miq93 Peavey Gibson

Una pandemia obliga a la sociedad a adoptar medidas extremas. Pero, ¿de dónde salió? Nada es lo que parece.


Postapokalyptisches Nicht für Kinder unter 13 Jahren.

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Las colonias

Durante tres años, fuimos los amos de la capital. En cierto modo, la libertad de la que gozábamos era total, siempre que limitásemos nuestro movimiento al perímetro establecido por las autoridades. Había miles de ciudades como la nuestra en todo el planeta. Era un nuevo sistema, puesto en marcha, por primera vez, dos meses tras el brote inicial de Wuhan, pero cuyos protocolos se habían ideado más de una década antes como respuesta a la epidemia de 2004.


Al principio, a mis doce años, la nueva realidad no estaba tan mal; me lo tomé como una experiencia interesante. Los militares nos enviaban alimentos y provisiones todos los días. Las cajas repletas de agua, comida, ropa y juguetes caían en paracaídas en diferentes puntos de la ciudad. Entonces, todos los niños confinados nos dirigíamos a las ubicaciones marcadas y recogíamos lo que nos tocaba. Había más que suficiente para todo el mundo. No parecía una situación tan desagradable, y sería cuestión de poco tiempo el poder volver a la normalidad. Sin embargo, los sucesos que acontecerían más adelante serán difíciles de olvidar por parte de los que sobrevivimos.


Esta nueva cepa de coronavirus parecía afectar, mayoritariamente, a menores de quince años. Solo hubo un centenar de casos de contagio a adultos a lo largo de lo que duró la pandemia. Cuando mi hermana pequeña perdió la vida junto con las primeras víctimas del país, unos hombres del ejército equipados con indumentaria de protección biológica entraron en casa de mis padres y me sometieron a un análisis. A pesar de no padecer ningún síntoma, tras obtener un resultado positivo, esos mismos hombres me arrestaron y me metieron a la fuerza en un camión blindado. Mis padres, desesperados, trataron de detenerlos, pero los soldados seguían órdenes y no iban a desobedecerlas bajo ningún concepto.


Se repartió a gran parte de los niños del mundo entre distintas urbes aisladas, alrededor de las cuales se habían instalado murallas de contención. Así, nos convertimos en los únicos habitantes de los “campamentos de rehabilitación”, mientras que nuestros padres y el resto de los mayores se quedaron fuera. Ese era el nombre oficial que se indicaba en los planes de la Organización Mundial de la Salud para esos lugares malditos, aunque nosotros los conocíamos como “colonias”.


En efecto, todo empezó como una aventura y nos lo tomamos como un juego. Éramos críos. Pero nuestra inocencia comenzó a desvanecerse cuando los cajones de suministros dejaron de caer del cielo sin previo aviso. A pesar de que la mayoría de nosotros vivíamos acompañados de otros niños, las colonias estaban organizadas de tal forma que había una vivienda por cada uno. Así que, como otros niños, en cuanto me di cuenta de que los aviones ya no vendrían, me recluí en mi apartamento en completa solitud. Lo había ido abasteciendo durante más de dos años y disponía de recursos suficientes para sobrevivir un largo período.


No obstante, después de varios meses encerrado en mi casa, las latas de conservas y los tanques de agua potable llegaron a niveles críticos. Debía salir a buscar más provisiones. Muchos habían adoptado mi estrategia de acumulación de víveres y habían permanecido en relativa comodidad todo ese tiempo. Estos empezaron a salir de sus madrigueras más o menos al mismo tiempo que yo. Todos teníamos el mismo objetivo: encontrar alimento. Sin embargo, otros no habían reparado en la posibilidad de que los suministros se pudieran llegar a agotar y no fueron suficientemente cautos como para almacenar sus excedentes. Fue un hecho que aprendí de modo traumático cuando yo y otros niños llegamos a los límites de nuestra colonia.


A lo largo de la muralla de contención, en la base, casi sin espacios vacíos, decenas de miles de cuerpos ensangrentados yacían inertes. Fue mi primera experiencia con la muerte y creo que, tanto yo como otros de los supervivientes, abandonamos la infancia a partir de aquel momento. Había torres de vigilancia que sobrepasaban la muralla cada cincuenta metros. Y, en lo alto de cada una de ellas, dos soldados armados. Al ver esa carnicería, los niños allí presentes nos dimos cuenta, por primera vez, de nuestra situación real. Habíamos permanecido en nuestras casas, cómodamente, durante muchos meses y no nos habíamos percatado de lo que estaba sucediendo en el exterior. El trabajo de esos soldados era mantener a los infectados en cuarentena, fueran sintomáticos o no, estuvieran sentenciados por el virus o no. Y no se detendrían ante nada para cumplir su misión, incluso si ello significaba matarnos a todos. Esos pobres niños habían sufrido hambre. Habían sentido la más profunda desesperación. Y habían tratado de trepar para llegar al otro lado. Pero fracasaron.


Por alguna razón que desconocíamos, el agua y la comida ya no eran bienes a nuestra disposición. El mundo esperaba nuestra muerte. En la colonia, ya solo quedábamos unos pocos. Algunos habían muerto por la enfermedad. Pero la mayoría habían perecido en su intento de escape. No podíamos quedarnos de brazos cruzados esperando el fin de nuestros días. Tendríamos que salir.

7. Juni 2020 21:12:20 4 Bericht Einbetten Follow einer Story
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Post!
Is Bel Is Bel
Tiene muy buena pinta. ¡Qué ganas de segur leyendo!
June 07, 2020, 22:11

  • Peavey Gibson Peavey Gibson
    ¡Muchas gracias! En un rato añado lo que falta del capítulo. June 07, 2020, 22:14
María Margarita María Margarita
¡Me encanta, se ve interesante! Ya quiero leer más 👀
June 07, 2020, 21:16

  • Peavey Gibson Peavey Gibson
    ¡Pero qué rápida eres! Pues no he terminado el capítulo. Estoy en ello ahora mismo. Lo he publicado para poder participar en el concurso. En un rato acabo de escribir... :D June 07, 2020, 21:21
~

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