brisa-soto-galvan1600143090 Brisa Soto Galvan

Clara jamás pudo olvidar su rostro, desfigurado, lleno de maldad. No tenía ojos, la señora Connor no tenía ojos. Historia registrada en SAFECREATIVE bajo el código: 2009115312235


Kurzgeschichten Alles öffentlich.

#misterio #295 #378
Kurzgeschichte
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La señora Connor

Recuerdo que aquella casa siempre estuvo ahí, desde que tengo memoria, quizás considerando un par de años después de nacer, en un pequeño pueblo atrapado en el tiempo, donde las personas no conocían lo que era el internet o las comunicaciones fuera de lo que se le conoce como lenguaje oral, (hoy en día es complicado hablar con la gente); se desde lo profundo de mis memorias que esa vieja casa al final de la cuadra siempre estuvo ahí, suponía, cuando era un niña, que quizás antes de que las personas llegaran al pueblo ese viejo montón de ladrillos de barro y teja ya se hallaban levantados, y también pensaba que la primer persona que vivió ahí no había sido la señora Connor, mi mente imaginaba muchas historias sobre esa casa, probablemente solo eran cavilaciones de una mente infantil que le gustaba divagar. Sin embargo, ahora puedo asegurar que preferiría un millón de veces que esos cuentos tontos que inventaba fueran la realdad de lo que sucedió. Porque la verdad era cruda y mórbida. Yo le jure Cristian Álvarez que jamás dirían nada, bajo un pacto de sangre, sangre que nosotros mismo nos habíamos provocado, con una espina de maguey que crecía en el corral de la casa de él; pero el tiempo transforma a las personas, y estando ya en mi lecho de muerte no puedo irme en paz sin antes contar la verdad de lo que ocurrió.

La infancia debería ser feliz, debería ser una etapa de goce y júbilo, sin preocupaciones, sin expectativas ni presiones. Aquel caluroso verano yo ya era lo suficientemente grande como para saber amarrar mis agujetas, pero quizá no demasiado para llegar a comprender lo que era la prudencia. Tenía un amigo, su madre le había llamado igual a su padre, el señor Cristian Álvarez Montes y para evitar confusiones le llamábamos C.J, él mismo se presentaba de tal manera siempre, y recuerdo lo mucho que se molestaba conmigo cuando por accidente, o simplemente para fastidiarlo, le decía Cristian Álvarez.

Para ese verano mi madre me había comprado un lindo vestido de flores azules que se ondeaba cuando corría por el campo o el viento soplaba demasiado fuerte. Lo había elegido pensando en aquellas pequeñas y redondas pastillas que solía tomar, y que compartían el mismo color. Recuerdo mucho ese vestido, sobre todo porque se había arruinado con manchas de espesa y repulsiva sangre.

C. J y yo éramos vecinos, él era un año y 3 meses mayor que yo, y cuando ambos jugábamos siempre me lo restregaba en la cara, lo usaba como argumento para sacar provecho de cualquier cosa. Nuestras madres se conocían de toda la vida al igual que nuestros padres. Nuestra vida era normal, solo un par de niños que les gustaba jugar y trepar árboles. Pero había algo que a ambos siempre nos intrigaba. Como a cualquiera de nuestra edad los misterios nos causaban curiosidad.

Recuerdo que a la señora Connor casi nunca se le veía en las calles, vivía en la casa de la esquina, entre dos callejones poco transitados, nuestro pueblo era tan pequeño que las calles no tenían nombres, la mayoría eran callejones solitarios donde los perros callejeros y los vándalos asistían. Mariana Arreola vivía a dos casas de ahí, y yo no podía dejar de ver el enorme lunar que tenía justo en la frente cuando en medio del salón de clases solía platicarnos que por las noches juraba escuchar a la señora Connor recitar alabados y canticos demoniacos. Yo siempre me quedaba callada cuando ella hablaba, pensativa. Mi mamá solía decirme que no debía confiar en lo que mis ojos vieran, o mis oídos escucharan, porque no siempre era real, ella decía que la mente podía fácilmente engañarnos; yo había visto a esa señora un par de veces y su aspecto sí que era bastante estrafalario y desaliñado, usaba largas faldas remendadas y sucias que parecían echas por ella misma, botas de trabajo rotas, que generalmente estaban cubiertas de lodo, sus blusas desteñidas y arrugadas junto a su típico chal la hacían ver como una vagabunda, sumándole su cabello visiblemente grasoso y despeinado, tenía partes de la cabeza completamente calvas y otras con escaso pelo gris; al verla no podía dejar de imaginar a una pobre indigente que tenía muchos días sin bañarse. Sin embargo, jamás le había tribuido a nada que tuviera algo que ver con brujería o algo por el estilo. Recuerdo incluso que en una ocasión mi padre había ido a repárale el techo de su casita. “Solo es una pobre señora solitaria” eso me había dicho, entonces esas historias de Mariana Arreola sonaban absurdas. Pero C. J tenía curiosidad, y una vez más aprovechándose de su año 3 meses, me dijo que debía cumplir un reto. Debía ir a la casa de la señora Connor y cortar un trozo de su casi inexistente cabellera gris. Era absurdo y ahora lo comprendo, pero cualquiera sabe que la mente de un niño no funciona igual que la de un adulto. C.J me acorraló diciendo que si no lo hacía entonces me llamaría gallina hasta que a mí me salieran canas, y yo enojada le respondía que para entonces él ya habría muerto por un paro respiratorio, o por la edad. Pero al final me convenció, usando sus encantos conmigo, y mencionando que me regalaría su bicicleta si tenía éxito.

Yo no le temía a esa mujer, solo la veía como una anciana sucia y muy malhumorada que le gritaba a la gente porque dejaban basura en el lienzo de espinas que delimitaba su corral. Sin embargo, había algo que sí me causaba escalofríos, y era su casa.

Estaba hecha de ladrillo de barro, el techo era teja y algunas plantas sobresalían de este gracias a la humedad y tierra acumulada, tenía macetas de plantas secas colgadas de las paredes y su puerta era de lámina, solía pensar que esa puerta jamás podría evitar que alguien entrara a robar, se lo comentaba a mi madre, pero ella siempre me decía que la señora Connor no poseía nada que a un ladrón le interesase; el corral estaba lleno de basura y fierros oxidados, un neumático de camión estaba colgado en una de las paredes laterales, lo usaba como dispensador de agua para sus perros, ella tenía muchos perros.

El día que todo ocurrió era como esos en los que sabes, desde que despiertas por la mañana que algo no estaba bien, C. J y yo nos vimos en su casa después de comer para organizar el plan, yo traía mi mochila con suministros que supuse necesitaría. Su madre nos había llevado fruta picada con chile, sin embargo, no pude probar un bocado, llevaba toda la mañana vomitando y con dolor estomacal, era tanto mi malestar que había olvidado tomarme mis pastillas azules, estuve incluso a punto de echarme para atrás.

—No me siento bien C. J, mejor lo hacemos otro día. —le había dicho, mientras me sostenía el estómago.

Cuando su frente se arrugo supe que estaba molesto, siempre hacía eso cuando le llamaba Cristian Álvarez. Dejó el pedazo de mango en el recipiente y me miró.

—¡No te puedes acobardar ahora solo por un dolor de pansa! ¡ya tenemos todo planeado! —soltó agitando sus brazos, se había enojado. Y yo solo atiné abrazar mi mochila un poco aturdida por sus gritos.

—Pero no quiero —me atreví a hablar sabiendo que él no solía tener mucha paciencia.

—Entonces yo me voy a quedar con esto —me jaló la mochila y salió corriendo.

Reaccioné cuando él ya había salido del patio de su casa, corrí tras él, gritando.

—¡NO! ¡C. J!, ¡AHÍ ESTÁ MI MEDICINA!, ¡DEVUELVEME MI MOCHILA!

Pero él ya había llegado al inicio de aquel lienzo de espinas, y con su mirada burlona y desafiante arrojó mi mochila al otro lado del lienzo, al patio de la señora Connor.

Me cubrí la boca con ambas manos, ahogando un grito. Aquella tarde no había tomado mi medicina, no pude. Y ahora mi frasco de pastillas azules estaba atrapado en mi mochila, y C. J la había arrojado al patio de esa señora.

Quisiera externar que no tuve elección, me vi acorralada entre la espada y la pared, entre decirle la verdad a mi madre para recuperar mi mochila, pero ateniéndome a las consecuencias que eso conllevaría, o simplemente tragarme las arcadas y hacer lo que C. J y yo habíamos paneado.

Y como ocurría siempre que no sabía la repuesta de algún examen de la escuela, elegí la opción b.

La noche finalmente llegó y yo ya estaba lo suficientemente nerviosa como para en cualquier momento regresar el medio plato de arroz en leche que mi madre me había obligado a comer en el medio día. Le dije que iría a dormir a casa de C. J y ella distraída como siempre solo asintió y me dijo que me cuidara, que no olvidara mis pastillas azules y no causara problemas. Me mordí la lengua cuando asentí y salí de la casa con mi mochila de repuesto. El cielo estaba nublado, las nubes cubrían todo ápice de luz de luna o estrellas. Mi amigo había robado las tijeras de jardín de su padre, las metió en su mochila roja de Spiderman con extremo cuidado, mientras yo me mordía las uñas, llena de ansiedad y nerviosismo.

Escapamos cerca de las 11 de la noche, sus padres ya habían apagado la luz de su cuarto y fuera no había más ruido que los grillos, el viento que sacudía los árboles y algún que otro perro ladrar.

—¿Cómo haremos para entrar? —pregunté con nerviosismo cuando llegamos al lienzo de espinas.

La calle estaba oscura, el cruce de callejones no tenía luz, no había lámparas que iluminaran y descubrieran las figuras que parecían monstruos dentro de mi cabeza, la oscuridad me aterraba, porque en la oscuridad siempre estuvieron mis peores pesadillas.

“No son reales” me decía a mí misma “solo son los árboles”

—Hace días encontré un hueco, ven —me hizo una señal y entonces lo vi, era un agujero que estaba entre dos ramas secas, al lado del enorme árbol que atravesaba el lienzo, era pequeño y no había muchas espinas, pero si ramas y basura acumulada. Observé mi vestido, arrepintiéndome de haberlo utilizado ese día.

C. J me pasó su mochila y se arrastró a través del hueco, desapareciendo en la oscuridad. Al encontrarme sola frente al montón de espinas y la penumbra espesa y fría, el miedo comenzó a crecer en la parte baja de mi abdomen. Me quede quieta un momento, debatiéndome en si aún era momento para arrepentirme y corre a casa a decirme la verdad a mi madre, pero entonces la voz de C. J, siendo más un susurro que un sonido definido me hizo reaccionar.

—¡Vamos Clara! ¡Si no te apuras la vieja va salir!

Mis piernas se movieron más por impulso que por consciencia, me arrastré por el hoyo llenando mi vestido de tierra y ganándome un par de rasguños.

Si pensaba que esa casa era tenebrosa de día y por fuera, estar dentro y de noche era como ir al médico por un dolor de estómago y descubrir que tienes un tumor y morirás en menos de un mes. Todo el panorama era completamente lúgubre y funesto, y para empeorar la situación el cielo había comenzado a rugir mientras que las ráfagas de aire azotaban con más fuerza.

C. J estaba parado inspeccionando el lugar, no se podía ver mucho, pero la tenue luz que alcanzaba golpear contra la casa la hacía parecer más fea y siniestra.

—Creo que ya se durmió, no hay que hacer ruido Clara o sus perros nos van a escuchar. —dijo con su vista fija en los tambos de aluminio en la esquina donde dormían sus mascotas. Yo apenas si lo escuché, y para entonces ya había comenzado a sentir un ligero temblor en las manos. C. J me tomó de la mano y me jaló, algo me decía, pero yo no podía escuchar, y cuando un relámpago acompañado de un espeluznante trueno azotó, mi cuerpo entero se sacudió del terror. Todo se había sentido real. Todo era una pesadilla, las sombras formaban terribles formas inhumanas.

Tenía miedo, no podía mover las piernas.

—¡No puedo C. J!, ¡tengo mucho miedo, no puedo! —repetía con desesperación tirando del brazo que él sostenía.

—¡Cállate Clara! ¡nos va a escuchar! —susurró intentado cubrirme la boca, pero mi respiración ya era demasiado acelerada como para distinguirse en el silencio nocturno.

—¡Déjame! ¡quiero ir a casa, quiero…!

Pero jamás terminé la frase, no porque él hubiera logrado cubrirme la boca con su mano, o porque yo razonara un momento y entendiera la situación. En aquel momento había dejado la frese a medias porque un perro negro y roñoso nos veía con rabia mientras gruñía.

Ambos nos habíamos quedado tan quietos que hubiésemos podido fácilmente pasar por estatuas de cera. Yo no me atrevía a respirar, pero mi acelerado pulso me obligó a hacerlo. Para entonces el perro ya había lanzado el primer ladrido. Miré cómo mi amigo corría en dirección del hoyo, pero yo tenía tanto miedo que mis piernas se habían quedado inmóviles.

—¡CORRE CLARA! —gritó, mientras él mismo avanzaba con velocidad, fue entonces cuando la tormenta comenzó a caer sobre nuestras cabezas, el perro había despertado a los demás y ahora había 4 más ladrando y gruñendo en mi dirección.

Me di la vuelta para comenzar a correr, pero entonces vi de reojo mi mochila colgada justo en la puerta fea de la entrada. Lo único que pude pensar en ese momento fue que necesitaba mi medicina.

Corrí hacia la puerta, C. J me llamaba a gritos desde el hoyo y la lluvia que ya había azotado completamente me había empapado la ropa y los zapatos. Seguía escuchando los ladridos de los perros, pero no los veía, solo podía ver mi mochila colgada y cientos de figuras mórbidas a los lados.

Cuando llegué a la puerta había pensado que todo estaría bien, que regresaría esa noche con C, J y ambos dormiríamos tranquilos después de tomar un vaso entero de leche. Pero entonces la puerta se abrió.

Mariana Arreola nos había contado muchas historias, tantas que quizás hubiera podido escribir un libro de terror con todas ellas. Pero ninguna describiría ni de cerca lo que vi esa noche.

Era espeluznante, su piel, si es que se le podría llamar de tal manera, estaba llena de llagas negras, su cabello gris y escaso tenia arañas, los harapos viejos que solía usar no eran más que un cumulo de masa negra que le cubría partes de su arrugado y horrible cuerpo. Pero sus ojos, sus ojos fueron lo que más me aterró, estaban vacíos, completamente negros.

El pánico se apodero de mí, mientras más y más sombras aparecían de adentro de la casa.

“Demonios” pensé, “Son demonios”

Cuando sonrió una hilera de colmillos chuecos y afilados hicieron presencia.

Aguanté la respiración mientras retrocedía con lentitud. Pero entonces gritó, un alarido tan horripilante que me había dejado completamente aturdida, y he de decir que jamás en todos mis años de vida escuché sonido más perturbador. Como un animal, como una cosa que no era humana.

Sostuve la mochila de C. J en mis manos con fuerza, temblando, el oxígeno no alcanzaba a llegar a mis pulmones y no podía recordar con exactitud como mamá me había dicho que hiciera en momentos así, momentos donde el miedo me dominaba y no podía respirar. Me había olvidado de todo, no veía ni escuchaba nada más que a esas terribles sombras y a la mujer deforme y de ojos vacíos frente a mí. Soltaba alaridos, viendo hacia el cielo, deformando su rostro y apuntándome con su mano amorfa negra y arrugada.

Creí que moriría, creí que me comería, o quizás algo peor, y cuando ella se lanzó encima mío el pánico que sentía se acumuló en mi garganta, tomé las tijeras de la mochila con el corazón martillando contra mi garganta y de un movimiento se las enterré en un ojo. Aún no he podido descubrir si el grito desgarrador salió de ella o de mí, solo sé que de un instante a otro una oleada de desenfreno y adrenalina me dominaron, se apoderaron de mi cuerpo, y cuando pude tomar conciencia otra vez estaba sobre ella, encajando una y otra vez las tijeras sobre aquel cuerpo repulsivo. Sustancia negra y viscosa salpicaba por todos lados.

No escuchaba nada, no veía nada, todo era eco. Recuerdo la sensación de ahogamiento, de pasividad y el eco. Como si un par de tapones me impidieran percibir algún sonido. Entonces unas manos me jalaron del cabello, detuvieron el frenesí de puñaladas.

—C-clara…

Su voz fue apenas un susurro casi imperceptible, pero con el suficiente miedo para hacerme reaccionar, entonces la lluvia regresó, también los relámpagos y el ladrido de los perros. Miré hacia los tambos, los perros estaban amarrados, atados por el cuello. Entonces lentamente giré la cabeza hacia C. J, la luz incandescente de los relámpagos me permitió ver su expresión.

Terror, eso había en sus ojos, incredulidad.

—¿Q-que hiciste clara?

Su pregunta me hizo ver mis manos, me hizo ver lo que había hecho y de lo que jamás hablé, hasta ahora.

Mis manos estaban llenas de color rojo, también mi vestido y muchas de las piedras que había por ahí también. La sangre había salpicado toda mi ropa, incluso mi rostro, la sentía escurrir, a pesar de la lluvia yo podía perfectamente distinguir la sangre espesa que recorría mi rostro de las gotas de agua.

Mire entonces el cuerpo frente a mí, cubierto de sangre, la ropa de la señora Connor estaba manchada, su blusa remendada y desteñida ahora estaba entintada de un rojo intenso que bajo la oscuridad de la noche parecía más negro, más oscuro.

Me quede ahí, sentada en el suelo observando sus ojos abiertos, uno completamente abierto y lleno de pánico, y del otro brotando un viscoso liquido extraño. C. J me sacudía por los hombros mientras movía sus labios formando palabras que yo era incapaz de escuchar, solo podía ver aquel liquido salir de su glóbulo ocular. Mi amigo me quitó las tijeras y las metió a la mochila. Veía como se movía a gran velocidad, en flashes que se distorsionaban y se convertían en borrones difusos.

Entonces me miró, gritándome, pero tuvo que jalar nuevamente mi cabello para hacerme reaccionar

—¡Ayúdame clara! —estaba intentado mover el cuerpo sin vida de la mujer —¡VAMOS QUE ME AYUDES TE DIGO!

Me levanté y lo ayudé a cargar el cuerpo, era pesado como un costal de maíz, aun chorreaba sangre.

Mi cuerpo se movía por puro impulso. Llevamos el cuerpo a la parte trasera de la casa, los perros seguían ladrando, rabiosos, completamente coléricos, como si ellos supieran lo que había hecho con su dueña. Me perturbaba escucharlos, porque sentía que me ladraban justo en el oído. C. J me seguía dando indicaciones, alzando la voz para que lograra echarlo sobre los truenos y el sonido de la tormenta chocar contra el techo de teja de la casa.

Dejamos el inerte cuerpo de la señora Connor sobre un montón de fierros oxidados.

—Escúchame Clara, nadie debe saber. Si saben que lo hiciste nos llevaran a la cárcel a los dos —me decía mientras sacaba algo de su mochila— Sé que no quisiste hacerlo, tenías miedo, y ella te golpeó primero yo vi.

Las palabras que me dijo aquella noche lluviosa quedaron grabadas en mi mente, jamás pude olvidarlas, cada que me iba a dormir las rememoraba, volvían y me atormentaban.

—¿Qué fue lo que hice C. J? ¿Yo lo hice? Ella era un demonio C. J, ¡Ella me quería matar, me quería hacer daño!, ¡Tuve que hacerlo! ¡Tuve que hacerlo! —repetía una y otra vez, yo no quería, ella me obligo, ella era un demonio malo, ella me quería asesinar.

Y entonces yo lo hice primero.

—Tranquilízate Clara, tenemos que limpiar todo y largarnos antes de que alguien se dé cuenta.

Todo el tiempo permanecí llorando, derramando lagrima tras lagrima. Las sentía calientes en mis mejillas. C. J me obligó a tomar mi medicina, mientras me sobaba la espalda y me decía como respirar adecuadamente, tal como mi madre solía hacerlo. Él sabía que yo estaba enferma, sabía que mi cabeza no estaba bien, y a veces me pasaban cosas raras.

Recogimos todo, limpiamos la sangre, con jabón, también limpiamos el cuerpo de la señora Connor, C. J dijo que lo había visto en una película. Mientras tanto yo solo seguía sus órdenes sorbiendo los mocos y llorando.

Dejamos a la mujer recostaba boca abajo sobre la pila de agua maloliente que estaba a un lado de los tambos donde dormían sus perros, ya no había sangre en el suelo, en la lluvia se había encargado de limpiar lo que no pudimos nosotros, mezclando la sustancia viscosa y roja con el lodo y luego llevándosela lejos.

Salimos por el mismo hoyo por el que entramos, yo con mi mochila devuelta colgada en mi espalda y mi vestido de flores azules cubierto de sangre. C. J traía su propia mochila, con las tijeras de jardín envueltas en un pedazo de tela.

Ninguno pronunció nada hasta que llegamos a su casa, recuerdo que él tenía una expresión extraña en su rostro. Yo en aquel entonces había pensado que estaba enojado conmigo. Ahora comprendo que simplemente debió estar procesando todo lo ocurrido, que para la mente de un niño no era fácil de digerir.

Limpió las tijeras con cloro y enterramos el trozo de tela y mi vestido en su jardín, bajo un árbol seco. La lluvia no se había detenido, ambos nos paramos bajo el árbol, yo con mi pijama puesta y un paraguas cubriéndonos. C. J se encajó la espina en la palma de la mano y luego me la tendió. La mire con un poco de miedo.

—Debemos jurarlo Clara, jamás diremos nada sobre esto, jamás volveremos a hablar de la señora Connor.

Nadie sospecho de nosotros, mi madre ni siquiera preguntó por ese vestido azul, y como ocurría siempre que algún suceso extraño y trágico atormentaba a nuestro pequeño pueblo, la gente solo lo ignoró. La señora Connor no tenía familia, no tenía hijos ni esposo, apenas si poseía esa cabaña vieja y a sus perros. A sí que a su funeral solo asistimos 6 personas, contando mi familia y la de C. J. Cuando la enterramos yo sentía que todos me miraban de forma acusadora, como su supieran que yo lo había hecho, como si me juzgaran y me culparan. Sabia en ese momento que mi amigo al otro lado el pozo, frente a mí me observaba, pero yo solo podía ver el ataúd de madera descendiendo lentamente por el pozo.

Nadie lloro, a excepción de mí.

Aquella lluviosa noche desgarre mi piel con esa espina, y aun hoy en día conservo la cicatriz, esa que me recuerda mi terrible pecado y por el cual no puedo marcharme tranquila.

Yo se lo juré, y era una niña cuando lo hice, lo siento Cristian Álvarez, pero soporté la carga de esa muerte por 86 años, y por las noches aun puedo ver la sangre y esos ojos vacíos. Lo lamento, pero ya arreglaremos todo, cuando yo llegue al infierno donde probablemente te encuentres.

(…)

HOSPITAL GENERAL DE ATENCIÓN MENTAL.

23:07 PM

La mujer se retorcía sobre la camilla, sus movimientos eran bruscos y desesperados. Probablemente hubiera soltado muchos gritos si no fuera porque la mordaza de goma en su boca se lo impedía. El camillero la empujaba, mientras el medico caminaba detrás revisando un par de hojas.

Llegaron finalmente a la sala y la mujer fue colocada sobre otra camilla con dificultad, su cabello era una maraña de pelo encrespado y enredado.

—¿Qué tal el turno? —preguntó otro de los médicos que ya se encontraba en la sala.

—Cansado, pero solo reviso esto y me voy, debí hacerlo hace media hora, pero Ricardo me trajo a nuestra nueva amiga y no pude —soltó el que sostenía los papeles.

El camillero al fin logró afianzar a la mujer a la camilla y luego miro al doctor.

—Traslado Doc, sabe que no era mi intensión retenerlo.

—Descuida Rich él puede encargarse, hasta mañana. —dijo el segundo médico, el camillero se despidió y salió de la sala— Déjame ver eso.

Tomó las hojas y las inspeccionó.

—Cara Margaret Ríos, 28 años, con esquizofrenia diagnosticada desde los 5 años, estuvo medicada 3 años, luego de un accidente comenzó a tener delirios constantes. Erick esta mujer asesinó a toda su familia y a su amigo, vaya tienes trabajo compañero. —dijo terminando de leer los papeles— No creo que regreses a casa pronto.

—Cierra la boca Oscar y mejor ayúdame, mi esposa ha estado enojada conmigo y si llego tarde no tendré cena en un mes entero.

Ambos médicos se acercaron a la camilla, donde la mujer seguía retorciéndose y tratando de quitarse la mordaza. Había agujas e instrumentos de curación en una pequeña charola.

—Viejo tu puedes cocinarte solo, no quisiera ser tu esposa, realmente me compadezco de ella.

Erick estuvo a punto de responder cuando la mujer logró quitarse la mordaza y comenzó a gritar y sacudirse con más fuerza.

—¡TUVE QUE HACERLO! ¡TUVE QUE HACERLO! ¡YO NO QUERÍA! ¡TUVE QUE HACERLO!

Ambos médicos se sobresaltaron y miraron a la mujer.

—Demonios se quitó la goma. —dijo Erick mientras trataba de colocarla en su lugar.

—¿De qué está hablando?

—Ella cree que mató a una mujer llamada Elisabeth Connor.

Se retorcía y movía y cabeza de un lado a otro tratando de evitar que el médico le colocara la mordaza de nuevo.

—¿Y quién es ella? ¿Inventó el nombre?

—Elisabeth Connor era su vecina, ella llamó a la policía cuando sucedió lo de su familia. —Finalmente logró ponerle de nuevo la goma en la boca— Cree que está en su lecho de muerte, su médico anterior dejó las notas que ella escribió en los últimos días, son muchas páginas. Es una locura Oscar, es una historia completa, y realmente cree que es una anciana a punto de morir.

—A estas alturas ya nada me sorprende compañero, vamos que tu esposa debe estar esperándote.

Le paso la jeringa con un líquido entraño y Erick la encajo en al brazo de la mujer. Poco a poco fue dejando de sacudirse hasta que quedó completamente inmóvil.

—¿Qué harás con ella? —pregunto Oscar.

—Solo estará aquí dos noches, su juicio termina mañana y cuando dicten sentencia se la llevaran.

Oscar miró a la pobre mujer en la cama, noóo que tenía una fea cicatriz en la palma de su mano izquierda.

—Lastima, es linda —dijo observándola.

—Necesitas conseguirte una novia amigo.

Ambos rieron y saliendo de la sala.

Dos días después el juez dicto cadena perpetua a Clara, paso 3 meses en una prisión para enfermos mentales, donde después de ese tiempo se quitó la vida. Encontraron su cuerpo desangrado con una nota a un lado.

Tuve que hacerlo, lo siento C. J

15. September 2020 04:32:36 0 Bericht Einbetten Follow einer Story
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Das Ende

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