khbaker K.H Baker

El mundo entero está sumido en una situación nueva para todos, una pandemia asola la población y, en un mundo donde ya nada volverá a ser lo mismo, Sarita, Carlos y Matilde aportarán una visión única y distinta del desastre. [Historia participante en el reto Macro País de 'La Copa de Autores 2020']


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Capítulo 1 - Sarita

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La pandemia les había afectado a todos de una forma en la que jamás pensaron que les podría afectar, llevaban ya un mes y medio confinados en sus hogares, dando vueltas de una estancia a otra de la casa sin saber realmente en que ocupar sus horas, las cuales comenzaban a carecer de sentido. España se había sumido en un pozo de tristeza que algunos intentaban sobrellevar poniendo sus mejores caras, pues todos debían hacer un gran esfuerzo por aquel país que tanto les había dado y que ahora, como el resto del mundo, debía recuperarse poco a poco antes de comenzar a dar pequeños pasos hacia la normalidad. Sin embargo, no todos pensaban de aquella forma, no todos ponían sus mejores caras ante aquel encierro impuesto, algunos hacían saber su descontento saliendo a la calle sin los debidos permisos, pasando por alto toda norma impuesta y poniendo en riesgo no solo su salud, sino la de todo el mundo.

Sarita miraba por la ventana y especulaba sobre las distintas razones que podrían haber llevado al mundo a sufrir aquel desastre que les había aislado de los demás, no solo físicamente, sino también emocionalmente, pues ella sentía que, por mucho que el mundo girase y por mucho que algún día todo volviese a la normalidad, ya nada sería como antes.

—¿Qué miras? —preguntó Carlos mientras se cruzaba de brazos frente a ella y trataba de descubrir qué era lo que tanto le llamaba la atención a su hermana de aquellas tristes calles vacías—. Todos los días te asomas a la misma hora y te quedas ahí un rato sin hacer ni decir nada. Comienzas a ponerme los pelos de punta.

Carlos había llegado a Valencia poco antes de que el mundo se sumergiese en aquella espiral vírica que les obligó a enclaustrarse. En un primer momento, Carlos rehusó la idea de ir a ver a su hermana, no quería tener que encerrarse dentro del AVE durante casi tres horas para ver a la persona que, según él, había abandonado a su familia en el peor de los momentos para ir a estudiar a otra ciudad.

Cuando Sarita decidió mudarse a una nueva ciudad, su familia no pasaba por un buen momento y ella era plenamente consciente de ello, su padre tenía una enfermedad que no sabía si podría superar y su familia necesitaba estar más unida que nunca, sin embargo, ella detestaba ver a su padre en aquellas condiciones, se le partía el alma al verle postrado en una cama, enganchado a un respirador. Le dolió dejar atrás a su familia, sin embargo, las malas noticias y los reproches fueron desapareciendo progresivamente cuando su padre comenzó a mejorar; entonces, comenzaron a desaparecer también los remordimientos.

—Miro el mundo, cómo todo ha cambiado de la noche a la mañana sin que nosotros pudiésemos hacer nada por impedirlo —explicó ella antes de cubrirse con una manta, pues el sol ya comenzaba a caer y, a medida que el día fuese dejando paso a la noche, el frío comenzaría a ser más intenso.

—A veces eres muy dramática, ¿lo sabías? —dijo Carlos antes de negar con la cabeza y salir del salón como cada día a aquella hora. Poco después, regresó a la estancia con fuegos artificiales y miró su reloj con entusiasmo.

—No deberías hacer eso...

—¿Por qué no? Esa panda de gilipollas sale todos los días a la misma hora a aplaudir y esta bien, ¿por qué yo no puedo hacer lo que me de la gana?

—Esa panda de gilipollas como tú les llamas aplauden para apoyar a todos los médicos que están trabajando sin descanso y poniendo su vida en peligro para salvar la de los demás... —explicó Sarita, apretando la mandíbula. Por mucho que quisiese a su hermano con toda su alma, no podía negar que, incluso a sus casi treinta años, su hermano seguía siendo un inmaduro malcriado incapaz de pensar con raciocinio.

El campanario que había cerca de su casa comenzó a tañer las ocho campanadas que dio paso a que todos los vecinos de su edificio saliesen a sus respectivos balcones y ventanas para aplaudir con todas sus ganas. Algunos simplemente hacían sonar sus palmas, otros incorporaban silbidos e incluso algunos gritaban o cantaban alguna frase pegadiza que animaba a los médicos. Sarita sabía que, probablemente, la mayoría de aquellas personas tendrían un móvil en las manos para grabarse y subirse a las redes sociales dando ese ánimo tan necesario para algunas personas, sin embargo, a ella poco le importaba que se hiciese público aquel alarde para ganar seguidores en las redes sociales, siempre y cuando el mundo apoyase a aquellas personas que tanto lo necesitaban. Y ella, como muchos otros, se limitó a aplaudir hasta que las palmas de las manos le ardieron, aún sabiendo que, por mucho apoyo que pudiese dar, sus actos no ayudarían a que aquella pandemia se frenase.

Poco después de que las palmas comenzasen a resonar en todos los bloques de edificios de alrededor, Carlos encendió la mecha que anunciaba que el mundo comenzaba a sumirse en una incipiente anarquía que les traería muchos problemas.

Los fuegos artificiales comenzaron a elevarse hacia el cielo y explosionando en un sinfín de colores que llamaban la atención sobre el cielo azul oscuro, los vecinos comenzaron sus exclamaciones de sorpresa, algunos se maravillaban ante el colorido manto que se extendía ante ellos y otros, por el contrario, expresaban su descontento con los insultos más barrio bajeros que pudiesen imaginar.

—Carlos, joder, estás molestando a la gente... —se precipitó a decir Sarita mientras tiraba de la manga de su hermano para que dejase de encender fuegos artificiales.

—¡Qué se jodan! Estoy en mi casa, puedo hacer lo que me de la gana y ellos no son quién para impedirme nada.

—Estás en mi casa, Carlos, así que no me jodas y para de una puta vez.

La respuesta de su hermano fue reírse, como casi todas las veces que Sarita hacía algo en su vida. Se rio de ella cuando le dijo a su familia que quería estudiar para ser doctora, se rio de ella cuando dijo que quería comenzar una nueva vida en otra ciudad y se rio de ella cuando le dijo que había conocido a un chico maravilloso. Todas aquellas risas no eran más que burlas que precedían algo que Sarita ya había nominado como «momento desastre».

Harta del comportamiento infantil de su hermano, Sarita cerró la puerta del balcón y dejó que la brisa otoñal comenzase a calar en sus huesos, estaba harta de que nadie pensase nunca en ella, el comportamiento de Carlos les traería problemas si alguno de sus vecinos decidía llamar a la policía, en caso de que las patrullas que velaban por la seguridad de aquel diminuto pueblo no hubiesen visto ya aquel despliegue de colores y olor a pólvora, y estuviesen de camino al edificio para obsequiarles con una multa.

—Sarita no tiene ni puta gracia, abre la puerta, aquí hace un frío de cojones —anunció Carlos, olvidando por completo su propósito de amenizar los aplausos con fuegos artificiales.

—Es mi casa, son mis normas y estoy harta de que hagas lo que te da la gana —explicó ella con toda la paciencia que pudo reunir—. Desde que has llegado no has hecho más que poner problemas, y mamá solo te ríe las gracias, eres un maldito inútil y un niñato que se rehúsa a crecer de una maldita vez. Esta vez las normas las pongo yo.

Carlos rio ante su amenaza vacía, pues sabía que no era la primera vez que su hermana hacía aquel tipo de comentarios y que al final ella acababa haciendo lo que él le decía, lo que él no sabía era que Sarita era como un vaso de agua que ya había alcanzado su plenitud. Había podido soportar lo innombrable mientras el vaso estaba vacío, sin embargo, el paso del tiempo, las dificultades y las decepciones habían llenado aquel recipiente de amargura hasta que aquella pequeña gota provocó que se desbordase y se quedase allí mirando a su hermano de brazos cruzados mientras la noche engullía el pueblo y el frío azotaba la copa de los árboles.

—Abre de una puta vez, Sara. Esto ha dejado de tener gracia —dijo Carlos con un tono amenazante antes de que su hermana negase con la cabeza—. Tú lo has querido...

Y allí estaba aquel fenómeno nominado «momento desastre» que Sarita conocía tan bien. Su hermano, aquel que ya había cambiado su expresión de jolgorio, ahora la miraba con el rostro serio mientras encendía un nuevo fuego artificial y apuntaba hacia la puerta del balcón.


2

Un estallido dio paso a un grito agudo y a una lluvia de cristales que provocó que Sarita se echase hacia atrás alarmada mientras se llevaba las manos a la boca en un intento de acallar su propio alarido; durante los segundos siguientes, todo quedó en silencio mientras Sarita y Carlos observaban lo que acababa de pasar. La mecha del cohete, que Carlos había prendido en un intento de alentar a su hermana a que abriese la puerta del balcón, se había consumido más rápido de lo normal y a él no le había dado tiempo a cambiar el trayecto para que acabase estallando en el aire, lo que había ocasionado que impactase contra la puerta de cristal, haciéndola añicos en un abrir y cerrar de ojos. Los cristales habían volado en todas las direcciones posibles, habían salpicado sobre la mesa del comedor, se habían deslizado por el suelo y algunos incluso habían acabado en la mesilla sobre la que reposaba la televisión.

El viento frío se colaba dentro de la casa, sin embargo, aquello no era lo que le provocaba escalofríos, sino el sentimiento de ira que comenzaba a invadirla por segundos y el cual ella sabía que, bajo ningún concepto, volcaría sobre su hermano por mucho que desease gritarle. Ella mejor que nadie sabía que en una discusión no se era capaz de hablar con raciocinio, que las palabras podían herir y que era mejor a que la situación se enfriase para decir las cosas con calma y procurar así no hacer daño. Sin embargo, ella parecía ser la única con aquel pensamiento, pues cuando su hermano fue plenamente consciente de la situación, su rostro enrojeció de la ira y traspasó el umbral dañado que separaba el balcón del comedor, sin importarle que los cristales crujiesen bajo sus zapatillas desgastadas.

—¡Mira que me has hecho hacer! —gritó sin reparos—. ¡Eres una puta niñata, si me hubieses abierto la puerta nada de esto habría pasado! —Carlos respiró profundamente mientras trataba de calmarse, pero al darse cuenta de que algunos de los cristales despedidos le habían hecho cortes en los brazos y en la cara, su cólera remontó—. ¡¿Has visto cómo me has dejado?!

—Yo no he sido, Carlos, eso lo has hecho tú solo y te lo tienes merecido, pero el hecho de que tú seas un capullo no es mi culpa, sabes que eso voy a tener que pagarlo yo, ¿verdad? —dijo Sarita todo lo calmada que pudo mientras señalaba la puerta inexistente del balcón.

—Paso de todo esto, ¡me voy! ¡Estoy harto de estar aquí metido!

—No puedes salir de casa, ¿se te ha ido la pinza o qué? ¿Quieres que te multen?

—¿Eres capaz de entender que me ahogo dentro de estas cuatro paredes?

—¡Cómo todo el mundo! ¿Crees que eres el único habitante de la Tierra? Todos estamos igual que tú, pero al parecer tenemos más conciencia cívica... Piénsalo bien, porque si te vas, no voy a dejar que vuelvas a entrar, me da igual que seas mi hermano —explicó aún a sabiendas que no podría cumplir su palabra, ella era incapaz de dejar en la calle a alguien de su familia, no importaba el daño que le hiciesen o lo mucho que lo mereciesen, y él lo sabía y se aprovechaba de ello cada vez que podía.

Sin añadir nada más a la discusión y sin siquiera mover un dedo para ayudar a su hermana, Carlos salió del comedor con paso ligero, dando algún que otro pisotón para dejar constancia de su enfado. Ni siquiera las tentativas de su hermana para curar sus heridas consiguieron detenerle, él se alejó hasta acabar dando un portazo que provocó que Sarita se estremeciese.

La pandemia estaba poniendo a prueba a las personas, nadie estaba pasando por su mejor época pero cada uno tenía una forma de pensar, de actuar y de ver el mundo; en otras circunstancias le habría dado igual, sin embargo, en una sociedad que necesitaba civismo y sentido común, las personas que no respetaban las normas y que actuaban según sus propios intereses no hacían más que acrecentar el riesgo para toda la humanidad.

Mientras Sarita barría los trozos de cristales del suelo y limpiaba los restos de sangre de su hermano del suelo del balcón y del marco de la puerta, rememoraba aquellos momentos no tan lejanos en los que solía pasear por los parques del río, donde las zonas verdes abundaban y las personas se relacionaban las unas con las otras sin que la distancia social fuese un impedimento, sin que las mascarillas fuesen obligatorias y ocultasen las sonrisas de los transeúntes, y sin que las manos estuviesen impregnadas de aquel gel transparente que nadie solía usar antes del desastre.

Ahora todo era distinto, todo había cambiado y aunque ella no era del tipo de personas que le gustase mostrar afecto en público, echaba de menos aquella época y esperaba el momento en el que las barreras se alzasen de nuevo para poder perderse en la naturaleza con su cámara de fotos, algo que amaba sobre todas las cosas.

Su teléfono móvil sonó cuando ya casi había terminado de limpiar todo el estropicio que su hermano había creado a partir de aquella idea tan estúpida, todavía con las manos temblorosas a causa de la discusión, Sarita descolgó el teléfono y se pasó la mano por la cara al escuchar la voz de su profesora de prácticas.

—Sara, necesito que vengas al hospital todo lo rápido que puedas, necesitamos toda la ayuda posible... —clamaba la voz de una mujer desesperada—. Tenemos más de trescientos contagios en las últimas veinticuatro horas...

—Todavía estoy en prácticas, Matilde, no sé si voy a poder hacerlo... —explicó Sarita con la voz temblorosa.

—¿Estás de broma? Eres una de las mejores estudiantes que he tenido jamás, solo os estoy llamando a los mejores, créeme, necesitamos vuestra ayuda...

Sarita respiró profundamente y asintió aún sabiendo que nadie podía verla, en aquellos momentos ya no le importaba la sangre de su hermano impregnando el papel de cocina que había sobre la mesa ni los cristales que todavía no había logrado recoger ni los ladridos de los perros que todavía estaban asustados al haber escuchado los gritos y el sonido del estallido, en aquel momento solo le importaba que, por muy asustada que estuviese, ella era parte del porcentaje que haría lo que estuviese en su mano por ayudar a frenar aquella pandemia, ya fuese quedándose encerrada en casa el tiempo que hiciese falta, o en primera línea de fuego, arriesgando su vida para que otros pudiesen salvar la suya, como los profesionales por los que ella aplaudía cada noche desde su ventana.

3. Oktober 2020 14:24:23 0 Bericht Einbetten Follow einer Story
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