hazo Hazo

Ningún gobernante, de ningún lugar del mundo, recibe con los brazos abiertos a un hijo bastardo. Nunca le ha ocurrido a nadie. Yo no soy la excepción.


Kurzgeschichten Nicht für Kinder unter 13 Jahren.

#thelongstoryshort #theauthorscup #violencia #suspenso #medieval
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Bastardo

Dicen que no es algo realmente extraño, que los poderosos a menudo se desentienden de su descendencia para evitar responsabilidades a cumplir y explicaciones a dar. Muchos de ellos solo lo hacen para conservar su imagen, mientras que otros no quieren que su patrimonio se vea afectado por la existencia de un hijo. Pero, ¿qué significa esto para el pequeño bastardo? Nada. El retoño sin árbol en qué apoyarse solo conoce una realidad: aquella que narra como su padre no lo quiso y decidió abandonarlo antes de siquiera nacer. Introduciéndome de esta forma, les pido que me permitan narrarles un pequeño relato.

Mi madre y yo éramos unos pobres campesinos que vivían a las afueras de un fuerte reino, rodeado de altas murallas empedradas habitadas por guardias armados que cada semana se encargaban de repeler invasores.

Preparar la tierra, sembrar, cuidar y recolectar; yo nunca conocí otra vida hasta que mamá enfermó y decidió que no había más alternativa para curarse de su enfermedad que contarme la verdad. La revelación cayó sobre mí como una pesada lluvia veraniega:


"Tú tienes un padre, tesoro mío. Y ese padre es el rey de estas tierras. Desde que dejé el reino, jamás hemos vuelto a hablar ni le he pedido ningún tipo de ayuda, pero me temo que es todo lo que puedo hacer ahora".


La idea de tener como padre al gobernante de aquel lugar y, peor aún, de pedirle ayuda no me agradaba en absoluto. Pero yo no cuestionaba nunca a mi madre.

Fue así como partimos hacia el interior de la ciudad, al centro, al castillo. No sabía que mamá tuviese tantos contactos, pero gracias a eso conseguimos una audiencia con el rey a tan solo una semana de haber llegado.

El rey no era conocido realmente por ser un ser de bondad. Era un tirano que, aunque los negocios marchaban correctamente y la cosecha era abundante, mantenía al pueblo aterrado bajo su puño de hierro. Era conocido por alcohólico, mujeriego y estafador. Malvado, narcisista y manipulador pero, a pesar de todo, seguía siendo el rey. Yo lo detestaba.


"Han pasado casi veinte años, mi rey. Y jamás he osado molestarlo con ningún burdo atrevimiento".


Mientras madre hablaba con su alteza yo solo permanecía a su lado, manteniendo mi vista fija sobre el hombre barbudo que reposaba en el trono muchos pasos más adelante. A nuestros alrededores algunos guardias, un escribano y un par de nobles cuyo propósito ahí yo desconocía. Los adornos del interior del castillo, la cantidad de joyas en la corona del rey la elegante seda que portaban los nobles, todo desencajaba con los trapos maltrechos que mamá y yo llevábamos encima.


"Pero me encuentro muy enferma, y de no recibir cuidados es muy probable que acabe muriendo y no puedo dejar que eso pase ya que dejaría en la nada a mi hijo, rey; a nuestro hijo".


Esa frase suscitó un silencio sepulcral. Los nobles mirándose entre sí y el escribano dejando de mover su pluma. El rey, por mientras, abrió los ojos muy grandes, como si acabase de recordar quien era la mujer frente a él, y ahora me miraba fijamente. ¿Mi expresión? Igual de neutral.

La audiencia se dio por terminada muy poco después cuando el rey, sin ofrecer demasiadas palabras, accedió al pedido de mi madre y nos asignó una habitación del castillo a cada uno a las cuales nos guiaron las numerosas sirvientas. Al parecer, mi madre solía ser una de esas sirvientas hace mucho, mucho tiempo pero debió abandonar tras ser yo concebido.

Como habría de esperarse, nuestros aposentos en el castillo eran cientos de veces mejores que toda nuestra casa junta. Un lugar suave donde dormir, una ventana que dejaba entrar la luz del sol, joyas y lujos de aquí a allá...

Pasamos varios días en ese lugar. Mi madre recibía su atención y yo tenía permitido deambular por las galerías siempre y cuando no ingresase en habitaciones prohibidas. Ella... ella tuvo una rápida mejoría. Con los cuidados apropiados su enfermedad poco a poco comenzó a ceder y yo ya me conocía casi todos los rincones accesibles de la fortaleza. Debido a lo mucho que paseaba además... pude enterarme de varios rumores.

Los nobles no supieron cerrar su boca y el hecho de que el rey tenía un hijo fue un secreto a voces por todo el reino, ya era imposible querer ocultarlo. El rey, a quien no se le conoció jamás tan siquiera una esposa, ahora tenía un heredero, alguien que le sucedería tras la muerte y... alguien que DEBÍA convertirse en príncipe. Siendo honesto, eso jamás me importó a mí. Yo solo quería ver a mi madre en buen estado nuevamente, y marchar de regreso a las afueras cuando ella estuviese completamente sana. Por eso la visitaba a diario y a todo momento cuando no la estaban atendiendo y cuando yo no estaba deambulando. Me quedaba a su lado, hablábamos y reíamos por lo distinta que era la vida para la realeza cuando la comparábamos con la que llevaban los campesinos como nosotros.


"El rey no era tan malvado como lo es ahora cuando era más joven. Siempre tuvo ese espíritu de sentirse un ente superior a todas las demás personas debido a su posición, pero había cierta luz de inocencia en su mirada. En cambio, el rey que gobierna estos días... no se parece en nada a ese chico...".


Mamá hasta lo decía con algo de dolor. '¿Cuándo fue que se convirtió en un tirano?' se preguntaba. Me repito: no me interesaba quién era mi padre. Ya no. Tal vez era una duda que me atormentaba de niño, pero para ese entonces yo ya solo pensaba en mamá. Y ahora, un par de años después de aquello... solo puedo pensar en el rey y en cómo planeo hacerlo caer.

Pasaron algunas semanas y mi madre ya caminaba conmigo por las galerías de vez en cuando. Ella era vista de pie en su habitación, terminando de recuperarse y yo era detenido e interrogado a menudo por bardos que eran invitados al castillo que me pedían mi visión de los hechos; querían saber que sentía el recién llegado hijo del rey. A ninguno le respondía.

Las pocas veces que me cruzaba con el rey al caminar, siempre acompañado por dos guardias, me dedicaba una mirada de desprecio que solo empeoraba con cada encuentro. Le habrá molestado que en mi mirada solo podía encontrar desinterés.

Me detestaba. Yo había llegado de improvisto a arruinar su estilo de vida y mandato, ahora los pueblerinos hablaban de mí y no de él, y las voces que deseaban que el futuro gobernante no fuese un desalmado como el actual ya eran audibles por todos lados. Le estaba quitando el protagonismo.

No duraría demasiado.

Algunos días después, un rato antes de que el sol se pusiera, terminé mi habitual caminata por el castillo y, tras despedirme de algunas sirvientas, me encaminé hacia la habitación de mamá. Me sorprendió un poco, de entrada, ver la delicadamente tallada puerta de madera entreabierta. Mamá siempre era cuidadosa en esos aspectos. Me acerqué despacio y unos ruidos húmedos llegaron a mis oídos. Guturales, inconclusos y para nada coherentes. Como el ruido que hacen las burbujas al salir del agua. Me apresuré y tiré del pomo de la puerta con rapidez, apreciando con total claridad lo que ocurría ahí dentro.

Un creciente charco rojo teñía progresivamente la alfombra verde y sobre él mi madre, intentando cubrir las heridas en su abdomen, convulsionaba expulsando sangre por la boca. A su lado un hombre de barba gris y guantes de malla dejaba caer un puñal al suelo y se ponía de pie. Según parecía, el encontrarme ahí estaba fuera de sus planes ya que sus ojos celestes comenzaron a temblar de miedo.

El rey había apuñalado a mamá. Papá había apuñalado a mamá.

Pero el delito en sí mismo no me importaba en ese momento. Ingresé furiosamente a la habitación y empujé al gobernante a un lado, asistiendo a mi madre e intentando vagamente detener la hemorragia con mis manos. No podía, eran demasiados cortes.

Escuchando cómo el rey se levantaba tras haber caído debido a mi embestida, le dediqué una fulminante mirada y le grité, esperando una respuesta coherente a la preguntaba que inquiría el por qué de hacer semejante cosa.


"N-no va a... ¡Ningún hijo bastardo va a ser mi heredero y ninguna zorra cualquiera va a ocupar el lugar de reina! ¡La sangre está en tus manos, tú eres el asesino!".


No tenía tiempo para escuchar sus estupideces. Mamá estaba desfalleciendo y la impotencia de no saber que hacer para salvarla me invadía. En algún momento el rey huyó y me dejó en la habitación donde yo, tras minutos de ver como el color abandonaba el rostro de la mujer que me dio a luz, temblaba por el nerviosismo. Mamá dejó de moverse poco después, sus ojos ya no respondían a estímulos y su pecho ya no se inflaba con aire. Me puse de pie, emocionalmente abatido y miré mis dedos teñidos de rojo con la sangre de mi progenitora.


"¡Ahí está! ¡S-sabía que lo había escuchado! ¡Al final no es más que un salvaje!".


Era la voz del rey, quien observaba desde la puerta mientras tres guardias entraban me apuntaban con sus alabanzas. Detrás de la corona había nobles y sirvientes, todos horrorizados ante la situación.

No pude... no pude decir nada.

El cuerpo de mi madre yacía sin vida en el suelo. Todos pensaron que la había matado, pero no fui yo. Al otro lado de la habitación, podía ver a la persona que lo hizo, pero denunciarla me condenaría por completo. El razonamiento es simple: la pena para el asesinato era el destierro, pero atreverse a desafiar al rey era merecedor de la pena de muerte.

El maldito cobarde temblaba. Sudaba mucho y tartamudeaba. Estaba aterrado, aterrado de que me atreviese a decir la verdad y que su plan no surtiera efecto. En verdad, su plan estaba repleto de fallas pero... pero con tan solo ordenarlo, él podía hacer que tres puntas atraviesen mi cuerpo a la vez. Eso no podía pasar.


"¡M-matricidio! ¡El m-matricidio es uno de l-los peores c-crímenes que un hombre p-puede cometer! ¡A-alguien así jamás será príncipe! ¡Guardias! ¡Saquen a esa bestia d-de mi castillo!".


Se sentía intimidado por mi mirada. Temía que yo levantase el puñal y se lo arrojase al cuello. Pero no, yo no iba a morir en ese lugar junto a mamá.

Levanté mis brazos y me dejé golpear por los guardias.

Fui humillado públicamente. El rey se encargó de que cada persona del pueblo supiese que el hijo bastardo había asesinado a su madre, y el desprecio sobre este hijo no se hizo esperar. Fui exiliado, tal como era dicho, y se me prohibió incluso regresar a mi antiguo hogar a las afueras del reino. Tuve que huir, pero no sin antes jurar retribución. Ya sea por mi cuenta, liderando un grupo de mercenarios o con un ejercito a mis espaldas.

...

Ah... esta historia ocurrió hace algún tiempo. Ahora solo vago entre pueblos y ciudades pequeñas que puedan ofrecerme tabernas como esta, donde desahogarme del dolor y la rabia al menos por un rato. Y así además... reclutar guerreros, saboteadores, espías y demás que quieran servirme de aliados para provocar una revuelta y derrocar a ese tirano. ¿Qué les ofrezco a cambio? Un reino. No es de mi interés gobernar. Yo solo quiero tomar venganza, y lo demás... lo pueden repartir entre los victoriosos.

Entonces, ¿qué me dicen? ¿Es de su interés el sumarse a esta campaña?

2. Oktober 2020 19:08:21 1 Bericht Einbetten Follow einer Story
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Das Ende

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Gabriel Mazzaro Gabriel Mazzaro
Hola Hazo, necesito comunicarme con vos, escribime al facebook. Gabriel Mazzaro.
November 10, 2020, 02:20
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