seulrn Nelba Jiménez

Miriam encuentra a dos hombres completamente diferentes para divertirse, pero no cuenta que se enamora de uno de ellos. ------- Obra escrita en coautoria de Mario Rincón. Solo para mayores de 18 años. Contenido sexual explícito.


Erotik Nur für über 18-Jährige. © Derechos reservados

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Introducción

Tomo el pincel, levanto el martillo y comienzo a golpear. El proceso de construir te tiene que hacer sentir algo y en ese proceso de creación y nacimiento debes tener la facultad para poder transmitir. La gente, si acaso quisiera, podría encontrar una mejor manera de hablarse a través de los objetos inanimados (erróneamente llamados así). Tomarían con mayor facilidad un pedazo de papel, cera, chocolate, carbón, diamante o cualquier cosa que quisieran; podrían transmitir en ella sus miedos, terrores y sentimientos. Durante muchos años de mi infancia la gente se dedicó a mirarme con odio y miedo. No lo decían, pero lo transmitían; sonreían, sin embargo, detrás de esas caras fingidas podía sentir su asco contenido. Fue un "médico" quien les dijo a mis padres que era un chico retraído, que no me sabía expresar, mas siempre creí que eran ellos quienes no sabían escuchar. Después crecí y me di cuenta de que la gente prefería vivir en el barbullo de decir mucho sin transmitir nada, fue en esos años donde descubrí también un gran cumulo de hombres y mujeres que gritaban desde sus obras. Muchos de ellos habían sido tachados de extraños y locos. Pero cada uno habían marcado en su estilo, escritura, música y trazo su propia esencia. Después llegaron los imitadores, el resto de gente que buscaba repetir el éxito de los primeros, esas personas (que eran la mayoría) no transmitían, simplemente repetían y estancaban el arte en más de lo mismo, hasta cansar la fórmula y atosigar el talento que los primeros nos habían dado. Mientras esculpo la piedra siento el estómago contraído como si tuviera asco, suele ser diferente, no siempre siento lo mismo y no siempre obtengo los mismos resultados, en ocasiones la cabeza me martillea como lo hago con cada golpe, en otras ocasiones siento los pies ardientes y los dedos fríos mientras continúo con mi trabajo. En esta ocasión el estómago es la víctima de la construcción que tengo por encargo, el precio no será barato, he aprendido que mi pasión tiene un costo, el dinero no me importa, para buena fortuna tengo un buen manojo de billetes fruto de que alguien ha querido pagar mi talento, pero si aún no lo tuviera, tallaría un ladrillo o pintaría escupiendo sobre la tierra. Lo sé porque he venido de ahí y lo he hecho sin problema alguno. Esas son mis esculturas. Mis creaciones. Les llamaría amigas, aunque esos términos me resultan demasiado momentáneos para mí. Conforme pasan los minutos y horas siento el desgaste. No es un cansancio que venga solamente del esfuerzo físico, sino que también me vacío del alma. Un día cuando yo muera esa escultura hablará por mí, algunas de ellas durarán décadas y otras lo harán por centurias, así que bien vale el esfuerzo. Me alejo un poco, miro la cintura gruesa de lo que será un hombre obeso y me acerco de nuevo, es un vals, un baile, una danza entre lo hermoso de lo grotesco. Prefiero, como la mayoría de la gente, las curvas estilizadas y las palabras bellas y adornadas, pero es innegable que esta vez me siento con la necesidad de vomitar lo que siento dentro y descargo ese sentimiento en mi obra. Eso es a lo que yo llamo "dividere" palabra italiana y fácilmente predecible para el término dividirse. Es causar un sentimiento sobre aquel que lo vea. En el caso de la escritura, quien lo escuche. En el caso de la cocina, quien lo pruebe. En el caso de la escultura, quien lo sienta. Los sentimientos en el arte no se causan, se transmiten, el escritor no podrá mover la fibra del corazón si no siente el suyo arder. No importa que tan brillantes o rimbombantes sean sus palabras, si al momento de tomar su lápiz o su computadora no sentía que la vida misma le quemaba, entonces a quien lo lea no transmitirá nada. Una obra no trasfiere sino fue concebida en el fuego y el deseo de su creador, sea esta cual fuere. Más tiempo ha pasado, no sé cuántas horas han sido pero los brazos ya han emergido del cincel. Unos pasos atrás y contemplo mi "dividere", es un hombre que se arrastra afuera del mar, he logrado sacar olas del granito después de haber frotado con lija las zonas que debían ser redondeadas. Y aunque las olas son fluidas, el agua no cae de la piel del hombre con sencillez, en su lugar se generan unos hilos como si este hubiera estado revolcado en lodo, su mano izquierda esta alzada con pesadez y en sus ojos se mira terror mezclada con odio. En sus cejas se adivina el llanto, el hombre quiere salir y no puede, o quizá el mar no se lo permite. Lo que me recuerda al televisor que compré por recomendación de Obed, un amigo, yo pensaba que aquello transmitido para las masas era una porquería de color grisácea para alimentar a la gente descerebrada. Música sin alma, imágenes sin espíritu, programas de televisión que sobreviven sexualizando mujeres en minifalda. Mi crítica nunca fue hacía la vestimenta, sino a que estás solo sonreían y se veían obligadas a dar los chismes o el clima. Y no eran felices ahí, se podía sentir; o para explicarlo mejor NO PODÍA SENTIR NADA. En esas mujeres no había pasión ni vida ni nada. Obed nunca me convenció de lo contrario, pero en su lugar me convenció de que era un mal necesario, que el blanco viene con el negro, que el mal con el bien, que ambos colores convivían en el mismo vaso, como agua y aceite, donde la superioridad de uno dependía de la inferioridad del otro. Y le creí porque simplemente él lo creía y gente como él transmitía vida. Fue así como no solo admiré a Beethoven, Dante, Miguel Ángel. Sino también a los desconocidos Amigoni, Amiet, Amberger e incluso a los comediantes, a los que informaban el clima, a los repartidores a todos aquellos que cumplieran un solo requisito: que sus acciones tuvieran por supuesto "dividere". Termino por fin de esculpir por completo, detrás del hombre surgen dos manos que lo arrastran hacia el mar. Una de esas manos, la izquierda, tiene exactamente la misma posición que la mano del hombre, es un detalle que dudo que la gente note, demasiado sutil para la mayoría de las personas. Sin embargo, aunque no lo perciban podrán sentirlo, esa impresión de que algo escapa a sus ojos. Afuera se oye completo silencio, miro mi reloj y veo que son las cuatro de la madrugada, tengo hambre y sueño, pero optaré por la segunda esperando seguir aquí mañana.

5. Dezember 2020 23:06:48 0 Bericht Einbetten Follow einer Story
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