naiara_dg Naiara Domínguez

Greta es una veinteañera que dejó su casa en un pequeño pueblo pesquero de la costa de Almería en busca de su gran sueño en la capital. Acompañada por Rosi, una de sus primas, decide dejar su monótona vida entre pescadores y pescados, y emprende su viaje a Madrid para estudiar en la universidad. Greta es una amante de la literatura. Ha crecido con cientos de libros entre manos, y desde muy niña escribe en una libreta algunas historias a las que empieza a dar forma. A pesar de que sus padres, obstinados en que su hija estudie ingeniería de explotaciones agropecuarias para regresar al pueblo y ayudar a los pescadores, le han dado el dinero, en el momento de la matriculación la chica es incapaz de obedecer a sus progenitores, y decide que debe seguir lo que su corazón le pide, y matricularse en el grado de estudios literarios para convertirse en lo que siempre ha soñado. Cuando Greta acaba la carrera, y se ve forzada a regresar al pueblo, tras sus apasionantes prácticas en Luna (la mejor editorial del país) decide volver a engañar a sus padres. Esta vez alega que, con un máster en gestión de recursos pesqueros, podrá atender mejor las demandas del pueblo. Así ella puede aceptar la oferta de la editorial de seguir trabajando como becaria, y sus padres no tienen motivo para regresarla a Almería. Pero por si Greta no estuviera bastante atrapada en ese ovillo de mentiras, llega su nuevo jefe, el italiano más guapo que ha visto en su vida: Bruno Milani. Y los líos seguirán aprisionando a la pobre muchacha, y su vida volverá a ponerse patas arriba.


Romantik Chick-lit Nicht für Kinder unter 13 Jahren.
5 KAPITEL Interaktive Geschichte
17
539 ABRUFE
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1

Los pajarillos cantan, amanece un sol radiante frente a la ventana de mi lujoso apartamento de la La milla de oro de Madrid, son las once de la mañana y huele a esponjosas tortitas con Nutella y a café. Creo que ya es hora de levantarse, Greta.

Si, es hora. Dejemos a un lado el postureo porque voy tarde. Me levanto de un salto de mi escuchimizada habitación de un piso de cuarenta metros en el centro de Madrid. Si, eso si es cierto. Y escucho, como todas las mañanas desde hace casi cinco años, la voz de Alejandro Sanz. Si, eso también es cierto. Tanto como que mi compañera de piso es casi la presidenta de su club de fans.

— La alarma no sonó— murmura mi prima Rosi sosteniendo una de esas tazas con mensaje que solo sirve para subir una foto a Instagram y filosofar un rato con tus seguidores.

— Estaba soñando con Andrés, no quería interrupciones— me defiendo sirviéndome la leche.

— Ayer llamó tu madre para decirte que tu padre llegó sano y salvo. Fuí a buscarte pero estabas más allá que acá.

— Ah, menos mal, luego la llamaré. Es que ayer tuve un día bastante intenso en Luna. Resulta que hoy viene un escritor Francés de novela histórica y estaba toda la editorial tratando de aparentar que siempre hay té, café y tarta de manzana recién hecha en los despachos. Que alguien se encarga de extender la alfombra roja todos los días y que no hay más trabajo allí que esperar en vilo sus próximos manuscritos.

Rosi se rie y da el último sorbo a su taza. La aclara, escurre el agua con un ligero traqueteo y la deja en el escurridor. Y cada mañana lo mismo. Estoy acostumbrada a sus manías, rutinas y hábitos. Desde que decidimos mudarnos juntas a Madrid para que nuestras vidas dejaran de ser un “Bah” a la pregunta “Qué tal te ha ido el día?” -aunque a veces, lo siga siendo-, que vivimos juntas. Rosi, o Rosalía -como la registraron sus padres- es hija del hermano de mi padre, así que entiende igual que yo lo que significa ser hija de un pescador. Y no es que reniegue de ello, me queje o me avergüence, simplemente lo digo, aunque lo cierto es que toda la gente en Burjulú -mi pueblo- se dedica a lo mismo. Primero porque la Aldea es pequeña y allí casi todo el mundo es familiar de su vecino, y segundo porque la única actividad que da vida y trabajo al pueblo es la pesca.

Y a mí, de pequeña, me fascinaba todo aquello. Imaginaros; una niña pequeña trasteando todo el día entre redes, bichitos indescifrables y animales. Fantaseaba con la idea de que era la capitana del barco de papá, y que algún pirata -como en las novelas de Emilio Salgari- se atrevía a desafiarme. Cuando crecí cambié el barco por el faro, y me pasaba largas tardes sentada en aquel hermoso rincón deleitándome con alguno de los libros que tomaba prestados en la biblioteca mientras esperaba paciente a que llegara mi padre. Pero el tiempo fue pasando y acabé por entender que mi vida no tenía por qué ser la misma que la de mis bisabuelos, abuelos y padres. Yo quería descubrir que había más allá del mar, de la carretera, del pueblo de al lado e incluso de Almería. Había leído tantas historias en las centenares de novelas que habían pasado por mis manos que sentía el deseo de vivir una historia tan apasionante como las que se contaban allí, aunque sabía que para eso tenía que lanzarme a la aventura, como las protagonistas de esas grandes historias.

Pero por aquél entonces no comprendía que vivir mis sueños chocaba totalmente con lo que tanto mis padres como el destino de aquél pueblo tenían preparado para mí. Y aunque al principio me resigné y me subí a aquél autobús azul que me llevaba a la que Rosi llamaba “la ciudad de los sueños”, me di cuenta que el verdadero camino hacia la mujer en la que quería convertirme, empezaba por tomar mis propias decisiones, aunque ello supusiera desacatar las teorías de mis padres. Y es que des del instante en el que puse un pie en Madrid, todo se convirtió en una carrera de obstáculos y de caminos de doble sentido en los que tenía que elegir entre mamá y papá, o entre la pizza y el chocolate todo el tiempo. Y eso es una gran… faena. Pero aquí estoy, sobreviviendo. Y si no dejo de teorizar, al final llegaré tarde al trabajo.

Me asomo a la ventana porque últimamente ni Roberto Brasero da una con el tiempo. Las gotas de lluvia se deslizan por el cristal y me quedo un rato observando como los transeúntes corren de un lado a otro para no mojarse. Oiga, pero es que todo el mundo sale de casa a las cinco de la mañana y empieza a llover poco después, ¿o es que a nadie se le ocurre mirar por la ventana? Bueno, ¿Y qué más dará? Llueve, y a mí los días de lluvia me encantan.

Me enfundo en los primeros vaqueros limpios que encuentro en esa silla que todos tenemos en nuestros cuartos y que pasa a ser una prolongación desastrosa del armario. “¿Dónde diablos estará la camiset… ah, si, ahí en la silla”. El pan de todos los días. Con mis botas de agua, la blusa blanca que dejé ayer en el baño mientras me duchaba por si el vapor ayudaba a mis pocas ganas de planchar y el pelo recogido en moño de esos de “psé”, salgo de casa. Hoy Rosi tiene un casting en un teatro de la Latina, y espero que esta vez sea la buena o la Señora Serrano volverá a llamar porque el banco no ha ingresado el alquiler.

Salgo de casa y camino a paso ligero hasta la parada del autobús. Me encantaría abrir mi bolso y coger las llaves de un Audi que aparcaría frente a la puerta de mi apartamento. Y por pedir, que Andrés estuviera esperándome para abrirme la puerta y llevarme a la oficina. Pero no. Ni siquiera puedo permitirme el escarabajo de Anastasia en Cincuenta sombras de Grey. La vida en la ciudad es dura -y cara-, qué le vamos a hacer.

Cuando bajo del autobús respiro el frío de Enero que casi me deja sin respiración. Mi cuerpo lleva demasiados años acostumbrado al húmedo invierno de Burjulú, y por muchos años que lleve en Madrid, no hay manera de acostumbrarse a esto.

El gran cartel de Luna me da la bienvenida al edificio y cuando enfilo el pequeño camino de tierra hasta la entrada, la nicotina invade mis pulmones por culpa del “cigarrito antes de entrar” de cuatro tontos que están medio congelados en la puerta.

Paso mi credencial por ese chisme -al que tanto cariño le tengo-, y corro rápidamente hasta el ascensor que acaba de abrirse a la izquierda. Cuando llego arriba sola, porque la sección de ficción está en la última planta, me recibe Júlia - la editora más top de la oficina-.

— ¡Creo que se me va a salir el corazón por la boca! ¡Hoy viene Denis Coté! ¿No es maravilloso?— me dice persiguiéndome hasta mi mesa.

— Maravilloso— repito casi con el mismo entusiasmo. — ¿Ha llegado ya el señor Milani?

— Si. Hoy ha llegado antes que nadie. Me lo ha dicho Charo, la de la limpieza. Se ha metido en su despacho y nadie le ha visto.

Echo un vistazo a la puerta del despacho de Camilo Milani, el presidente de Luna. Desde que llegué, entendí que él era de los típicos jefes que da ejemplo de lo que hay que hacer a sus trabajadores. Siempre llega antes que nadie, y es el último en marcharse. Es un buen hombre, y aunque es serio y estricto, respeta el trabajo de los demás. También el de una becaria como yo.

Llevo seis meses desempeñando la tarea de ayudante de los editores. Estudié muchísimo porque sabía que la elección de las prácticas externas de la carrera iba en función a la nota media que lleváramos, y yo quería entrar a trabajar en una editorial. Y la gran ilusión de mi vida empezó a tomar forma cuando una de las mejores editoriales del país me aceptó. ¿Trabajar leyendo libros? ¡Un sueño! Bueno, leyendo libros y mandando emails, cartas de disculpas a los escritores de novelas que se van a la basura, sirviendo cafés al jefe... y a los escritores, y... a todo el que le apetezca una taza, vaya. Pero bueno, por algo se empieza. Por lo menos eso es lo que me repito siempre.

Y todo esto es culpa de Virginia Woolf, Corín Tellado, Paulo Coelho, Tolsói, Agatha Christie, Shakespeare, Fitzgerald, Wilde, Benedetti, y sin duda de mis escritora favorita; Jane Austen. Pasé gran parte de mi adolescencia perdida entre sus obras, soñando ser Eva Montes, Sue Kenton, Ana Karenina, Miss Marple, Julieta, Ofelia, Lady McBeth, Mía Devlin, Mackensie Elliot, Elizabeth Bennet, Elinor Dashwood o mi queridísima Emma. ¡Oh, Emma!

Lo que pasa es que al final, con tanta novela y fantasía, me olvidé de vivir mi propia vida. Bueno hasta que llegué a la ciudad. Aunque pensándolo fríamente desde que vine no he pasado de unas cuantas ranas que ni por todos los besos de este mundo se convertian en en príncipe. Ni siquiera desteñido. Por lo que, por el momento, me conformo con soñar con mi querido Andrés. Ay Andrés… Andrés es mi futuro marido, aunque él todavía no lo sepa, claro. Es el TOP 1 indiscutible de mi ranking, el más guapo, el más simpático, divertido… y lo digo con toda la certeza del mundo, pues, me sé al dedillo todas sus publicaciones en Twitter, Facebook e Instagram, y estoy atenta a todos sus “stories”, a sus canciones y covers y a sus conciertos con Dvicio, . Y bueno, sé que tiene un millón de seguidoras más, pero ninguna como yo. Si algún día pensé que la perfección no existía, pero me retracté en cuanto di con ese Adonis.

— Greta — me reclama Martina, otra de las editoras de ficción de Luna. Levanto la mirada de la pila de manuscritos por leer que tengo en la mesa.

— Ordena eso porque como salga Milani te va a matar — me alerta señalando mi mesa. Pues tampoco está tan mal. Yo me entiendo entre tanto desorden. De hecho, dicen que las mentes más brillantes son las más desorganizadas, y creo que no les falta razón.

— ¿Y se puede saber a qué hora llega Coté?

— A primera hora de la mañana, dijo — me explica Andrea, la editora jefa. Bueno, jefa por decir algo... porque si alguien está cuerdo en esta oficina, desde luego que no es ella. Pero bueno, por lo menos lo pasamos bien.

Miro el reloj, me vuelvo hacia ella y levanto las cejas.

— No creo que tarde— añade.

Y efectivamente. Pocos minutos después el señor Denis Coté, uno de los escritores más leídos de toda Francia, hace acto de presencia en nuestra planta. Veo como el Señor Milani sale de su despacho y avanza con ese halo de elegancia que le caracteriza. Como si los nervios no fueran lo suyo y controlara la situación sin mayor problema.

Todos agachamos la cabeza y hacemos como que trabajamos. Y antes de entrar al despacho de dirección, pasa por nuestras mesas creyéndose el rey del mambo. Cuando la puerta se cierra el murmullo empieza a proliferar entre los trabajadores. Júlia y Martina se levantan y avanzan hasta nuestro pequeño fuerte, la esquina que forman las mesas de Andrea y la mía.

— Como no acepte el contrato, vamos a tener a Milani como un ogro por lo menos los próximos seis meses— se queja Andrea.

— Dicen que los de Novoka le han hecho una oferta millonaria — interviene Martina.

— Prefiero no recordar la jugada que le hizo Ricardo Livin cuando decidió publicar los dos siguientes libros de su saga en Novoka— suspira Júlia.

— ¡Señorita Luque! — ogio que grita mi jefe. Pego un brinco y miro a las chicas pidiendo compasión.

— Ve, corre. No lo hagas esperar— murmura Andrea.

Decido inspeccionar por si algún astro se ha puesto en mi contra y tengo alguna mancha indeseada de café en la blusa, antes de entrar al despacho. Inspiro un par de veces y asomo la cabeza. Todo parece normal, tranquilo y en calma.

— Señorita Luque. Haga el favor de servir café para los dos. Asiento y me muevo rápidamente hasta la mesilla auxiliar que alguien debió poner allí ayer. Mientras sirvo el café en las tazas, oigo como el francés le cuenta a mi jefe que hay vacíos legales en el contrato que deben modificar de inmediato. Miliani se lleva las manos al nudo de la corbata y tira de ella con suavidad. La sosegada hostilidad que se respira allí dentro no me gusta nada. Me apresuro en dejar frente a cada uno, sus respectivas tazas y los sobres de azúcar, y después de preguntar si requieren de algo más, salgo de allí antes que alguien la tome conmigo.

— ¿Y? — me dice Andrea intentando descifrar algo en la expresión de mi cara.

— La vamos a tener…. — murmuro, y ello genera que todas vuelvan a sus puestos con cara de visible preocupación. Minutos después, entre un silencio inaguantable, ese hombre sale del despacho con la cabeza alta y el pecho hinchado, y alguien grita des del despacho de Milani que llamen a una ambulancia.

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19. Oktober 2020 19:53:49 0 Bericht Einbetten Follow einer Story
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