleando con mi caballo mientras él acariciaba al suyo como si no hubiese un ser más hermoso en el universo. Allí, en mitad de la pista a la que estaba intentando llevar a mi percherón, estaba él, con su frente apoyada en la nariz de su amigo, contándole quizás algún secreto mientras deslizaba sus dedos por la crin del animal, completamente blanco, al que solo le faltaban las alas para ser la reencarnación de Pegaso.

Nunca olvidaré esa pose sumisa, en la que el que mandaba era el animal y no él. En ese momento supe que ese chico era un gran jinete, que se despojaba de su liderazgo, para otorgárselo a su compañero, en agradecimiento por obedecerlo cuando lo montaba. Absorta contemplé la escena, hasta que mi abuelo amigo me pegó con su nariz en el brazo, para que saliera del letargo y lo sacara a andar.

Las pisadas de Romeo rompieron la burbuja del chico, quien levantó la mirada, le dijo algo más a su caballo y giró la cabeza para descubrir qué había irrumpido en su mundo. Al escucharme discutir con mi quisquilloso cuadrúpedo, sonrió y dijo muy alto:

―¿Quién de los dos es el cascarrabias?

―Por supuesto que él. No me soporta.

―Y sin embargo camina obediente tras de ti

―Eso es una fachada. Es por interés.

―¿Cómo se llama? ―preguntó acercándose a nosotros, con paso seguro, mientras yo me detenía por el jalón que había sentido en la rienda. Mi caballo se había detenido.

―¡Romeo! ―respondí, usando la misma expresión para reprender a mi casi enemigo―. ¿Qué pasa? ―pregunté. El animal soltó un par de resoplidos incómodos y supe que tenía miedo de que se le acercaran. Me interpuse entonces entre su nariz y la trayectoria del chico que estaba cada vez más cerca―. Calma, no dejaré que te hagan nada y lo sabes ―susurré y sorprendida levanté la mano al ver que bajaba la cabeza y me ofrecía su frente. Sonreí. En verdad era un interesado, pero con todo, creo que podría decir que lo quería muchísimo. Me giré cuando sentí la presencia del jinete a mi espalda.

―No lo entiendo. ¿Qué clase de relación tienes con él?

―Soy su cuidadora. Básicamente, lo alimento y lo saco a pasear. Así que de vez en cuando me convence de que es bueno, pero yo sé que solo lo hace porque quiere seguir muchos más años junto a papá.

―¿Papá?

―Sí, Harry, el entrenador.

―¡Ah! Harry. Gusto en conocerte ―dijo ofreciéndome su mano―, soy Sergio. Tu padre me está ayudando con Apolo.

―Así que esa estampa de Pegaso se llama Apolo.

―Sí, es un excelente caballo ―aseguró mientras se acomodaba para mirarlo con adoración. Lo quería muchísimo.

―¿Hace mucho que lo tienes?

―Nació cuando tenía tres. Crecimos juntos. ¿Y tú? ―preguntó mirándome de nuevo―: ¿Cómo te llamas?

―¡Princesa! ¿Dónde te metiste? ―Escuché gritar a mi padre y apreté mis ojos, mientras sentí una nariz golpearme la espalda y supe que hasta Romeo se estaba burlando de mí. «Papá, siempre eres tan oportuno», pensé, mientras oía los pasos de mi padre, trotando hacia nosotros. Cuando nos alcanzó, puso su mano en mi hombro―. Casi no te encuentro. Tenemos que llevarnos a Romeo, princesa. ―Y reparando en nuestro acompañante, le dijo―: Sergio, lo siento, pero hoy no podré entrenar a Apolo, debo llevar a mi amigo a casa.

―No te preocupes, pa’. Yo me lo llevo. Quédate con ellos. Yo me encargo. Nos vemos en casa.

―¿Estás segura?

―Puedo con él. Siempre lo hago. Mejor sigue trabajando.

―Gracias ―se despidió besándome la mejilla―. Te debo otra, como siempre.

―Ya va siendo hora de que me pagues alguna ―añadí en broma―. Me voy. Nos vemos ―me despedí mirando a Sergio y me alejé con Romeo, mientras le escuchaba decir:

―Adiós, princesa.

Días después me encontraba cepillando a mi aireado amigo, cuando escuché llegar a papá más temprano de lo normal. Me dijo que iba a cambiar un poco de horario y que necesitaba mi ayuda. Sergio quería entrenar en serio y era muy bueno. Ya había competido años atrás, pero ahora se le había metido en la cabeza que quería hacerlo con Apolo y eso requería un gran esfuerzo, ya que el animal, nunca había sido adiestrado de manera correcta. Por lo tanto, comenzaría a ir menos horas al club, ya que Apolo sería trasladado a nuestra casa. El padre de Sergio pagaba bastante bien, así que era una buena oportunidad. Lo que tendría que hacer yo, sería cuidar de Apolo, como lo hacía con Romeo. Le dije que no sabía si nuestro caballo lo aceptaría de buena manera, pero que, por mí, no habría ningún problema, así que acondicionamos el lugar para recibir a nuestro nuevo compañero y desde ese día comencé a ver a Sergio a diario.

Apolo no era un caballo fácil. Como Romeo, poseía una personalidad fuerte y no era de los que se deja domar, más bien era como mi abuelo amigo, él decidía de quien y cuando y eso los hacía especiales. Maravillosos.

Contrario a lo que pensé en la pista, la relación de Sergio y Apolo era excelente cuando estaban pie en tierra, pero por alguna razón poco lo aceptaba como jinete. Eso era cuestión de entendimiento mutuo, era un trabajo de amor y confianza, que no se formaba de la noche a la mañana, no importaba lo habilidoso que fueras. Sin embargo, ellos, dos iguales en tierra se apreciaban de una manera casi sobrenatural. Me parecía ver en ellos el reflejo de mi padre y Romeo. Poco a poco, paso a paso, con ayuda del entrenamiento, fueron acomodándose el uno al otro. Poco a poco, paso a paso, la confianza se hizo más fuerte y Sergio logró montarlo. Poco a poco, paso a paso, logró hacerlo saltar, hasta que finalmente, ambos parecían uno solo, no solo en la pista, sino en los establos. Dos almas unidas por un vínculo más fuerte que la amistad.

Pero durante ese poco a poco, tuve que curar en numerosas ocasiones a Apolo, pero sobre todo a Sergio. Recogerlo del piso, arrastrarlo hasta la improvisada enfermería que había armado junto al establo y donde me dedicaba a desinfectar heridas, cubrirlas y hasta suturarlas. Esto último lo había aprendido del médico del club, cuando había decidido que lo mío quizás fuera la enfermería.

Sergio y yo nos volvimos amigos, Romeo y Apolo también. Durante dos años los vi entrenar, luego de asistir a la escuela de enfermería y fui testigo de cómo un Sergio de 19 años, me robó el corazón con su tez morena y sus ojos oscuros. Amaba verlo competir en el club, con su traje de príncipe de leyenda en su caballo blanco. Amaba verlo en su ritual en la mitad de la pista, agradeciéndole todo lo que le cedía, todo lo que lo aceptaba y lo que le permitía vivir y mi pobre corazón se rindió sin más ante su imagen perseverante y valiente, cuando ilusionado me contó que se iría a Suecia a entrenar para el Campeonato Mundial de Concurso Completo. Tres disciplinas en tres días. Adiestramiento tradicional, campo a través y salto de obstáculos. Lo había visto destacar en dos de ellas, pero sabía que debía trabajar más para ese evento. Era su sueño y lo había luchado mucho.

―¿Cuánto tiempo te vas?

―Quizás sean tres años o un poco más. Me quedan dos años para la competencia y si logro llegar, es posible que tenga que cumplir con más compromisos ―Bajé mi cabeza, triste por la noticia y feliz al mismo tiempo. Su cara angelical que siempre me había parecido hermosa, me decía lo siento. Lo sabía porque era su expresión recurrente cuando debía disculparse, pero esta vez era diferente, esta vez me dolía verla. Nunca había sido capaz de decirle lo que sentía por él, porque sabía que lo que más le importaba era su carrera, así que estuve allí como su amiga y lo vi crecer. Crecí con él.

―Es una buena oportunidad, aunque no voy a negar que me duele que te vayas ―le dije con la voz rota por las lágrimas que comenzaban a salir sin control, en contra de mi voluntad. Tomó mi barbilla con su mano y subió mi cara. Su tierna mirada me golpeó mientras me sacaba las mejillas y con un tono suave me preguntaba:

―¿Por qué lloras así, princesa?

―No me hagas caso.

―No me gusta verte llorar, lo odio.

―Pues no mires ―le dije disimulando una sonrisa.

―No es tan fácil ―aún con su mano en mi barbilla, levanté la mirada curiosa, por el tono de solemnidad que le imprimió a esa frase. ―Yo… yo…

―Tú… ¿qué?

―Estoy enamorado de ti, princesa. ―Abrí mucho mis ojos, pero antes de que pudiera decir nada, Sergio puso un dedo sobre mis labios, para que lo dejase continuar―. Esa es una de las razones por las que quiero irme. No tienes que decir nada, sé que no ves más que como un niño soñador, que juega todos los días con su caballo. Tú, con mi misma edad, ya tienes un trabajo, estás estudiando una carrera y ayudas a tu padre con todo. ¿Qué podría esperar yo que sintieras por mí? Mientras más te vi crecer, princesa, más me enamoraba de ti y más lejos estabas de mí. Pero no quiero perder las esperanzas, tal vez no ahora, pero quizás después, me gustaría que me dieras una oportunidad. Me iré, pero volveré cuando sea digno de ti. Volveré por ti, Sara.

Su confesión me dejó sin palabras y luego sus labios sin aire, cuando los acercó a mi boca y me besó despacio, con esa pasión que lo caracterizaba en todo lo que hacía. Mis manos volaron a su cuello.

―Yo también te quiero ―le susurré bajito, con sus labios aún cerca de los míos, mientras sentía su cálido aliento aún.

―No me lo puedo creer ―me dijo sorprendido y bajó con su brazo libre me tomó fuerte de la cintura, acercándome más a él y volvió a besarme, esta vez con más arrojo, más profundidad, mientras yo respondía quizás con la misma pasión o tal vez más que la suya. Y allí, en medio de la propiedad, dejé que mi corazón y mi cuerpo le demostraran lo mucho que lo amaba desde tal vez la primera vez que lo arrastré a la enfermería, luego de que Apolo lo botara por décima vez.

Descansé mi cabeza en su pecho, mientras ambos, aun desnudos, mirábamos las estrellas, mientras sonreía al recordar que primera vez, había escuchado mi nombre de sus labios:

―Es la primera vez que me dices por mi nombre.

―Culpa a tu padre, princesa.

―Tonto.

Nos levantamos del suelo, para vestirnos y una vez estuvimos listos para regresar a los establos, puso su frente sobre la mía y me dijo:

―No quiero dejarte, pero te prometo que volveré. Espérame, Sara, porque cada día que pase entrenando, cada paso que dé, yo estaré luchando por ti, por los dos.

―Yo te esperaré, pero ¿tú estás seguro de que volverás? ¿Estás seguro de que no conocerás a nadie más?

―A nadie podré querer como a ti, Sara. Y nadie ocupara ni tu lugar, ni mi corazón. Cuando regrese, cásate conmigo. Espérame, pero no solo como novio, sino como tu prometido, porque para mí siempre serás mi princesa, Sara. Siempre. De eso, pase lo que pase, no tengas dudas. ―El corazón se me expandió de felicidad al escucharlo y aunque algo me advertía de que tal vez no sería tan fácil, él amor que sentía por él me aseguraba, que, por mi parte, lo esperaría el tiempo que hiciera falta.

Sergio se aseguró de que todos se enteraran de nuestro compromiso y partió un día frío de noviembre. Mantuvimos el contacto durante un año a través de mensajes y videollamadas, por las cuales no solo lo veía a él sino a Apolo. Se habían convertido en una atracción. El contraste entre su piel, más bronceada de lo habitual y lo blanco de su amigo, los había hecho famosos. Portadas de revistas de hípica, fotos de marcas y eso que no habían competido en los eventos más grandes del deporte. Su elegancia se hizo conocida y su pose, lo gran jinete que era y su espectacular Pegaso, lo catapultaron para que los grandes del mundo quisieran entrenarlo y así, él y yo, perdimos el contacto por su ocupada agenda.

Aún sonaba en mi cabeza su promesa, cuando atendía fracturas en el hospital y el sueño de verlo regresar se resistía a morir, hasta que luego de seguir el campeonato, emocionada, lo vi recibir su preciaba y luchada medalla de oro y con ella, el beso de su nueva novia. Los rumores de que estaba saliendo con Jenny Adams, una amazona del Reino Unido, se confirmaron durante esa trasmisión, mientras el club quedó en silencio y todos me miraron con cara de tristeza. Sí, yo ya no era su princesa, había que aceptarlo. Ahora, que según él estaría a mi altura, yo era la que no podía igualarlo. Una enfermera de un pequeño pueblo, escondido entre las montañas, no tendría nada que le interesara a un hombre de mundo. El avanzó y yo me quedé en el tiempo, esperando.

Los días a partir de ahí comenzaron a sentirse pesados. El aire no se sentía tan puro. Aunque había tenido un par de relaciones, nada, ni mi trabajo era suficiente. Todo empeoró cuando Romeo, a sus 27 años, me dejó sola después de su último resoplido en aquel establo, para irse quizás a esperarnos a mi padre y a mí en el cielo de los caballos. No soporté más. Ese mismo día, dos años después de la competencia de Sergio, decidí que no podía continuar allí. El vacío que dejó Romeo en mi vida me hizo saber que no podía seguir esperando a que quienes amaba fueran y regresaran a su antojo. Así que, ante los ojos llorosos de mi padre, luego de sepultar a mi caballo cascarrabias, tomé mis maletas y las subí a la camioneta.

―Perdóname, papá, por dejarte solo, pero no soporto estar aquí. No más. ―Me abrazó y comprensivo, con quizás el mismo dolor que yo en el corazón me dijo:

―Tú me apoyaste y me ayudaste siempre, es justo que te deje escapar. Solo no te olvides que siempre que quieras regresar, esta será tu casa, princesa.

Ese día abandoné el pueblo, para regresar a la ciudad, aunque no a mí misma ciudad. Comencé a trabajar en una clínica en el área de urgencias y visitaba a mi padre cada dos semanas. Unos meses después, en una de las visitas, encontré el establo de Romeo ocupado. Cielo, un yegua color chocolate, quizás de la misma edad de la que secuestramos a Romeo, descansaba oronda en el lugar de mi amigo. Mi corazón se encogió, pero también entendí que papá necesitaba compañía y que así sería feliz. Cielo, necesitaba quien le brindara cariño y ella a su vez se lo brindaría a él. A diferencia del percherón, aquella pura sangre española sí dejaba que mi padre la montara y paseaban todos los días, al atardecer. Pero con ella también llegó Clara y supe que papá por fin tenía una nueva vida. Quizás no había querido rehacerla para no incomodarme. Dedicó su vida a mí, luego de que mamá muriera cuando tenía cinco años y jamás lo vi con nadie más. El día de su boda no pude, sino que desearle felicidad a ese hombre que me lo había dado todo, el hombre del que aprendí cuan generoso se puede ser en la vida y cuanto amor puedes encontrar en otros. Y ese mismo día, lo vi regresar.

Sergio, vestido de traje, con su pelo corto y sus ojos negros, con un porte más serio, se acercó a mi padre, cuando nos estábamos despidiendo. Su sonrisa perfecta me recordó todos los buenos momentos, pero también que yo ya no era esa Sara.

―Harry ―Lo abrazó, felicitándolo por su boda y luego se volvió hacia mí―. Princesa ―Dio un paso hacia mí y yo di uno atrás. Me miró, triste, mientras yo le respondía.

―Sara. Soy Sara. ¿Cómo estás? ¿Qué tal tú nueva vida? ―Mi padre se alejó, conocedor del dolor que pugnaba mi corazón y que no había podido sacar de mi a pesar del tiempo.

―¿Por qué Sara?

―Ese es mi nombre, Sergio. Siempre lo ha sido.

―Lo siento, Sara. Solo quería saludarte. Saber cómo has estado, me contaron lo de Romeo.

―Fue hace unos meses. No es fácil, pero papá tiene a Cielo, así que no tengo que preocuparme. Estará bien.

―Y tú, ¿estás bien?

―Sabes que nunca tuve una buena relación con el caballo cascarrabias, así que... ―Me encogí de hombros en un intento forzado de contener las lágrimas.

―Princesa ―susurró, tratando de acercarse de nuevo.

―No me digas así, por favor.

―Siempre lo serás para mí, Sara.

―Mira, Sergio, no sé qué pretendes, pero ha pasado mucho tiempo, así que no creas que vas a encontrar lo que dejaste, porque eso no podía permanecer congelado en el tiempo, mientras tú disfrutabas tu vida.

―Sara, lo siento, de verdad.

―¿Y qué es lo que sientes, Sergio? ¿No haber tenido la decencia de decirme que estabas rehaciendo tu vida? ¿No haber vuelto a contestar mis mensajes? O ¿Haber hecho una promesa que no podías cumplir? Disculpa, pero esta no es hora para que tú y tu caballo blanco irrumpan de nuevo en mi vida. No ahora, no así, como si nada hubiese pasado ―salí corriendo hacía mi auto para emprender la huida. No quería tenerlo ahí de frente, dándome explicaciones que tal vez no me gustaría escuchar, que dolerían demasiado. Además, yo ya tenía una nueva vida y un novio nuevo, lejos de aquel pueblo pequeño, que desaparecía cada vez que enfilaba por la adoquinada calle cercada por eucaliptos, como en ese momento. Tenía una vida, lejos de ese jinete montado sobre un caballo blanco, que perseguía a galope mi auto y que no permitía que recuperara la cordura. Taylor Swift me gritaba desde la radio que esto no era Hollywood, pero él lo desmentía con la fuerza de su persecución, a la vez que mis ojos inundados de lágrimas dificultaban mi visión y entorpecían de tal manera mi conducción, que terminé estrellándome contra uno de los árboles a las afueras del camino.

El sonido de los cascos sobre la tierra y luego un relinchido junto a mi cabeza me hizo despertar. Allí frente a mí, estaba mi abuelo cascarrabias, Romeo, mirándome con su particular expresión de burla. Miré a mi alrededor y me levanté sin dificultad, para sumergir a mi amigo en un abrazo, mientras lloraba de alegría.

―Estás aquí ―le dije mientras ponía mi frente sobre la suya―. No sabes cuánto de extrañé.

―Yo también te extraño ―escuché una voz grave sonar en mi cabeza y me separé desconcertada.

―¿Puedes hablar?

―No, pero en este plano, tanto tu alma como la mía, pueden comunicarse. ―Lo abracé contenta de tenerlo de nuevo así. Mi viejo cascarrabias se dejó hacer y luego ambos paseamos como solíamos hacerlo, solo que la explanada que teníamos al frente, no parecía una pista, sino un campo verde, adornado por el perezoso sol que se escondía en el horizonte.

No perdí oportunidad de acariciarlo y de decirle lo mucho que lo quería, que nunca me importó que fuera arisco, que su compañía fue lo mejor que me pasó en la vida. Durante más de 15 años, nos vimos a diario, nos convertimos en familia.

―Debes volver ―me dijo luego de que la noche cayó.

―No sé si quiero. Me siento muy sola.

―No puedes quedarte aquí.

―Pero estaría contigo, además, tienes un bonito lugar.

―Solo vine a despedirme, Sara. A decirte que no debes estar triste. A pedirte que por favor regreses. Yo estoy bien, mírame, ya no tengo canas. No soy más un abuelo y puedo cuidarme solo. En cambio, tú tienes una vida por delante y mucha más gente por ayudar. No puedes dejar a Harry.

―Él tiene su vida. No me necesita.

―Te necesitará siempre, Sara. Eres la luz de sus ojos. Siempre lo fuiste. Por eso te envidiaba. Pero luego tú y yo nos volvimos compañeros. Tú, Sara, fuiste lo más bonito que tuve en mi vida, porque me cuidaste desinteresadamente y siempre fui tu prioridad.

―Eras lo único que tenía, Romeo. Mi amigo, mi confidente, mi compañero. ¿Por qué no podías vivir conmigo por siempre? Fue más lo que tú me diste, que lo que yo hice por ti. ―Le confesé, mientras de nuevo juntaba nuestras frentes―. Déjame quedar.

―No, Sara. Tienes que vivir. Tu vida está allá. Nuestro tiempo ya pasó y volverá solo cuando sea el momento. Y aún no lo es. Hay alguien que necesita de ti, así que tienes que volver.

―Prométeme que te volveré a ver.

―Lo harás, pero solo si cumples con tu parte. Vive, Sara y saca el dolor que llevas dentro. Perdona, ama y vive. Sé libre, Sara. Haz lo que siempre has hecho, seguir a tu corazón.

―Está bien ―le dije besándole la nariz―. Buscaré mi camino. Te lo prometo.

―Entonces, ahora sube. Te llevaré.

Y por segunda vez, desde que nos conocimos, subí en el lomo de Romeo, quien a paso lento recorrió un camino que no había visto y que se abría a la derecha, mientras yo me recosté sobre él y lo abracé, hasta que me quedé dormida.

El pitido constante de una máquina hizo que abriera los ojos. Una luz blanca y fuerte se coló en ellos provocando que un ramalazo de dolor sacudiera mi cabeza. Me quejé, intentando tapar la luz con mi brazo.

―¡Despertaste! ―escuché la voz de Sergio gritar en lo que supuse era una habitación de hospital y arrugué la nariz―. ¿Qué sientes?

―Dolor ―dije esforzándome por hablar, con mi boca pastosa. Luego escuché que alguien entró.

―Bueno, ya está despierta. ¿Cómo se encuentra?

―Dolorida ―reiteré.

―Es normal, sufrió un accidente de tránsito y, por si fuera poco, a alguien se le ocurrió que era buena idea movilizarla a caballo. ―La voz de la mujer tenía un tono de reproche, que no me pasó desapercibido.

―¿Dónde estoy? Y no me contesten que, en un hospital, porque eso ya lo sé.

―Si me dice su nombre y lo último que recuerda, quizás le de esa información.

―Es justo. Mi nombre es Sara Richards y lo último que recuerdo es que iba conduciendo ―miento, porque lo último que recuerdo, es la suavidad del pelaje de Romeo.

―Sara, está en el hospital del pueblo. Trabajó aquí, ¿verdad?

―Sí, hasta hace unos meses. Pero su voz no la recuerdo ―sentencié.

―Soy Jimena. Llevo poco tiempo aquí.

La doctora Jimena me sacó de la habitación para hacerme nuevos estudios y luego que estuvo satisfecha, volvió a dejarme en la cama. Me mantendrían en observación unos días, debido tanto al fuerte golpe, como a que había estado inconsciente durante dos días.

Una vez hubo salido de la habitación, escuché de nuevo a Sergio acercarse.

―¿Dónde está papá?

―Lo convencí de irse a descansar esta mañana. No se ha despegado de ti desde que le avisé.

―Le arruiné la boda ―dije con pesar.

―Sabes que eres lo más importante en su vida. Así que cuando estés bien, tendrá tiempo de celebrar.

―¿Por qué estás aquí, Sergio?

―Porque es el único sitio donde quiero estar.

Su afirmación me dejó descolocada, por lo que decidí no ahondar más en el asunto. Me sentía cansada y lo único que quería era dormir. Así que cerré mis ojos, con la esperanza de encontrarme de nuevo con Romeo, pero eso no sucedió.

Al cabo de los días, comencé a sentirme un poco mejor y me convencí de que no puedo seguir siendo tan hostil con Sergio, quien había estado pendiente de mí, todos esos días. Lo había visto ir, venir y salir obediente, aunque resentido, cuando Robert, mi novio, venía a verme. No entendía muy bien la motivación del regreso de Sergio y porqué después de tanto tiempo decidió volver cuando ya tenía una vida hecha lejos del pueblo. Sus padres se fueron de aquí cuando él comenzó a ganar y todo rastro de ellos fue borrado. Sentía curiosidad de saber, aunque estaba segura de que también me iba a doler, no quería escucharlo justificarse, pero todas las historias tienen dos versiones y era justo que, si él lo quería, yo lo dejara contarme la suya.

―Así que, luego de que te llenaste de dinero, se te cruzaron los cables ―solté tratando de quitarle hierro a la situación. Me había dicho que la fama lo llevó por un camino que nunca pensó transitar, a querer más, a vivir de una forma desenfrenada. No se excusó, no buscó pretextos. Aceptó que fue un inmaduro al creer que podía tener el mundo, cuando seguía siendo lo que siempre había sido, un niño con sueños, pero en ese momento, un niño malcriado. Jenny, aunque fue un truco publicitario, en verdad fue su novia por algún tiempo.

―No fue tan superficial como lo haces sonar. Creí que había cogido el cielo con las manos y luego de descubrir que me había convertido un simple títere de los patrocinadores, fue que me di cuenta de que me había condenado. Solo soy un billete andante. Nadie me quiere más que por eso. Lo único que tengo en realidad es a Apolo y ahora hasta eso quieren quitarme.

―¿Cómo que quieren quitarte a Apolo?

―Cuando cumplió los dieciocho años, los patrocinadores comenzaron a insistirme para que entrenara con otro caballo, pero mi amigo todavía estaba en forma, así que me negué. Con eso lo condené a él. No me di cuenta sino hasta que su rendimiento empezó a decaer. No lo estaban cuidando adecuadamente y eso ocasionó que perdiera masa muscular y por consiguiente su fuerza bajó. Ya en ese punto fue que todo detonó. Contraté a los mejores y me lo llevé a mi casa. Lo peor que pude hacer fue dejarlo en manos de esos ineptos. A él le debo lo que soy. Es mi compañero, es mi amigo y yo permití que le hicieran daño. Lo descuidé, como lo hice con todo.

―Confiaste en ellos. No fue tu culpa.

―Sí lo es. No me di cuenta de su sufrimiento por estar cegado por el dinero y el éxito. Ahora ya no quiero que sufra más. Por eso lo traje conmigo.

―¿Qué piensas hacer?

―No quiero dejarlo a merced de nadie. Quiero cuidarlo, como lo hicieron tu padre y tú con Romeo. Es hora de que se retire y que pase sus años en paz. Se lo debo.

―Estás en la cima de tu carrera. ¿No volverás a competir?

―Por ahora no lo sé. Solo quiero concentrarme en él.

―Te entiendo.

Luego de que me dieron el alta, papá insistió que pasara la convalecencia en su casa. Serían un par de semanas, mientras se aseguraban de que estaba bien. Por lo que Sergio me llevó hasta allí, esta vez en auto. No me sorprendí al ver a Apolo en el establo, junto a Cielo. Su dueño había decidido volver a encargárselo a papá e iba todos los días a visitarlo.

Durante mis días allí, me dediqué a hacer lo que hacía unos años atrás y le ayudé a mi padre a alimentar a Cielo y ya puestos pues hacía lo mismo con Apolo. Durante esos días mi relación con Sergio se volvió más estrecha, creo que por fin entendí por lo que había pasado y me pregunté si me hubiera pasado lo mismo de ser yo la que hubiese perseguido un sueño parecido. Nunca lo sabré. Nos sentábamos en las tardes y me contaba cosas. En alguna ocasión me confesó que intentó llamarme de nuevo muchas veces, pero que al darse cuenta de todo lo que estaba haciendo, se sintió muchísimo más lejos de mí que en cualquier momento. Por ese entonces, alguien le comentó que yo estaba saliendo con alguien y aunque le dolió, consideró que era lo justo, ya que él había roto su promesa, por imbécil.

―¿Hay alguna posibilidad de que me perdones?

―Perdonado estás. Ya todo pertenece al pasado.

―¿Lo quieres?

―¿Te refieres a Robert? ―Bajó su cabeza arrepentido, sabía que no era asunto suyo, pero me apiadé de él y le respondí con la verdad:

―Quisiera decirte que sí, que lo amo con locura. Pero no voy a mentirte. Lo quiero, pero sé que estamos juntos por comodidad. Nada más. Los dos nos sentíamos solos, eso es todo.

―Eso quiere decir que tal vez… ―Levantó su cabeza con ilusión, pero no debía dejarlo continuar por ese camino, así que le respondí:

―Tal vez nada, Sergio. Lo nuestro, como te dije, está en el pasado. ―Pero yo sabía que eso no era cierto.

Su compañía, el verlo siempre y hablar con él como lo hacíamos años atrás, me removió sentimientos que no quería tener, pero que muy en mi contra, ahí estaban. A pesar de que no tenía intenciones de ninguna clase con Sergio, decidí serle sincera a Robert. No quería ilusionarlo con algo que tal vez no sucedería, aún tenía muchas cosas que sanar y no era justo llevarme a alguien por delante.

Una de esas tardes mi padre me convenció que montara a Cielo, así que le di gusto. Era una magnífica yegua y pude recordar con alegría a mi buen amigo. Las dos nos volvimos amigas, al punto que se me hizo habitual despojar a mi padre de su paseo diario. Con los días, Sergio se nos unió con Apolo y se convirtió en un ritual para los cuatro cruzar la ladera hasta salir del pueblo, para mirar las estrellas desde las afueras.

―¿Ya lo decidiste?

―¿Qué cosa? ―devolvió la pregunta Sergio, quien estaba recostado a mi lado, bajo la luz de la luna.

―Si competirás de nuevo ―me aclaré. Sabía que el campeonato comenzaría pronto.

―Aún no. Es solo que siento que, si lo hago, estoy traicionando a Apolo. ―Su voz, solo fue una muestra del dolor y la frustración que se le incrustaba adentro.

―No creo que Apolo lo sienta así. Creo que deberías hablar con él.

―Sería más fácil si pudiese darme una respuesta directa ―soltó sonriendo.

―¿Te cuento un secreto? ―me miró curioso, girándose hacia mí, mientras yo hacía lo mismo.

―¿Estás segura de que quieres confiarme ese secreto? Tú, ¿Qué ya no quieres saber de mí?

―Sí, estoy segura y solo lo hago porque sé que lo necesitas.

Intentando no parecer más loca de lo que la historia de por sí lo hacía, le conté sobre mi encuentro con Romeo, luego del accidente. La manera en que nos despedimos y cómo eso me ayudó a sanar un poco el vacío que tenía adentro. Sus ojos se llenaron de lágrimas al escuchar cómo mi adorable cascarrabias y yo, tuvimos esa oportunidad.

―Dirás que estoy loca, pero yo no puedo aceptar que eso que viví fue solo un sueño. Por eso prefiero no hablar de ello.

―No estás loca, princesa. Yo te creo. ―Y pidiéndome permiso con su mirada, me abrazó y por primera vez desde que vi a mi amigo, volví a sentir calidez en mi corazón. Era mucho lo que le debía a mi caballo, incluso mi vida.

Luego de esa noche, Sergio comenzó a salir a solas con Apolo. Entendía que era su manera de entablar con él esa conversación que ambos debían tener. Justo el día anterior a mi regreso a la ciudad, algo debió suceder, porque los vi llegar juntos, pie en tierra y la paz que sentía era algo excepcional. Esa conexión sobrenatural entre ellos estaba de vuelta y supe que ambos se habían perdonado todas las faltas que pudieron haberse cometido. Sergio había vuelto a ser él mismo, se había reencontrado consigo mismo.

Eso también me ayudó a tener paz. Así que alisté mis maletas y esa noche salí a cabalgar a galope con Cielo. No la volvería ver hasta dentro de unos meses, así que quería dedicarle a ella al menos un tiempo. Ambas sentimos el viento en nuestro rostro y gracias a ella esa sensación de libertad, que sientes cuando corres a toda velocidad, regresó a mis venas. Cielo me devolvió la adrenalina y la pasión por la vida.

―Gracias, amiga. Prometo que volveré pronto ―le dije besando su nariz. Tomé mi maleta y me encaminé a la puerta, donde papá y Clara me estaban esperando.

―Regresa siempre que quieras, sabes que me hace feliz que estés aquí.

―Gracias por todo, papá.

―Cuídate mucho, princesa.

―¿Cuándo dejarás de decirme así?

―Jamás ―reímos de su afirmación mientras nos acercábamos al carro que renté para volver a la cuidad. Enfilé de nuevo por la adoquinada para salir del pueblo, pero a diferencia de la última vez, me sentía más tranquila. Cuando iba llegando a la intersección con la carretera principal, en el espejo retrovisor apareció un caballo blanco, justo como la última vez. Apolo me perseguía a galope, con Sergio llevando sus riendas. Frené a un lado de la carretera y bajé justo cuando llegaron a mi altura.

―¿Pasó algo malo? ―pregunté. El jinete se apeó de prisa y cogió mis mejillas desesperado.

―No quiero que te vayas, no puedo permitir que te alejes. No quiero dejarte ir otra vez. No me lo perdonaría. ―Y sin previo aviso me besó, arrasando consigo toda reticencia que pudiera tener. Las palabras de Romeo se colaron en mi mente, ese «vive» que me perseguía desde la última vez que lo vi y supe que, si tenía la gracia de tener una segunda oportunidad, quizás debía echar por la borda todos esos malos sentimientos y darle paso a lo que más importa. Respondí su beso, lo profundicé y entre sus brazos, decidí perdonar todo y mandarlo todo al olvido. Si yo tenía una segunda oportunidad, también se la iba a dar a él. No importaba como resultase, si salía bien, bienvenido fuera y si salía mal, ya tendría tiempo para reordenar y rehacer mi vida. Más me valía la certeza, que un… qué hubiera pasado si―. Perdóname, por todo.

―Solo si me prometes que vas a dejar de usar a Apolo para perseguirme.

―Deberíamos grabar una película.

―¿Persecuciones del caballo blanco?

―No, quizás suene mejor, persiguiendo a la princesa.

―Tonto.

―Princesa.

―Qué no me digas así.

―Sé que en el fondo te gusta, princesa. Mi princesa ―sentenció sonriendo y juntando su frente a la mía, susurró ―Te amo, Sara. Siempre te he amado.

―Y yo a ti.

―¿Qué vas a hacer con tu novio?

―¿Cuál? ―Rió entendiendo lo que quería decirle.

―Te adoro ―Y nos fundimos en un abrazo, que nos devolvió la vida.

Sergio y yo decidimos trasladarnos a la finca vecina de mi padre. Renuncié a la clínica y regresé a trabajar al hospital del pueblo. Construimos un par de establos y trasladé a Cielo y a Apolo a mi casa y como lo hacía antaño, mi vida se repartía entre el hospital y cuidar de mis dos amigos. Papá abandonó el club y se dedicó a enseñar a los niños en nuestra propiedad.

Sergio regresó a competir con Zack, un Warmblood holandés, color negro azabache, con quien se hizo acreedor a dos medallas olímpicas en Concurso Completo. No volvió a irse, siempre pasaba temporadas fuera para entrenar, pero cada semana viajaba a vernos a Apolo y a mí. Luego de la segunda olimpiada, decidió retirarse y dedicarse a entrenar a nuevos jinetes, en nuestro pueblo, en la escuela de mi padre. Sí de allí había salido un medallista olímpico, ¿por qué no podía haber otros? Regresamos juntos a casa, luego de una agitada temporada y decidimos que nunca más volveríamos a irnos de allí.

Y aquí estamos, paseando con Cielo y Apolo, mientras Alex, nuestro hijo, intenta hacer sus primeros saltos con Zack. Recorrí un largo camino, pero lo que nunca dudaré, es que el amor es una fuerza que traspasa los límites de la especie, que el amor es la fuerza universal que te hace crecer y mantenerte vivo. Y eso no me lo enseñó un humano, me lo enseñó un caballo llamado Romeo, a quien espero paciente poder volver a ver, algún día. «Hasta pronto, Romeo».

Fin


Inspirada en la canción White horse de Taylor Swift: https://www.youtube.com/watch?v=9-rKvhsjwKU

16. Mai 2021 20:16:50 2 Bericht Einbetten Follow einer Story
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Das Ende

Über den Autor

S.T. Moon (LunaNuevamcr) Escribir es la mi forma de exorcizar mi alma. Mi manera de sacar de adentro todos aquellos sentimientos escondidos, replegados y que necesitan salir, es la forma en que mi corazón habla a través de las líneas y le dan sentido a todo lo que vivo a diario, es mi amor escondido, mi escondite clandestino, el descanso de mi alma, la pasión de mi mente.

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P.R. Whitehallow P.R. Whitehallow
Me encantó, hermosa la historia y sus personajes. 😍🌟🌟🌟🌟🌟
May 19, 2021, 23:23

  • S.T. Moon (LunaNuevamcr) S.T. Moon (LunaNuevamcr)
    ¡Gracias por leerla! Me alegra mucho que te haya gustado, es una historia muy especial para mi. Un abrazo grande. May 20, 2021, 11:57
~