jose-segura-cortes1592448024 J. F. S. Cortés

El hallazgo de un extraño tótem muisca, llevará a John Calvert a perder la cordura y adquirir el poder de la vida eterna. El misterio detrás de aquel ídolo, deja muchas interrogantes a los demás implicados en el hallazgo.


Fantasy Dunkle Fantasie Alles öffentlich.

#295 #381
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......


Las palas sacaban tierra, en grandes cantidades; los trabajadores no descansaban desde hacía más de cuatro horas, con el sol calentando a más de 35 grados el ambiente. Se suponía que, en un par de meses, se erigiría el centro vacacional más importante de la zona de Cota, en Cundinamarca, a las afueras de Bogotá por el norte; no se esperaba semejante hallazgo en aquel lugar: una roca hueca, a unos 3 metros bajo el suelo, que resguardaba varios tesoros muiscas. La empresa de construcción reportó el hallazgo a las autoridades, aunque esperaban que ya no se pudiera construir sobre tal hallazgo, lo cierto es que las obras se detuvieron por 5 largos meses. Un grupo de arqueólogos llegó al lugar a terminar la excavación y verificar lo que contenía la enorme roca, entre ellos el doctor John Calvert: arqueólogo y antropólogo de profesión, de nacionalidad inglesa, bastante versado en el tema de las culturas precolombinas. Hablaba fluidamente el español, al igual que el inglés, su lengua nativa, y ha escrito innumerables libros sobre los incas, chibchas, muiscas, mayas, entre muchas otras culturas prehispánicas. Tenía más de 53 años de edad, pero se conservaba en excelente estado de salud, a pesar de sus terribles excesos y vicios que se ha costeado con sus estudios y descubrimientos, los cuales le dejaban una considerable suma de dinero. Ese día estaba ansioso, esperaba que los trabajadores terminaran la excavación lo antes posible, mientras permanecía sentado en una pequeña butaca, bajo la entrada de la carpa de estudio de la exploración, leyendo una revista sobre ciencia moderna. Colombia era uno de sus lugares favoritos en Latinoamérica para viajar y disfrutar; siempre amó este país por su comida y sus paisajes, además de su riqueza en cultura histórica. Sin embargo esperaba irse pronto a Irlanda, ya que por esa época estaba conquistando a una muchacha y no quería perder mucho tiempo en su trabajo para que otro se la lleve; era bastante mujeriego y promiscuo, aun lograba conquistas pasajeras importantes y placenteras. Pensaba en la joven que lo esperaba en Irlanda cuando uno de los trabajadores llamó:

– ¡OIGAN! ENCONTRÉ LA ENTRADA.

John apartó la vista de la revista con un sobresalto, como si lo alertaran de algún peligro; a lo lejos vio al trabajador agitando la mano, para señalar el lugar de encuentro. Carlos Duran, jefe de la excavación; Alejandra Reyes, arqueóloga y miembro activo de la sociedad de protección cultural; Alberto Puente, también arqueólogo y Ernesto Valencia, experto en excavaciones arqueológicas, salieron de la carpa rápidamente para revisar el hallazgo. John se levantó de su silla, sin ningún apuro, y se dirigió al lugar caminando parsimoniosamente; esperaba encontrar una que otra vasija precolombina y tal vez alguna pieza de oro, pero nada de lo que vería a continuación.

– Hemos logrado instalar la escalera de entrada, pueden proceder. – dijo el trabajador, sin quitarle la vista al estrecho agujero dentro de la roca.

– ¿Quién hará los honores esta vez? ¿Serás tú de nuevo John? – dijo Carlos mirando a sus compañeros de trabajo. John se acercaba despaciosamente al lugar, solo estaba a unos pasos de los demás. Apenas escuchó lo que dijo Carlos.

– ¡No! Esta vez pasen ustedes – respondió John –, me encargaré de lo demás cuando examinemos el contenido.

– Esta vez entraré junto a Ernesto – dijo Alberto, rápidamente, al escuchar la respuesta de John –, tenemos suficiente experiencia para esto. Después los llamaremos para que entren a ver el hallazgo.

– ¡Esta bien! Nosotros esperaremos aquí afuera – respondió Carlos. Con mucho cuidado, Alberto y Ernesto bajaron las escaleras de madera, alumbrando los escalones al bajar con la linterna de Ernesto; la luz de la entrada era insuficiente para iluminar el interior, apenas se veía el suelo bajo la escalera. Al llegar, los dos expertos constataron el hallazgo: un esqueleto de más de 900 años de antigüedad, que parecía reverenciar algo, junto a unas vasijas de barro con ofrendas en oro. Las vasijas se contaban por docenas, como si se tratase de algún personaje importante; Alberto supo con verlas que eran de origen muisca.

– ¡Bajen! Hay mucho que sacar de aquí – dijo Alberto en tono medio, aunque audible a la distancia de la entrada al agujero.

– Yo me quedo en la campaña, esperaré los objetos que saquen. – dijo Alejandra, retrocediendo de la entrada.

– ¿Tiene miedo doctora? – le pregunta John.

– Nunca me ha gustado entrar en esa clase de fosos, espero me disculpen en esta ocasión. – le responde un poco apenada.

– No se preocupe, no pasa nada, las momias no despertaran de su largo sueño para mortificarla. Además, no es un lugar peligroso; por lo menos no va explotar nada allá abajo – dijo tratando de calmarla –. Si quiere nos podemos ir a tomar algo después de la exploración, ¡yo invito! – Ella sonrió un poco y se retiró a la carpa a esperar. John tenía la esperanza de acostarse con ella, en algún momento de la excavación, como el don juan que siempre ha sido.

– ¡Vamos, John! Baja rápido, no tenemos todo el día – gritó Carlos desde adentro.

John se tomó su tiempo para bajar mientras los demás buscaban, con la luz de dos linternas brillantes que llevaron, todo el conjunto de piezas a desenterrar. El suelo era solido hasta ese punto: era como roca solida todo el suelo, con algunos pequeños pedruscos incrustados a lo largo de la pequeña caverna y rodeando las vasijas y el esqueleto. John observó todo el conjunto, como esperando sacar una conclusión rápida de lo que allí se encontraba: solo atinó a concluir que se trataba de algún ritual religioso, muy distinto de una tumba común de alguien importante en esa época.

– Era una cripta ceremonial – dijo escuetamente –, probablemente estaba oculta para alejar al pueblo. Tal vez solo los miembros más acaudalados tenían acceso a ella.

– O tal vez era algo más privado – dijo Ernesto –, solo veo un esqueleto.

– ¿Por qué no? Tal vez era una ofrenda a un dios, alguna deuda que pagar con los dioses por algún favor recibido – mientras hablaba, con paso cuidadoso, John se acercaba a la pared terrosa del fondo –. Aunque no he leído sobre algo como esto: el esqueleto se encuentra en una posición fetal, como de reverencia hacia un… – En ese momento, cuando John se recargó en la pared terrosa para contemplar mejor el hallazgo, cayó de espaldas hacia una pequeña estancia tras la pared. En su interior se encontraba una enorme loza, de forma circular, sin ninguna inscripción por los lados: encima de esta había una estatuilla, de no más de 4 centímetros de altura, de color opaco por la tierra que cubría el lugar. No se podía ver con claridad la forma de este, pero creyeron que tal vez era de oro.

– ¡Dios! ¿Qué ha ocurrido aquí? – dijo Alberto, apresurándose a levantar a John del suelo – ¿Acaso no debían revisar la estabilidad del lugar?

– Solo revisamos el suelo, las paredes estaban solidas a simple vista. – respondió Ernesto, un tanto preocupado.

– ¡Tranquilos! no pasó nada. Solo fue un tropezón – decía John al levantarse del suelo –. No es la primera vez que me pasa.

Carlos se dirigió a verificar las paredes del fondo para ver si no había más recamaras ocultas en la cueva: tardó unos minutos antes de dar el parte de tranquilidad a sus compañeros, ya que no querían llevarse sorpresas desagradables. John y Alberto empezaron a revisar la enorme loza de piedra maciza: no había marcas o escritos que descifrar a excepción de un mensaje alrededor de la estatuilla, en jeroglíficos semejantes a la escritura sumeria. John pudo traducir de esos glifos una simple frase: “Más allá de la muerte, nos espera la vida y con ella el retorno”. Ninguno comprendió el mensaje, ni a qué se refería, hasta el momento en que tomaron la figura y le quitaron la tierra de encima, con la brocha. Se pudo ver que era de un color verdoso, casi como el jade, pero parecía estar hecha de algún tipo de esmeralda o semejante, por su contextura casi vidriosa; parecía ser un tótem, muy distinto de los tunjos que se encuentran en estos hallazgos a manera de ofrenda. Tal vez algún tipo de dios antiguo al que adoraban, pero del cual no hay registro hasta el momento.

– Tal vez sí era una tumba – dijo en voz baja Ernesto –, el color de esa cosa indica que era parte del más allá.

– Habrá que estudiarlo mejor. – replicó John, mientras detallaba a simple vista la figura. Los muiscas tenían por costumbre asociar las esmeraldas con el inframundo, lo cual les daba la idea que era algún tipo de ofrenda a los muertos, pero el tallado de la pieza distaba de otras conocidas: sus ojos eran ovalados, semejantes a los de un insecto, pero claros; tenia colmillos en toda la boca y un par de pequeños cuernos sobre su cabeza, parecía un demonio. El resto del cuerpo se asemejaba a un tótem, con sus brazos y piernas juntos, además de parecer seccionado a lo largo de su cuerpo. John se lo llevó para estudiarlo, mientras los demás sacaban las vasijas del lugar para llevarlos a la tienda de campaña y, posteriormente, estudiarlos. La estatuilla parecía haber hipnotizado a John tan profundamente, que se olvidó de todo lo demás relacionado con la excavación: no paraba de consultar los libros sobre historia arqueológica, buscando patrones similares a lo que tenía en sus manos, pero no encontró nada semejante. Fue tanta la obsesión que le despertó, que John no se separó de la figura en ningún momento, ni siquiera para ir a comer o descansar; todo su mundo, ahora, giraba en torno a la estatuilla. Siempre ha sido despierto e inteligente para estudiar culturas antiguas sin que estas le quitaran el sueño (por lo menos no desde su época como estudiante de antropología), pero en esta ocasión las cosas cambiaron drásticamente: perdió la concentración en lo que hacía y casi nunca prestaba atención a lo que le decían. Cada mañana despertaba con extraños pensamientos en su mente: sueños de la noche anterior, en donde veía como se sacrificaba a una persona, muisca, cortándole la cabeza y abriéndole el tórax por completo, mientras esta sostenía la estatuilla; luego de esto, los verdugos le daban la espalda, alzando sus brazos hacia el cielo y repitiendo unas extrañas oraciones. John no podía ver que ocurría con el cadáver mientras oraban, pero al voltear a ver el cuerpo de la víctima, esta se encontraba de una sola pieza alabando al cielo, y luego besaba la estatuilla con fervoroso respeto. John habló sobre ese sueño recurrente, como parte de su teoría sobre el origen de esta estatuilla a los demás expertos de la excavación, como usualmente se hacía: en la tienda de campaña de la excavación, pero fue rechazado tajantemente.

– No es posible que hayan usado la estatua para sacrificios – decía Carlos –, no era propio de estas culturas hacer tales cosas, simplemente, me niego a creer tal cosa.

– Entonces, ¿por qué la posición del esqueleto que encontramos? – contestó John, calmadamente, mientras se reclinaba sobre la silla – Es obvio que hubo alguna conexión entre los muiscas y las tribus de más al norte.

– ¿Y si algún elemento de estas tribus llegó a estas tierras? Cabe la posibilidad de ello doctor Duran. Tal vez esta sea una de las pruebas de ello. – intervino Alberto, intentando explicar el asunto.

– ¡Puede ser! Pero las pruebas nos indican que es un entierro muisca, no maya u otras tribus. Además John no ha dado explicación exacta sobre la estatuilla, ni siquiera ha elaborado un reporte de esta; hace varios días se comprometió a ello, ¿qué ocurre doctor Calvert?

– Bueno, yo… tengo algunas dudas que estoy estudiando. No quiero sacar una conclusión apresurada. – Pero la verdad era que John no estaba concentrado en su trabajo de explicar el origen de la estatuilla, de manera académica, solo se limitaba a pasar el tiempo observándola durante varias horas al día. Ni siquiera recordaba el hecho de hacer un informe para la academia sobre el hallazgo: parecía no interesarle nada de eso, ya no sentía preocupación alguna sobre lo que pensara la academia de él y su comportamiento. Al terminar la reunión, John salió a caminar cerca de la excavación, llevando la estatuilla en su mano; se mantenía con la mirada perdida en sus pensamientos, concentrado en aquella frase de la loza de piedra: “Más allá de la muerte, nos espera la vida y con ella el retorno”. Sin darse cuenta de nada a su alrededor, John tropezó cerca de los enormes tubos que tenía la constructora para el acueducto del centro vacacional, lo que hizo que cayera torpemente al suelo. Este rodó al caer, acercándose a un agujero hecho para la construcción de los sótanos, que tenía 7 metros de profundidad; John cayó al agujero y en su caída hubo varios andamios que se precipitaron dentro. Su muerte fue fulminante, ni siquiera le dio tiempo de reaccionar. Duraron varias horas en sacar el cuerpo de allí; los demás expertos quedaron anonadados por tan trágico final de una mente tan prodigiosa, no sabían qué hacer. Carlos y Ernesto recordaron que él llevaba consigo la estatuilla, esperaban que no se perdiera en la profundidad de los escombros o se hubiere roto. Sin embargo no encontraron la estatuilla por ningún lado: incluso el cadáver no presentaba indicios de haberla llevado, salvo unas marcas de color verdoso en la piel de la palma de su mano derecha. Después de una larga noche en la morgue más cercana, en la ciudad de Bogotá, el cadáver de John Calvert desapareció; el misterio de su paradero no se supo hasta dos días después, cuando un vigilante de un edificio cercano a la morgue reportó a un vagabundo merodeando cerca del lugar. Parecía estar perdido y buscando algo, a lo que la policía, eventualmente en su reporte, dijo que se podría deber al consumo de sustancias psicotrópicas. Cuando lo confrontaron los dos oficiales de policía que capturaron al vagabundo, se dieron cuenta que estaba desnudo, cubriéndose solo con una sábana de color verde claro; llevaba en su mano la estatuilla encontrada en la excavación muisca de Cota, que no soltaba para nada y que se la tuvieron que quitar por la fuerza. Al llevarlo a la estación de policía para su identificación, se llevaron la sorpresa de que se trataba del doctor John Calvert, muerto hacía pocos días. El doctor Carlos Duran fue a la estación de policía para su identificación, mientras le hacían a John el chequeo médico forense. Al llegar, se entrevistó con el teniente Salazar en su oficina, que esperaba interrogar a Carlos sobre el encuentro de John:

– ¡No sabemos qué le pasó! Lo único que sabemos es que legalmente está muerto. Nosotros vimos su cadáver en la construcción.

– ¿Acaso no se trató de otra persona? – preguntó Salazar seriamente – Tal vez se pudieron equivocar y se trató de un trabajador del lugar.

– ¡Teniente, es imposible! Yo personalmente reconocí su cuerpo, su vestimenta no la podía usar un trabajador de la construcción. – respondió exaltado Carlos.

– Entonces, ¿cómo explica usted que se encuentra vivo?

– Deberían interrogarlo, ¿no es así?

– Lo hicimos, pero solo balbuceaba: no pudimos sacarle media palabra de lo que le ocurrió. Esperemos que se recupere de lo que le ocurrió, ya que no ha podido articular palabra alguna que podamos entender. Además le encontramos esto en su poder – el teniente sacó del cajón superior de su escritorio la estatuilla que llevaba John consigo y se la entregó a Carlos –. Doctor, ¿reconoce esto?

– No es posible… – respondió perplejo al ver la figura – nosotros estuvimos buscando esa estatuilla en el lugar del accidente; ni siquiera se la encontraron al cadáver. La verdad creí que no la volveríamos a ver: es una pieza valiosa para nuestra investigación. Imagino que podré llevármela para su estudio, ¿no es así?

– Creo que puede llevársela, ya que les pertenece a ustedes. En cuanto al doctor Calvert, se quedará en investigación médica. Dígame doctor Duran: ¿el comportamiento del doctor Calvert en su trabajo…? Es decir… ¿antes había tomado algo sin permiso?

– ¿Está tratando de decir que el doctor trató de robar esta pieza?

– No es obvio. Esa cosa parece ser de hecha de esmeralda pura, y una muy grande para su tamaño: tal vez creó todo esto de hacerse pasar por muerto para hurtar la joya. Quizá tenga un comprador extranjero o algo así.

– Conozco al doctor Calvert desde hace 10 años y sé que no necesita hacer ese tipo de cosas, es más él es bastante acaudalado y financió, en parte, la excavación. Lo mejor que puedo hacer es verlo y preguntarle qué pasó.

El teniente condujo a Carlos, por un largo pasillo de la instalación, hasta la habitación donde estaba John: se encontraba sedado en ese momento y tardaría en despertar. Carlos estaba impaciente por hablar con John y esperó más de 2 horas a que despertara, sentado en una silla del pasillo, cerca de la puerta de la habitación. Cuando despertó, empezó a convulsionar descontroladamente y los médicos a cargo tuvieron que llevarlo de urgencia al hospital más cercano; la espera de Carlos fue en vano, salió desconcertado y cansado de tanto esperar. Decidió ir a la biblioteca de la universidad estatal con la estatuilla, luego de comer algo ligero, esperaba a la doctora Reyes para comentarle lo sucedido. Tenía en mente varias preguntas que no lograba contestar: ¿cómo sobrevivió a la caída? ¿Por qué llevaba la estatuilla si no le habían encontrado ésta en su poder o en el lugar donde, aparentemente, falleció? Mientras daba un repaso a estas interrogantes en su mente, sentado en una de las mesas más amplias de la biblioteca, apareció Alejandra Reyes, cargando varios libros de historia.

– Discúlpame por llegar tarde, el tráfico en esta ciudad es imposible. Cuéntame, ¿qué supiste del doctor Calvert? – Carlos permanecía meditabundo antes de contestarle a Alejandra: dudaba de la historia que tenía para contarle.

– ¡Hola!, solo esperaba a que llegaras; la verdad no sé cómo contarte todo esto.

– ¿Qué ocurre? Empiezas a asustarme.

– En resumidas cuentas: John Calvert está vivo, no murió en aquel accidente. Además, llevaba el pequeño tótem con él; no sé cómo lo ocultó, pero no lo hallaron ni siquiera los forenses ese día. – Alejandra estaba desconcertada con lo que escuchaba: no esperaba que Carlos le contara tal cosa. De hecho, estaba segura que los forenses hallaron algo más en el accidente de John: un homicidio.

– Nnnno…no es posible – respondió un tanto aterrada –, nosotros vimos el cadáver… ¿cómo que está vivo?

– Yo tampoco lo podía creer, pero está vivo y de una sola pieza. Lo vi personalmente, mientras estaba sedado. No tenía marcas de golpes o rastro de heridas… no sé qué pensar de todo esto. Lo más extraño es que, los oficiales encargados del caso, temen que pudo fingir su muerte para hurtar el tótem, lo cual es bastante descabellado. Él aportó a la excavación varios millones; no quiero creer que está envuelto en alguna banda de maleantes o traficantes de antigüedades históricas.

– No, esto debe ser una broma… – Alejandra no podía creer tales cosas, debido a la cercanía de John con la excavación. Sin embargo, sabía que podía darse la posibilidad de una compra de bienes históricos patrimoniales del país; para eso estaba ella en la excavación: para vigilar que los hallazgos terminaran en museos o en manos de catedráticos expertos. Mientras trataba de darse la idea de algún presunto robo, Alejandra volvió su mirada a los libros que traía, recordando lo que encontró en la mañana.

– Hay algo más, con respecto a la estatuilla o tótem: encontré un artículo que habla sobre una leyenda, similar a las calaveras de cristal, ¿lo recuerdas? – Carlos asintió levemente, entendía muy bien el enigma de las calaveras de cristal y su posible uso, aun sin descubrir – Se dice que un ídolo, tal vez un dios o algo de las culturas mesopotámicas y sumerias, prometió la vida eterna a la humanidad. Pero él nunca cumplió con lo prometido, se limitó a recorrer las estrellas, danzando eternamente. Sin embargo un héroe, un habitante de uno de estos pueblos, lo maldijo al perder a su familia; aquel ser volvió a la tierra y tras enfrentarse al héroe, en una competencia, perdió su poder divino y los dioses lo castigaron eternamente a ser esclavo de los hombres.

– Es una historia interesante, muchas culturas tienen héroes por el estilo, como hércules en la antigua Grecia. – dijo Carlos, aun meditabundo pero atento a lo que le estaba contando Alejandra.

– Sí, pero lo interesante de la historia dice que este dios quedó inmóvil por siempre, como una estatua. Y que cada persona, que esté bajo posesión de este, tendrá el poder de la vida eterna.

– Así que esta estatuilla puede ser el dios de la vida eterna, ¿no es verdad? Creo que esa historia no tiene mucha similitud con lo que encontramos.

– En apariencia, no – respondió Alejandra, esbozando una sonrisita –, pero lo interesante son las características que dan de aquella estatua: se cuenta que es de color verdoso y que muchas culturas antiguas lo compartían, cada cierto número de años, no está muy claro ese punto. Lo ofrendaban con las más exquisitas joyas y otras culturas con sangre de una víctima. ¿Recuerdas que habíamos estado revisando la teoría de la conexión entre las culturas antiguas? Esto debería probarlo definitivamente.

Carlos miraba al fondo de la biblioteca, tratando de conectar la historia que le estaba contando Alejandra y el caso de John Calvert; no veía mucha cercanía entre las historias, a excepción del característico color verdoso de la estatuilla. Sin pensar en nada, como si de un reflejo se tratara, Carlos lanza una pregunta al aire:

– ¿Ese dios tenía un nombre o solo era un ser cósmico desconocido?

– Déjame ver… – Alejandra abrió el libro que traía encima de los otros, buscaba rápidamente una de las páginas que marcó como señal – es… se llamaba… ¡Totmet!

De pronto, con un cielo que empezaba a oscurecer, sonó un relámpago que iluminó la biblioteca; el sonido fue ensordecedor, incluso se rompió un vaso de cristal, cercano a la mesa donde se encontraban. Parecía que la noche llegó rápidamente y oscureció la biblioteca, mientras los encargados encendían las luces en el lugar.

– Creo que se acerca una fuerte tormenta – dijo Alejandra observando el cielo a través de la ventana más cercana a la mesa–, es mejor que nos quedemos aquí un buen tiempo si no queremos mojarnos.

– Es mejor trabajar en la biblioteca: no tengo agendada otra cita por el día de hoy.

Los rayos azotaban el cielo una y otra vez sobre la biblioteca: era una tormenta eléctrica, según afirmaban algunos meteorólogos, posteriormente, que se extendía a lo largo de la ciudad. Hacia las 4:30 de la tarde, una fuerte lluvia comenzó a inundar las calles de Bogotá; parecería que el invierno llegó con bastante fuerza, y no era de extrañar dado que el clima en esta zona geográfica es muy frío y lluvioso. Lo extraño de aquella tormenta, era que parecía no tener fin y se prolongó por más de 4 horas, con fuertes relámpagos y truenos sonoros; la biblioteca alcanzó a inundarse en algunas zonas, afortunadamente sin daños considerables para el edificio o los libros que guardaba, hasta ese momento. A eso de las 3:30, Alejandra y Carlos buscaban respuestas en varios libros sobre Totmet, leían toda clase de documentos relacionados a mitologías y leyendas antiguas, sin embargo no encontraron nada relacionado a ese nombre. En ese momento, las luces de la biblioteca se apagaron y todo quedó cubierto en tinieblas, apenas se podía distinguir el entorno; ni siquiera se podía leer un libro, ya que el edificio era bastante cerrado y con poca iluminación. La mayoría de los visitantes que se encontraban en la biblioteca a esa hora, dejaron sus libros y trataron de salir de esta, pero la copiosa lluvia se los impedía; Alejandra pensó en salir por un instante de aquel salón, pero decidió quedarse a buscar un poco más en otros tomos de arqueología. Esperaba que el apagón fuera cosa de unos pocos minutos, pero estos empezaron a hacerse cada vez más largos, y la energía eléctrica no regresaba; trató de hacer conversación con Carlos, por lo menos para sacar conclusiones de lo que encontraron en los libros.

– Ese nombre no existe – comentó Alejandra, alzando un poco la voz por el sonido de los relámpagos –. No hay nada en los libros de mitología o arqueología que conecte con esa entidad, ni siquiera se hace referencia a la historia que encontré.

– Yo tampoco encontré nada al respecto. Tal vez no hay información suficiente de esa historia, ¿de dónde sacaste la historia?

– Lo encontré en… – sonaron unos cristales de forma estruendosa, como si hubieran roto una de las ventanas de la biblioteca, pero todo parecía estar en orden. Carlos notó que no había nadie más en esa ala de la biblioteca: estaba vacía, a excepción de ellos dos. Alejandra se sobresaltó por el sonido y no quiso continuar la charla, sintió miedo en esa oscuridad que se le hizo profunda e interminable, como en una cueva a las que tanto temía; se le hizo eterno el silencio que prosiguió aquel estruendo.

– Tal vez alguien dejó abierta, imprudentemente, la ventana del fondo y el viento la empujó. Esta tormenta atrajo fuertes vientos. – dijo Carlos, levantándose de su asiento lentamente y buscando en la oscuridad. Alejandra notó, debajo de la mesa, un leve resplandor verdoso que iluminaba el suelo tenuemente; parecía que emergía cierta bruma del suelo. Se asomó para ver qué era lo que estaba produciendo esa luz, pensó que se debía a alguna luz de emergencia de la biblioteca, pero nada más lejos de la realidad: era el morral de Carlos, que dejó en el suelo y producía aquel brillo tan extraño.

– ¿Tienes una linterna? – preguntó, con cierto alivio, Alejandra.

– Ni siquiera vine preparado para exploración, hoy no traje mi linterna. – Carlos también se percató del brillo de su morral y lo tomó rápidamente, colocándolo bruscamente sobre la mesa; los rayos iluminaban, fugazmente, las pocas ventanas que estaban cerca de su mesa y un fuerte sonido los precedía. Al abrir el morral, vio como el tótem brillaba de un color verdoso, casi enfermizo, que se intensificaba poco a poco mientras lo ponía sobre la mesa.

– Esta cosa no brillaba así dentro de la cueva, ¿qué diablos está pasando?

– Pensé que era una… – Alejandra se detuvo al sentir unos pasos cerca de su silla: pasos de pies descalzos, que se acercaban con cautela. Pensó que tal vez era algún encargado de la biblioteca, que les pediría que salieran de la misma, pero era alguien más que venía a buscar problemas. Carlos vio una sombra, en la oscuridad, que se movía rápidamente alrededor de la mesa y luego saltó sobre esta, haciendo bastante ruido y asustándolos a los dos; la sombra tomó al tótem y lo levantó diciendo:

“He aquí tu sirviente eterno, señor mío, dame la fuerza para sobrevivir mil muertes más. ¡Te lo imploro, mi señor Totmet!”

Los relámpagos alumbraban la sala con mayor intensidad y una onda, fría e intensa, de viento consumió el lugar entero. Tanto Carlos como Alejandra no pudieron identificar quien era aquel intruso, tan solo podían ver su silueta, apenas iluminada por los relámpagos. Parecía ser un hombre de aspecto descuidado, como un vagabundo y casi desnudo, alzando aquel ídolo hacia el cielo. Carlos que estaba frente a él lo reconoció, brevemente: era el doctor Calvert, hipnotizado por el brillo del ídolo.

– ¿John? ¿Eres tú, John?

– ¿Cómo? ¿Acaso es el doctor Calvert? – preguntó Alejandra, sorprendida por lo que veía.

– ¡AQUÍ ESTÁ! Y ME HA ELEGIDO A MÍ – gritaba jubiloso John Calvert, sin quitarle la vista al brillo que emanaba del tótem –. MI SEÑOR CONCEDEME LA VIDA ETERNA SIEMPRE, ¡SIEMPRE!

Los otros dos veían aterrados la extraña escena: John Calvert ha enloquecido y solo le interesa tener la vida eterna de aquel ídolo desconocido y, al parecer, a cualquier costo. Carlos subió a la mesa lo más rápido que pudo para quitarle el tótem y reducir a John, con la esperanza de llevarlo a un sanatorio mental; pero John no permitió tal cosa y luchó con todas sus fuerzas para impedir que Carlos se la quitara de las manos. Alejandra no se quedó inmóvil, a pesar del miedo que sentía en ese momento, tomó la silla que tenía al frente y se dispuso a golpear a John; no era algo que le agradara hacer, pero era necesario quitarle el ídolo y dejarlo a merced de un médico psiquiatra.

– ¡SERES INDIGNOS! NO PODRAN… CON EL PODER DE MI SEÑOR – decía John forcejeando con Carlos por la estatuilla –, MI SEÑOR… ES TO… – de pronto, sintió un fuerte golpe en la espalda que lo hizo perder el equilibrio y caer de la mesa al suelo, junto con Carlos que forcejeaba también. Alejandra logró derribar al demente de un solo golpe, dañando parte de la silla, pero al caer John gritó con más fuerza:

– ¡¡¡UN TRIBUTO A TU PODER!!! – La sala fue golpeada por varios rayos que el tótem lanzó, como si se tratara de un generador de energía eléctrica de gran potencia, y comenzó a incendiarse la biblioteca. Dos de aquellos rayos impactaron al mismo tiempo a Carlos y Alejandra reduciéndolos a cenizas, mientras que a John lo golpeó con fuerza y lo arrojó a un par de metros de su lugar. El tótem desapareció en el acto. Cuando los bomberos llegaron a apagar el incendio, todo el edificio se derrumbaba en llamas, ni siquiera pudieron entrar a ver si hubo víctimas; tardó 3 horas el apagar el fuego, a pesar de que la fuerte lluvia ayudaba un poco a mitigar las llamas. No hubo víctimas a parte de los 3 desaparecidos, que se les consideraba muertos en ese momento; solo se hallaron sus pertenencias quemadas, sin mayor pista de su paradero, excepto un rastro de escombros que parecía haber sido removido desde dentro. Los dos investigadores de la excavación que restaban, Alberto Puente y Ernesto Valencia, se encargaron de cerrar la investigación del hallazgo concluyendo su estudio en un simple encuentro de vasijas antiguas y un esqueleto muisca. Con respecto al tótem, no mencionaron nada en su informe a la academia, y prefirieron callarlo todo con discreción por la muerte de los demás elementos del equipo de excavación. Después de 3 meses de ocurrido el incidente, se reportaron varios fenómenos de orden eléctrico en la cima del Cerro Negro de Mayasquer, ubicado en la frontera entre Colombia y Ecuador, donde John Calvert invocaba a su amo y señor Totmet. Pero él vagaba solo en aquel monte, ni siquiera lo veían los nativos del lugar, esperando que la vida eterna lo cubra por siempre; su mente y recuerdos ya no existen, ahora la locura rige su eterna vida.

FIN

31. März 2021 01:55:13 0 Bericht Einbetten Follow einer Story
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Das Ende

Über den Autor

J. F. S. Cortés Escritor en construcción. Amo las historias de terror y ciencia ficción, ademas de las ideas que formen nuevos paradigmas literarios. Espero crear una gran franquicia literaria, aunque sé que me llevará tiempo.

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